En la literatura se deja ver la voluntad corrupta de los gobernantes
La literatura mexicana ha sido generosa en reflejar el México corrupto que hemos padecido desde hace siglos y que se consolidó bajo el dominio colonial que entronizó el patrimonialismo, que no es otra cosa que que los gobernantes se consideren a sí mismos como propietarios de todo, así sea durante un sexenio.
La hacienda pública es como su rancho y creen que pueden meter la mano en las arcas del gobierno como si fuera propia alcancía. Este es un mal que despidió López Obrador agitando un pañuelo blanco en la mano derecha, como algo que ya no estaría como flagelo en contra del interés de todos.
Mentiroso profesional, muchos le creyeron, pero la corrupción política, como el dinosaurio de Monterroso, ahí está.





El chihuahuense Martín Luis Guzmán, en La sombra del caudillo narra cómo floreció esta corrupción en los gobiernos posrevolucionarios, concretamente en el de Álvaro Obregón, presidente de la república de 1920 a 1924.
La escena pinta a un general con nombre ficticio que, sin ser el favorito del caudillo, aspiraba a sucederlo en el mando. Lo llamó “Ignacio Aguirre”, una mezcla de dos personajes reales, Adolfo de la Huerta y Francisco Serrano, quien estaba al frente del Ministerio de Guerra en esa etapa.
En la novela se cuenta un hecho de corrupción protagonizado por el ministro con un contrato que le redituó 25 mil pesos. En un tono de gravedad, Aguirre le explica a su asistente, llamado Remigio Tarabana, en el momento de recibir el soborno:
“¡Ah! ¿No? Muy bien, muy bien; dejemos entonces el punto y vamos a lo que importa. Mira: me embolso los veinticinco mil pesos. Voy también a darte las comunicaciones según las quieres. Pero ya que hablas de moral, no confundas los móviles. ¿Sabes por qué tomo el dinero? No porque me figure que el tomarlo está bien hecho; no soy tan necio. Lo tomo porque lo necesito, razón, ésta sí, definitiva, concluyente: ‘porque lo necesito’. En cuanto a tus silogismos, no podrían convencerme; son buenos para los acomodaticios y los pusilánimes, y yo, aunque sinvergüenza, no me rebajo a tal extremo. Soy un sinvergüenza, pero un sinvergüenza dotado de valor y voluntad”.
Y vaya que han tenido “voluntad” personajes actuales como el almirante Rafael Ojeda, secretario de Marina de López Obrador y huachicolero homicida impune.


