Restrigen redes sociales a menores; sigue el suicidio asistido y la eutanasia
Como suele suceder, los países dominantes o más avanzados, o como se les quiera catalogar, siempre van a la vanguardia en decisiones legislativas de alto impacto, que tienen que ver con la vida humana, individual y en sociedad. Así ha ocurrido en estos días con las noticias que nos llegan de Francia. En ese país, al igual que en Dinamarca, Noruega y Suecia aunque con diversas ópticas, ya se votó que los menores de quince años estarán sujetos a restricciones en el uso de redes sociales.
La polémica toca en uno de sus extremos el tema de la libertad, asociado a la libre expresión y a la censura, aunque los que votaron a favor de tales restricciones plantearon el daño que el uso de las redes sociales puede resultar pernicioso para la educación y formación de la juventud.
Resultará interesante ver cómo evoluciona esta decisión, porque en Francia hay una derecha muy fuerte que periódicamente lanza desafíos para conquistar el poder.
De allá también llegan noticias acerca del derecho al suicidio asistido y de la eutanasia, temas muy sensibles al añejo conservadurismo y tradicionalismo, que condena sin cortapisas ambas posibilidades que tiene que ver con la ética, el derecho y las nuevas concepciones de los límites de la vida humana en sociedades ciertamente muy avanzadas, pero en las que el abandono de la persona también cobra gran relevancia, como lo ha demostrado en sus obras Pierre Bourdieu.
Recordemos su libro La miseria del mundo (1993) que he empleado para comentar sucesos de la localidad chihuahuense donde se han encontrados cadáveres en alto grado de descomposición de hombres y mujeres que viven en soledad por la poca asistencia y solidaridad que reciben de sus familiares cercanos, particularmente.
Este apunte no tiene mayor pretensión que dar noticia de los cambios que se operan en Francia y que impactarán, tarde o temprano, las agendas legislativas de otros países, entre ellos el nuestro. Lo que sucede en Francia por lo general provoca una onda expansiva, quizás efecto tardío de la Revolución francesa.
En ese país el escritor Albert Camus sustentó en su libro El mito de Sísifo (1942) que “no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Tal vez esto no sea del todo cierto, observándolo desde otras ventanas filosóficas.
Cuando en mi entorno de amistades, y excepcionalmente familiares, me he enterado de un suicidio, he enviado misivas de solidaridad, consolación y reflexión. No he tenido esmero en cuidar esas cartas, pero me he basado en un pensador que hoy puede considerarse ya superado, pero no por ello carente de importancia. Es el caso de Jean Améry quien sostiene en uno de sus libros, creo que en Quitarse la vida. Discurso sobre el suicidio (1976): “La vida ordena huir de una vida indigna, inhumana y sin libertad”. Y cuántas veces no se ve a un hombre o a una mujer en esa extremosa circunstancia; sólo ellos saben el peso que traen sobre su cuerpo y su espíritu.
En cuanto a la eutanasia creo contundentes las palabras del teólogo católico Hans Küng, quien nos dijo: “Precisamente porque creo en una vida eterna, tengo derecho, cuando llegue el momento, a decidir bajo mi propia responsabilidad la hora y la manera de morir”.
Una y otra tesis están en el debate, y así continuarán las reflexiones. Pero de una cosa estoy convencido: la reacción y el conservadurismo no es que tengan un compromiso con la vida y la ética, como lo han dicho a los cuatro vientos; a lo sumo manejan un lenguaje que es refugio para esconder las aviesas finalidades de sus agendas.
Qué costosa es la libertad.


