Columna

Cuando el ‘ragtime’ sustituyó a mi gastroenterólogo

Cuando se es aficionado a la lectura y pasa por una etapa de trastorno circunstancial de salud, se refugia todavía más en los libros, y caprichosamente en aquellos que no están en el orden de las prioridades. En otras palabras, se apuesta por el divertimento para pasar más agradables momentos en espera de que la vida de nuevo florezca a plenitud, cosa que tampoco es posible.

Me pasó esto hace unos días y me encontré en uno de los estantes de mi biblioteca un libro empolvado. Se trata de Ragtime (1975) de Edgar Lawrence Doctorow, neoyorkino que publicó esta obra a mediados de la década de los setenta y que alcanzó el éxito de que se llevara al cine bajo el mismo nombre bajo la dirección de Miloš Forman. 

Ese año, junto a la diáspora que generó la derrota del Movimiento Estudiantil en la UACH, me hubiera sentado muy bien como una lectura de época porque, profesando planteamientos anticapitalistas, me habría documentado, desde la novelística, de la rapacidad que imperó en los Estados Unidos a principios del siglo XIX. 

Tengo una razón adicional: en la novela se narra una insurrección a partir de un agravio contundente que se da en el contexto de una historia de amor, que seguramente en una similitud, quizá forzada, afectó a cientos de expulsados de la universidad. Esa insurrección novelada fracasó, igual que la nuestra.

Doctorow narra escenas desgarradoras que se vivían en la ciudades norteamericanas como Nueva York, donde particularmente los emigrados y los negros vivían hacinados en barrios insalubres, inmundos, y en la pobreza patrimonial excesiva que no alcanzaba ni para una decente alimentación en el día a día.

En la primera página se lee que el ragtime es casi el polo opuesto al blues, por lo que de entrada uno de los protagonistas de la obra es el jazzista Scott Joplin. Por eso hay algunos que han catalogado la novela como una “novela jazz” en la que podemos encontrar diversas improvisaciones en cuadros referidos a personajes notables de aquellos tiempos estadounidenses, como las figuras de la anarquista y feminista Emma Goldman, de Sigmund Freud, Emiliano Zapata, del escapista Harry Houdini, o del magnate JP Morgan, y desde luego el papel destacado de una clase económica alta que vivía en la molicie, pero también en la cruda moral que provocan los tiempos miserables. Los contrastres entre la opulencia, el lujo y la miseria están marcados en blanco y negro, y mostrados al menos en dos apartados de la novela: el diálogo entre JP Morgan y Henry Ford, al que despreciaba, y en cómo los intereses de un personaje trastornan sus convicciones más íntimas.

Se trata de una novela que, como dijo Joplin, si tuviera melodía, no se debería leer a un ritmo rápido, recomendación que lamentablemente no seguí.

Para mi gusto la novela en gran parte se desenvuelve de una manera estupenda, pero tiene un declive hacia el final. Todo esto lo pasé por alto porque a la vez que leía la novela me puse a escuchar la obra fabulosa de Joplin, que tocada al piano me hacía imaginar que era el propio piano viejo que tengo en casa, tan añejo como yo, y que mucho tiempo estuvo alojado en una céntrica cantina de la ciudad de Chihuahua.

En fin, no hay lectura, hay lectores.