Andy o la diplomacia del miedo
Que la administración de Donald Trump practica la democracia del miedo, está fuera de toda duda, como también que en la escena internacional no siempre tenga el éxito que sus bravuconadas suponen.
Este es un punto de partida ineludible para comprender la actual política de Washington, que desde luego no es la pieza única. Podemos agregar que el actual gobierno de Estados Unidos está en entredicho y la elección de noviembre le puede ser desfavorable; al menos es el deseo de millones de seres humanos por todo el mundo.
Esto lo afirmo para deplorar –por decirlo con levedad– el bajo nivel que la política exterior mexicana ha tenido con los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y el actual de Claudia Sheinbaum. Desde el momento que López Obrador sustentó la peregrina idea de que la política exterior se rige por la interior, y que abandonó importantes foros en los que México tenía relevancia, improvisando en el nombramiento de cancilleres, embajadores y cónsules, el nivel de México en el mundo ha decrecido notablemente y está dando un viraje hacia un país poco confiable, y la gravedad de esto, cuando se mida en términos reales, generará un déficit en todos los sentidos para el país.
Pero hay un punto que ha evidenciado la miseria de la política exterior mexicana, hoy ocupada en defender a un don nadie como Andy López Beltrán. Que el foro público, a partir de las respuestas nacionales y de las llamadas “mañaneras” le hayan dado centralidad al retiro de su visa, habla de lo bajo que ha caído el gobierno de Claudia Sheinbaum, porque si alguien se está perjudicando con este tema, es precisamente ella y su gobierno, por la representación de jefatura que tiene ante el mundo entero, particularmente con los Estados Unidos, donde está buena parte de nuestras relaciones internacionales.
Ya ha corrido demasiada tinta en esta materia. He notado la ausencia de sus implicaciones en política exterior. Aportemos dos o tres hechos fundamentales. La vulnerabilidad de la soberanía siempre estará en los deseos del imperio, ni quién lo dude; pero mientras el Estado mexicano y sus erosionadas instituciones no cumplan la tarea con propia soberanía para poner al país a resguardo del crimen organizado, llámese narcotráfico, impunidad, huachicol fiscal y corrupción, seguiremos dando pábulo para que de ahí se agarren los intereses norteamericanos para jugar con nosotros.
En este sentido, la defensa que hacen de Andy, tanto la presidenta como los gobernadores de MORENA y sus satélites, sirve de complemento para circunstancias como esta: que la diplomacia del miedo se incremente, que se lance el mensaje de que en México hay intocables y que por asuntos muy menores se deje de discutir lo fundamental en relación con la vecina potencia, en abono de defender a un personaje que ni siquiera es funcionario público y cuya notoriedad la alcanzó sólo por el apellido.
Que no nos venga la presidenta a decir que “esto es político” porque prácticamente todo lo es. Lo correcto sería que se tomara lo mejor de la tradición de la política exterior mexicana, que viene desde el siglo XIX, y se pusiera en acción para salir de este marasmo en el que ver cómo puede quedar el T-MEC tiene menos atención que las fechorías en las que está inmerso el hijo del expresidente.
¿Hasta qué grado la presidenta quiere aparecer como una simple títere de López Obrador?, y sobre todo, ¿cuánto le debe para que esté claudicando de su calidad de representante de Estado ante Estados Unidos y el mundo entero?
La simple duda en torno a esto, a quien debilita es a la presidenta. Pero no hay día en que no la hundan más las baladronadas y las adulaciones de quienes se dicen listos para enfrentar una invasión por tierra de Estados Unidos, o los que alaban no tanto a la presidenta sino a la “enorme figura” de López Obrador, construida con mentiras que no se sostienen de ninguna forma.
Qué deplorable situación de una presidenta que, a querer y no, aparece a cada rato como la principal apologista del crimen, cuando tiene todo el poder para actuar a fondo, pero prefiere estar bien con su partido, su clientela y el hombre de Palenque. Y, ¡oh, paradoja!, el retórico discurso soberanista hace mutis cuando el jefe de la DEA, en el Buenos Aires de Milei, dice que Omar García Harfuch es un “socio de confianza” y “buen amigo”.
¿Eso no es injerencismo?


