Ariadna Montiel: corrupción con denominación de origen
En materia electoral y rumbo a la disputa por una buena parte de las gubernaturas de las entidades en 2027, tiene importancia reflexionar sobre un punto estratégico que jugará en el futuro del país: la corrupción política.
Debatir esto ahora se ha hecho prácticamente una necesidad porque las campañas informales se han impuesto como la regla para que las campañas formales queden en la excepción.
Pero hay un aspecto que desde ahora se debe subrayar y tiene que ver con el relevo de los grupos políticos en el poder para los próximos diez o quince años, mínimamente.
La competencia previsiblemente se antoja muy desigual. PRI y PAN no alcanzan con sus fuerzas a augurar una buena competencia, salvo donde ocupan el poder, como en Querétaro, Aguascalientes y Chihuahua.
En estas regiones partido político y poder tienden a ser una y la misma cosa, y por ende, la mezcla deviene en una oportunidad para refrendar poderes donde ya se tienen; y el peligro ante el que estamos es que los triunfos que pueda obtener MORENA en el futuro inmediato, reemplace a una clase política y la sustituya por una auténtica pandilla que pasaría a tener un lugar protagónico, imponiendo mecanismos de corrupción jamás imaginados.
Con este propósito es importante visualizar desde ahora la carrera política de Ariadna Montiel, la líder nacional de MORENA que se asume como la mujer fuerte de Chihuahua, como la cacique emergente que va a venir a imponer su voluntad y tutelaje no deseado en el estado norteño, como es válido imaginar también para otras partes de la república.
Ariadna Montiel se inició a la vida política a la sombra de René Bejarano, mejor conocido como “el hombre de las ligas”, por aquel escándalo enorme que hasta se televisó en video recibiendo fajos de dinero para las mafias del PRD, justo cuando era alto funcionario en la administración de la Ciudad de México al amparo de Andrés Manuel López Obrador, quien ocupó la Jefatura de Gobierno de 2000 a 2006; es decir, a finales de su mandato, cuando emprendía su primera candidatura presidencial.








Los ciudadanos de Chihuahua deben tener claridad de que no nada más se juega la posibilidad de que Cruz Pérez Cuéllar o Andrea Chávez devengan en abanderados de MORENA por la gubernatura del estado, sino a qué intereses responderían en una tierra en la que los de la pandilla morenista de alto nivel son extraños y a la que vendrían a imponer voluntades y cacicazgos que, si no existen ahora, menos se desean para el futuro.
Por ahora se ve que la encuesta mentirosa que estaría cocinándose para elegir candidato en Chihuahua, muestra que los dados están cargados en favor de Cruz Pérez Cuéllar, que ha trabado una vinculación financiera y corrupta con la familia Zaragoza, de potentados juarenses económicos.
Al parecer Andrea Chávez, inexperta y altanera, sólo ha logrado el apoyo de una izquierda que dice tener en su haber historia; y puede ser que sea cierto, pero absolutamente desarticulada en el estado.
Al mismo tiempo sus aspiraciones han sido severamente manchadas porque no tiene la venia central del poder; por sus vínculos de padrinazgo con Adán Augusto López, jefe y beneficiario de la asociación delictuosa conocida como la Barredora; y por último, pero no al final, por su relación con Javier Corral, un personaje de la vida local que no puede transitar por ninguna calle de la ciudad sin recibir reclamos y denostaciones, y que además tiene una causa penal pendiente, aparte de que quien fuera su secretario de Hacienda, Arturo Fuentes Vélez, es prófugo de la justicia.
Ambos pretendientes al poder local harían una mezcla de corrupción explosiva, asociados a Ariadna Montiel, que desde muy joven hizo escoleta al lado de René Bejarano, “el señor de las ligas”. El expediente de corrupción Montiel hay que irlo documentando y no perderlo de vista.
Porque eso de que “en el partido MORENA la corrupción no tiene cabida”, pronunciado por la dirigente nacional, es otra más de las mentiras que se comprometieron a no llevar a cabo. Y vaya que mienten.


