En el mundo editorial, se va una Era
Los años sesenta del siglo pasado marcaron la vida intelectual de México en el ámbito de la industria editorial. Esa década inició bajo el gobierno de Adolfo López Mateos y su secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, que a la postre se convirtió en su sucesor, prohijando un tiempo nublado de autoritarismo, intolerancia y persecución de los intelectuales críticos del país.
Entonces no se publicaban listas negras de periodistas como hoy, pero de que se perseguía y castigaba el pensamiento libre, no hay duda: Demetrio Vallejo y Valentín Campa, junto con periodistas como Filomeno Mata y artistas como David Alfaro Siqueiros, estaban recluidos (es decir, acallados) en el “palacio negro» de Lecumberri.
Frente a una revolución (hecha gobierno) que se decía eterna, infalible y benefactora de los pobres, la publicación de Los hijos de Sánchez por el Fondo de Cultura Económica, dirigida por Arnaldo Orfila Reynal se convirtió, antropológicamente, en el argumento más sólido para diseccionar las mentiras del régimen priista y demostrar los fracasos de los gobiernos que se ampararon, supuestamente, en la continuidad de la Revolución mexicana.
Orfila Reynal fue obligado a renunciar a la dirección del FCE en plena época diazordacista, en 1965. Se adujo incluso su nacionalidad argentina de manera discriminatoria, desentendiéndose del brillante papel que había jugado al frente del Fondo.
Hubo una fuerte reacción de escritores e intelectuales, y el hecho en sí se convirtió en un antecedente premonitorio de lo que vendría el 2 de octubre de 1968, pero sobre todo hubo una respuesta muy significativa que no hay que perder de vista: contra el embate al FCE surgió Siglo XXI Editores, bajo la dirección de Orfila, y ya antes, de manera brillante, había despuntado, en 1960, Ediciones Era, fundada por Vicente Rojo, Neus Espresate, Tomás Espresate, José Azorín, Pilar Alonso y Carlos Fernández del Leal.
Lamentablemente esta semana Ediciones Era anunció el cierre de sus operaciones, quedando como un tesoro editorial todo lo que publicó durante 66 años.
Cuando una casa editorial de este calibre cierra sus puertas, se convierte en un signo ominoso de los tiempos que estamos viviendo. No desconocemos que toda la industria editorial ha sufrido un enorme viraje por el acoplamiento al avance de las nuevas tecnologías, formas de comercialización y todo lo que se quiera decir al respecto. Pero de que se trata de un signo oscuro del tiempo mexicano que vivimos, no me queda la más mínima duda.
Como muchos otros, soy parte de una generación que se formó con los libros sacados a la luz por esta editorial, con publicaciones todas de alta calidad pero diversas en cuanto a los ámbitos de la empresa que la lanzó al mundo cultural de México.
Ahora se han hecho grandes repasos de lo que fue Era, de su hondo significado; no tendría caso abundar en esa línea, y me gustaría compartirles cómo veíamos a Era desde el balcón chihuahuense. Era un faro de brillante luz que nos llevó a leer, por ejemplo, la obra La democracia en México, de Pablo González Casanova, que tanto alentó una nueva visión de la política en México.
O bien, la lectura de las grandes biografías de Trotsky y Stalin que brotaron de la pluma de Isaac Deutscher, cuyas lecturas, para quienes nos asumíamos marxistas y revolucionarios, contribuyeron a desmitificar la Revolución rusa de 1917 y dejar atrás los dictados utilitarios de la literatura que llegaba de Moscú.
La sola lectura de textos como esos propiciaron un escepticismo crítico y fecundo, como también lo hicieron obras significativas de autores nacionales como Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Arnaldo Córdova, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Juan Rulfo y José Revueltas, entre otros.
En Chihuahua era el tiempo en que su universidad no compraba libros ni los ponía a disposición de maestros y estudiantes, menos si se trataba de textos incómodos al régimen. Paradójicamente, las obras publicadas por Era se vendían en los anaqueles de las tiendas de supermercado Futurama que dirigía don Leopoldo Mares, indiscutiblemente un hombre conservador, pero que echó mano de un librero de apellido Mendoza (no recuerdo su nombre) para fortalecer la ilustración crítica de quien profesaba la buena lectura.


Hay recuerdos entrañables. Durante el Movimiento Estudiantil de Chihuahua 1973-1974 tuvimos la solidaridad de una serie de maestros e intelectuales de la Ciudad de México que acompañaron la lucha y nos dieron aliento. Entre ellos figuraba Rolando Cordera, Pablo Pascual y particularmente Adolfo Sánchez Rebolledo, que por aquel entonces trabajaba para la editorial Era y de alguna manera estaba al frente de la tarea de la publicación de Cuadernos Políticos. Esa revista se convirtió en un gran manantial de información y sabiduría para continuar impulsando la lucha de izquierda en los sindicatos, las colonias populares y las escuela superiores.
En Cuadernos Políticos hay dos brillantes textos de amigos y compañeros que dan testimonio de lo que se hacía en Chihuahua. La pluma de Víctor Orozco y Rogelio Luna Jurado produjeron esos textos y están ahí como una gran reserva de los esfuerzos realizados en el estado por una transformación, y eso se lo agradecemos al sello editorial Era, que acaba de anunciar su cierre.
Nunca olvidaré (perdón por la nostalgia) al generoso amigo “Fito” Sánchez Rebolledo que cuando lo visitaba en la Imprenta Madero, fundada por Tomás Espresate, me regalaba infinidad de libros que no habían pasado los controles de calidad y que yo traía a Chihuahua para ponerlos en buenas manos. Eran los tiempos en los que la bolsa vacía no nos permitía hacer grandes compras, igual que ahora.
Hay tristeza por la desaparición de Era, aunque también es el momento de preguntarnos qué hicimos para impedirlo.


