Jáuregui, De la Peña, Juan Ramón Flores: tres tristes tigres
Estamos de regreso después de descansar haciendo adobes. Esto explica que probablemente en esta entrega mezcle tres personajes de nuestra ciudad que debieran cocinarse por separado.
El primero es el exfiscal del estado, César Jáuregui Moreno, quien se empeña, como Hércules en alguno de sus trabajos, en convertirse en candidato del PAN a la importante alcaldía de Chihuahua, puesto del poder que ha sido antesala de algunos gobernadores de la entidad.
Tres cosas se mencionan en este comentario. La ausencia de liderazgo de la gobernadora María Eugenia Campos para modular lo que ella misma llamó “la galopada” y que ahora, desbocada, la han atropellado. Estamos en presencia de un circo en el que hasta el más pequeño cree que se agigantó.
En segundo lugar, la paradójica necesidad que tiene el PAN de entregar esa candidatura a Santiago De la Peña Grajeda, priista de origen –y probablemente de destino– la plaza fuerte del partido blanquiazul. Esto ha causado resquemores y crisis entre la militancia panista de larga data. Tanto tiempo para conquistar el poder que hoy detentan, para irlo a entregar prácticamente de manera incondicional, marcando una ruta en la lucha por el poder que a la postre aniquilará a Acción Nacional, ya de por sí en severa crisis de identidad.
Ahí ya no están ni los Gómez Morín ni los González Luna, mucho menos la encendida retórica de Guillermo Prieto Luján, que hoy tendría agruras al ver su casa convertida en conocida librería de usufructo del morenista Javier Corral, que hace algunos años, en una de las salas principales, colgó sendos retratos: uno de Prieto Luján y el otro de Enrique Terrazas Torres, el potentado que financiaba al PAN.
La contradicción Jáuregui-De la Peña es muy semejante a la que encaró Jean Bodin en su libro Los seis libros de la República, un clásico casi medieval de la política, cuando dijo: “No es la villa, ni las personas, las que hacen la ciudad, sino la unión de un pueblo bajo un poder soberano, aunque sólo haya tres familias (…). Por tanto, tres solas familias constituyen una república tan perfecta como si hubiera seis millones de personas, a condición de que uno de los jefes de familia tenga poder soberano sobre los otros dos, o los dos juntos sobre el tercero, o los tres en nombre colectivo sobre cada uno de ellos en particular”.
Los personajes están muy lejos de reencarnar en los políticos locales señalados, pero sobre todo adolecen, por ser ahora del mismo partido, de un poder soberano ausente que es, precisamente, el de la gobernadora Maru Campos. Cuando no se está, obviamente que no se hace política. Y eso permite que emerjan buitres muy conocidos que seguramente están viendo carroña por todos lados.
Sería el caso de la aparición de Juan Ramón Flores Gutiérrez, excensor durante la tiranía de César Duarte, posteriormente protegido por el gobierno de López Obrador para ocupar el puesto de jefe de oficina del exembajador de México en Washington, Esteban Moctezuma, un diplomático que fue, aparte de pieza decorativa para el país, un zedillista tan notable que ocupó, además, la Secretaría de Gobernación en tiempos del PRI. Quepa como digresión esta pregunta: ¿Qué le dio Zedillo a AMLO para encumbrar a sus hombres?
Jáuregui busca la candidatura para cubrirse de impunidad por la responsabilidad que tiene por los hechos de El Pinal en el municipio de Morelos, y con él se corre el riesgo de que a media campaña le ajusten las cuentas, poniendo en un brete a su propio partido. Como animal político debe entender que a veces hasta al más ducho se le queman los libros.
Por su parte De la Peña iría al rescate de algo que les perteneció y en buena medida producto del azar.
De Juan Ramón Flores, ni hablar. Amigo de ambos, no dudará en entregarles su “agenda ciudadana” ahora que se quitó las vestiduras de Duarte para convertirse en adalid de la ciudadanía, cuando no ha mucho combatió precisamente a esa ciudadanía por defender a su patrón que hoy, entre gobernadores, reposa en el frío Altiplano.


