México no ha de ser amigo de dictadores
El gobierno de Claudia Sheinbaum deshonra a México en el concierto de las naciones y del movimiento democrático internacional. Frente al gobierno dictatorial de la dupla Daniel Ortega-Rosario Murillo en Nicaragua, se ha negado a hacer un pronunciamiento diplomático para reprobar la suspensión de las libertades democráticas e impedir así que los nicaragüenses soberanamente elijan a sus gobernantes.
Daniel Ortega declaró el domingo 19 de julio, durante el aniversario de la Revolución sandinista: “Aquí no volverá a haber elecciones. Aquí se acabó la historia de que los partidos puestos por los yanquis, puestos por los somocistas, volverán a llegar al gobierno. Jamás, jamás, jamás”.
Esto equivale a un golpe de Estado en contra del sistema democrático que ni siquiera Adolfo Hitler se atrevió a dar de manera formal sin siquiera derogar la Constitución de Weimar.
El pronunciamiento de Ortega transgrede normas expresas de convenciones americanas en las cuales la democracia y los derechos humanos tienen una centralidad superior. Por ser tratados internacionales en la legislación mexicana, tienen rango constitucional que no dejan, jurídicamente, a la discreción de la presidenta Sheinbaum, de abstenerse de medidas en contra del despropósito del antiguo y traidor líder sandinista, que se ha eternizado en el poder en el istmo centroamericano.
Recordemos que la sacrificada y sangrienta Revolución sandinista derrocó a la dictadura de la dinastía Somoza en 1979, y eso llevó a Ortega por primera vez al poder. Regresó a la presidencia en 2007, y desde entonces ha modificado la Constitución, aplastando a la oposición, encarcelando, exiliando y privando de su ciudadanía a críticos y opositores, consolidado su control sobre prácticamente todas las ramas del gobierno nicaragüense e imponiendo a su propia familia en puestos clave de la nueva dictadura.
Es de recordarse también el papel de contrapeso que jugó en su tiempo México en favor de las mejores soluciones, aunque internamente no honrara su palabra. Pero es un despropósito que deja muy mal parada a la política internacional del Estado mexicano el que ni siquiera se haya llamado al embajador como una muestra de discrepancia con la política de la dictadura, mucho menos, como obligarían las circunstancias, decretar una ruptura de relaciones diplomáticas.
Lejos de eso, nos hemos encontrado con una carta vergonzosa mediante la cual, fechada el 16 de julio, el embajador mexicano en Nicaragua, Guillermo Zamora Villa, le expresa al “compañero comandante” Daniel Ortega, copresidente de Nicaragua, y a la “compañera” Rosario Murillo, copresidenta de ese país, sus felicitaciones por el 47 aniversario del triunfo de la Revolución sandinista.
En la misiva el embajador mexicano les hace saber de su “cariño y admiración” por el gobierno nicaragüense que “está muy bien representado por ustedes como gobernantes”.
Lo dicho hasta ahora demuestra que el rostro internacional de México está manchado, que la política exterior mexicana se está decantando por favorecer la amistad con dictadores y sátrapas, como sucedió con Maduro, Díaz Canel y ahora con Ortega y Murillo.
Esta línea del gobierno de Sheinbaum trastoca lo mejor de la política internacional de México, ejemplar en los casos de la república española, Etiopía, el antifascismo, la solidaridad con Chile a la hora del golpe pinochetista, y las mediaciones que ha jugado con relación a los conflictos armados en Centroamérica.
México no es amigo de dictadores. Nuestro país, en primera instancia, expresa su solidaridad con los pueblos y no necesariamente por sus gobernantes de circunstancia, más que vergonzosos en el actual caso de Nicaragua.
La docilidad que se muestra frente al gobierno de Donald Trump se quiere ver contrarrestada por una supuesta línea de autodeterminación en el caso nicaragüense; pero lo que la presidenta no se pregunta es el cómo se va autodeterminar la patria de Sandino y Rubén Darío si se le están negando los derechos políticos y democráticos más elementales.
Sheinbaum ha de entender que su gobierno se decanta hacia un burdo autoritarismo al hermanarse con la satrapía de los Ortega-Murillo, amén de otros signos, como la hegemonía creciente con apoyo oficial al interior y que encima de eso presenta una iniciativa para censurar a la disidencia en nuestro propio país.
El tema centroamericano en la política exterior mexicana no es nuevo. Hoy el mensaje pudiera parecer que para que Trump no intervenga en Nicaragua, México apoye la dictadura Ortega-Murillo; pero no hay congruencia, ni siquiera en comparación con la política que siguió el gobierno de Porfirio Díaz en el conflicto centroamericano de principios del siglo XX entre Manuel Estrada Cabrera, el dictador de Guatemala y adversario de México, y José Santos Zelaya, gobernante de Nicaragua en el que el primero era soliviantado por el presidente norteamericano William Howard Taft, y el segundo rescatado por Díaz en un buque de bandera mexicana.
Este fenómeno lo analizó a profundidad Daniel Cosío Villegas en su Historia moderna de México a partir de una premisa de que los Estados Unidos se enrutaba, luego de la guerra contra España de 1898, de manera franca hacia un política imperial en la que México empezó a contrapesar de una manera que el gobierno actual de Sheinbaum no asimila para la coyuntura presente.
Hiere a México la política exterior de Sheinbaum en Centroamérica. No somos amigos de dictadura alguna, y menos de quienes se levantan en contra de los derechos políticos de los pueblos.


