Columna

Kelsen o káiser

De los muchos vericuetos que tuvo el conflicto laboral de Aceros de Chihuahua, se produjeron otro tanto de anécdotas memorables que hoy, a propósito del fallecimiento del jurista Ulises Schmill Ordóñez, recupero una de tantas.

Los trabajadores habían ganado un pleito judicial ante los tribunales de primera instancia de Chihuahua; lo habíamos refrendado con una resolución emitida en el Supremo Tribunal de Justicia y también en un tribunal colegiado de circuito. Tres de tres.

Inconforme la contraparte, pretendió que la Suprema Corte de Justicia de la Nación lo sometiera a su jurisdicción y resolución definitiva. No era factible, pero era su lucha. 

Una comisión de obreros a la que acompañé, solicitó hablar con el ministro Ulises Schmill Ordóñez, del que siempre tuve una buena opinión, pues algo conocía de su trayectoria judicial, académica y como investigador y filósofo del derecho, que años después presidió la Corte. 

A los trabajadores les expliqué que ningún juicio, como era el caso y de acuerdo a la Constitución, no podía tener más de tres instancias, las cuales ya se habían cubierto, lo que me daba mucha confianza como asesor de que ganaríamos a la postre. Y abundé en la circunstancia personal del ministro Schmill, explicándoles también, con palabras sencillas, que se trataba de un kelseniano para el cual la aplicación del derecho vigente estaba por encima de todo.

Cuando se nos concedió la entrevista el ministro nos trató con mucho respeto y consideración, y volteando a verme dijo que prefería que un trabajador explicara el caso, lo que le daría oportunidad a él de valorar el sentimiento de los mismos y la justicia que reclamaban. 

Obviamente acepté, y entonces don Tranquilno Hernández Estellez, obrero de avanzada edad, que se había forjado preparando las ollas con ladrillos refractarios para la fundición del acero, tomó la palabra. 

Don Tranquilino, hombre habilidoso y además con facilidad de palabra, soltura y desenfado, inició el diálogo con el ministro. Le dijo: “Usted, que es partidario del káiser sí que nos va a comprender”. Don Ulises, sonriendo, le corrigió: “Kelsen”. Don Tranquilino condescendió pero otra vez erróneamente: “Por eso, káiser”.

Salimos de ahí convencidos de que ganaríamos. Tiempo después se desecharon las pretensiones de la contraparte, aunque el drama obrero continuó por más años. 

Pero ese día, tras la cita con el ministro, a la hora de la comida les explique a los compañeros trabajadores lo que era káiser y lo que era Kelsen. Enrique Gómez, otro de los obreros me dio la razón: “Y yo que pensé que káiser era nombre de perro”.

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Nota: La imagen que ilustra esta entrega fue elaborado con IA.