De Truman a Trump, el intervencionismo norteamericano es la constante
En todo el mundo se sabe que Donald Trump actúa como un truhán, tanto al interior de su país como en las relaciones internacionales. Y no del todo, porque sabe que en el mundo de la diplomacia existen los que se dejan, los que repelen, y simplemente a los que se les respeta por su poderío. No es lo mismo un Zelenski que el premier chino, Xi-Ping, como hemos tenido oportunidad de verlo.
Que Donald Trump es atrabiliario, soez, y barbaján, es una verdad absoluta, y no pocos se asombran o se muestran incrédulos frente a ese estilo de emperador romano en decadencia. Pero los grandes intereses norteamericanos siempre han tenido claridad en estos temas, al grado de que personajes de la política estadounidense han declarado que este país no tienen amigos sino intereses.
Con matices, así ha sido siempre, y de eso dan cuenta la tesis del Destino Manifiesto, la Doctrina Monroe y otras que han llegado envueltas en un lenguaje terso, sugestivo, persuasor, pero que a fin de cuentas, por sus resultados, vienen a ser lo mismo. Y claro que en esto un matiz puede contar mucho.
Hace unos días comenté la frase de Harry S. Truman con la que manifestó que su verdadera vocación había sido la de ser pianista en un bar de putas y que el burdel y la política eran prácticamente lo mismo. Un catastrófico sinónimo.
Truman pertenecía al Partido Demócrata y ocupó la Presidencia a la muerte de Franklin D. Roosevelt, quien murió cuando ocupaba la Casa Blanca por cuarta ocasión. Luego vino la enmienda que dispone que un presidente puede ocupar un primer periodo y aspirar únicamente a una reelección, cosa que está por verse ahora que Trump no dudará en seguir los pasos de su odiado Daniel Ortega en Nicaragua y se atreva a suspender el orden constitucional para eternizarse en el cargo, para desgracia del mundo.
Contrasta el lenguaje actual de Trump con el elegante, terso y azucarado que empleó ante el Congreso norteamericano el presidente Truman y con el que impuso su propia doctrina, con un discurso pronunciado el 12 de marzo de 1947, justo cuando arrancaba la despiadada Guerra Fría, que azotó a un mundo de bloques políticos en el que el estadounidense estaba en un lado y el soviético del otro, ante la repulsa de movimientos tercermundistas o no alineados.
Truman encaró el expansionismo soviético y puso en el centro lo que pasaba en ese momento en Turquía, pero sobre todo en Grecia, donde los comunistas tenían un importante peso que habían ganado en la resistencia a la invasión de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Para Truman la situación era grave y el Congreso en pleno debía autorizar su conducta para los años que estaban por venir, cosa que no existe en el comportamiento de Trump, que gobierna mediante órdenes ejecutivas, prescindiendo de la división de poderes imperante en Estados Unidos, prácticamente desde su fundación.
Para el caso griego, Truman estimó que la existencia del legendario Estado “se encontraba ahora amenazada por las actividades terroristas de varios miles de hombres armados, dirigidos por comunistas (…). Grecia debe contar con ayuda para llegar a ser una democracia que se baste y se respete a sí misma”.
Similares consideraciones hizo con relación a Albania, Bulgaria y Yugoslavia, que al final quedaron en el bloque de la hegemonía soviética.
Truman dijo que había que ayudar a Grecia, materialmente, en una labor de contención para que quedara en la órbita occidental. Y la bandera fue que frente a “los procedimientos extremistas de la derecha o de la izquierda” había que pasar de la condena a una intervención para impedir la autodeterminación de esos pueblos.
No eliminó de su lenguaje en el discurso que habían “aconsejado tolerancia” y que también la recomendaban era para esos momentos. Pero con la bandera de la libertad y la democracia, decidieron “ayudar a los pueblos libres (…) contra actitudes agresivas que traten de implantar (…) sistemas totalitarios”. Adujo que se violaban los Acuerdos de Yalta que se dieron antes de que finalizara la Segunda Guerra Mundial y que por eso peligraban Polonia, Rumanía y Bulgaria, que al final quedaron del lado comunista.
Insisto, el lenguaje era persuasivo y terso. Nada qué ver con el grotesco Donald Trump. Veamos dos simples citas para finalizar:
“Un sistema se basa en la voluntad de la mayoría, y se distingue porque sus instituciones son autónomas, su gobierno es representativo, celebra elecciones libres, ofrece garantías para la libertad individual y permite las libertades de expresión y religiosa, y la liberación de la tiranía política”. Pero hay una advertencia en ese discurso: “el mundo no es estático y el status quo no es sagrado”.
De ahí en adelante sobrevinieron los pactos militares y el terror nuclear, como el de la OTAN, encabezado por Estados Unidos, y el de Varsovia, por la URSS, ahora extinta. Y lo que está claro es que tras ese lenguaje prácticamente se perseguían los mismos fines que ahora, que con todo cinismo busca Trump.
El mundo islámico, en el proceso de descolonización que llega hasta ahora, es el que ha pagado más caro el costo. El modelo democrático ha sido difícil de imponer por la fuerza misma en los países en los que la gente vive en un acendrado tradicionalismo.
Ciertamente la doctrina Truman corresponde a una etapa que ya pasó. Cuando cayó el mundo soviético, en 1989, hasta se dijo que se había llegado al fin de la Historia. Pero la agresividad norteamericana continuó, y ha corrido mucha sangre y destrucción, ahora forrado en un lenguaje cínico, violento, abusivo, en el que mentir no importa, en donde firmar acuerdos de paz que duran 24 horas y se amenaza con destruir civilizaciones como la persa, y otras lindezas, están en boca de un multimillonario enloquecido, que dicho sea de paso hasta indemniza a las mujeres que viola.
De la Doctrina Truman a la atrocidad trumpista hay un gran abismo, pero el intervencionismo norteamericano es la constante, porque creen en los círculos dominantes en Estados Unidos que hay un destino manifiesto que los guía religiosa y conservadoramente y que ese país es el gendarme del mundo.
Son cosas del lenguaje, y precisamente ahí está el secreto.


