Cien años de Fidel Castro
“No hay delirio de persecución allí donde la persecución es un delirio” —Guillermo Cabrera Infante, escritor cubano muerto en el exilio
Pasarán los años y Fidel Castro, fallecido hace una década, continuará en las diversas agendas de la interpretación política, pero sobre todo histórica. El 13 de agosto de 1926 nació en Birán, provincia de Oriente, Cuba, de ascendencia gallega. Hoy, en tiempos adversos, su centenario se recuerda centralmente en aquella isla del Caribe.
Para interpretar una personalidad tan compleja para la historia, uno se puede adherir a una concepción heroica al estilo de Thomas Carlyle, o a aquella otra de raíz marxista que concibe los procesos en una vertiente del histórico natural en el que la subjetividad de los hombres y mujeres juega un rol más condicionado y secundario.
No niego que la variedad de los enfoques históricos y de la filosofía, cuando la toma como reflexión, es mucho más amplia, y que cada quien puede escoger las herramientas teóricas que estén a su alcance, o simplemente que sean de su preferencia.
Los cien años de Fidel (nadie escoge cumplirlos) se dan en un momento de profunda crisis del régimen cubano que arrancó en enero de 1959, con la derrota del dictador Fulgencio Batista y el triunfo del movimiento del 26 de Julio, precedido por dos hechos de significación, como el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 y el desembarco del Granma en costas de la isla que, a la postre y con las armas, liquidó toda una era de colonialismo e intervencionismo norteamericano, para instaurar, finalmente, un modelo soviético de ejercicio del poder que llega hasta nuestros días en la era Trump, cargada, además, de los sentimientos de venganza que seguramente animan a su secretario de Estado, Marco Rubio, de sangre cubana.
La personalidad de Fidel se pierde cuando la disputa sobre su papel pretende reducirlo a un héroe, un gigante impoluto, autor de la historia. J. J. Armas Marcelo en su novela Réquiem habanero por Fidel, que me regaló Leonel Coco Reyes, dice que “hay que tener una pasta especial para esa dignidad y ese destino (ser revolucionario), hay que estar tocado, como dicen los cristianos, por la gracia”. Algo de esto hay en la inicial formación jesuítica de Fidel Castro que no hay que perder de vista, y quizás a partir de la cual se le ha elevado a una heroicidad que no permite tener un juicio justo sobre su liderazgo. Y cuando digo “justo” es con la mayor validez y rigor de la ciencia histórica. Entonces encontraremos, indefectiblemente, claroscuros.
El primero es que el movimiento 26 de Julio encontró una Cuba con un almacén de agravios y de experiencias de resistencia histórica. No es que haya llegado Fidel y todo por ensalmo haya cambiado. Eso sólo sirve para la construcción de un mito.
Habrá que ver, por ejemplo, porqué no tuvo la Revolución cubana una deriva hacia la construcción de un sistema democrático, que antes de 1959 se refrendaba, por ejemplo, ante un mausoleo como el de Lincoln. ¿Es que las revoluciones del siglo XX y de orientación socialista estuvieron condenadas a que sus líderes se hicieran con el poder y sólo se separarían del mismo con la muerte, como sucedió con Lenin, Stalin, Mao, Ho Chi Minh, y el propio Fidel Castro, para no referirnos a piezas adefésicas como Hugo Chávez? ¿Socialismo y democracia están condenados al divorcio perpetuo? ¿No hubo, en más de 50 años, la posibilidad de construir un liderazgo superior al del actual Díaz Canel?
La economía es otro de los dolorosos aspectos de la historia cubana, y claro está que en esto pesa, y pesa mucho, el bloqueo estadounidense; pero esto no lo explica todo, por más difícil que le resulte a algunos asimilarlo. Contra el colonialismo, la Revolución cubana fue solidaria, apoyando militarmente; pero el internacionalismo de apellido “proletario” falló cuando Castro apoyó la intervención del Pacto de Varsovia contra la Checoslovaquia que intentó que vientos democráticos llegaran al importante país centroeuropeo.
La caída del Muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética, trajo malos tiempos para Cuba, como es natural comprenderlo, y la economía sufrió un grave percance.
La instauración del partido único, la unicidad de un solo periódico para toda Cuba, hablan de ese divorcio con la pluralidad y la democracia, injustificable desde el punto de vista que se quiera.
A Fidel habrá que verlo a plenitud. No valen ni la apología acrítica ni la denostación sistemática. Por encima de ambas está la comprensión y la obtención de las lecciones que deja toda una época en la que se apostó por una coexistencia pacífica en medio de una Guerra Fría que canceló para América la vía democrática que encabezó Salvador Allende en Chile en favor de grandes avenidas no violentas para la conquista del poder y la apología de la violencia sin más.
Quién puede avalar ahora aquella frase de el Che Guevara, el llamado “comandante heroico”, cuando dijo en un mensaje dirigido en 1967 a la Conferencia Tricontinental, “Crear dos, tres… muchos Viet-Nam, es la consigna”, citando además a Jose Martí: “Es la hora de los hornos / y no se ha de ver más que la luz”.
Estas deshilvanadas reflexiones se han removido en mi mente desde 1965, cuando se produjo el asalto al Cuartel de Madera en Chihuahua, y a ello contribuyó una temprana lectura de Fritz Pappenheim, en un texto que dice: “El nuestro no es el primer periodo que presencia la tragedia en las vidas de grandes dirigentes y estadistas. Hace más de cien años, Hegel describió el destino de quienes, elegidos por la historia como ejecutores de su voluntad, cumplieron la tarea para la cual habían sido destinados: ‘Alcanzado el fin, semejan cáscaras vacías, que caen al suelo. Quizás les ha resultado amargo el llevar a cabo su fin, y en el momento en que lo han conseguido, o han muerto jóvenes, como Alejandro, o bien han sido asesinados como César, o deportados, como Napoleón’. Hegel subrayó el infortunio del dirigente político después de haber cumplido su misión. Hoy estamos enterados de que aun en los días en el que el dirigente se encuentra todavía en medio de sus luchas, sufre el destino infeliz del hombre enajenado”.
Fidel ni murió joven, ni fue asesinado, y mucho menos deportado. Por eso, la valoración que sobre él se haga exige rigor. Ni apología ni denostación únicamente.


