Saramago: nacer a los 52 años
Cuando José Saramago se inscribió en el Partido Comunista Portugués tenía 47 años de edad; cuando ejercía su primer trabajo relevante como director adjunto del Diário de Notícias contaba con 51 años, y cuando escribió su primera novela importante ya había cumplido los 58. O sea, para muchos, el novelista lusitano había llegado tarde a todo.
Pero no fue así. Él nació como escritor, según dijo algunas veces en entrevistas que ofreció cuando disfrutaba de la fama, el día que lo despidieron el diario en el que trabajaba, en noviembre de 1975, tras el golpe militar que frenaba así el proceso revolucionario. El diario cambiaría de orientación y él había quedado en la calle, sin ningún ingreso extraordinario.
Veintitrés años después se convirtió en el primer escritor portugués en recibir el Premio Nobel de Literatura.
Saramago tampoco fue a la universidad. Creció en el seno de una familia de campesinos despojados de tierras, y debido a sus dificultades económicas sólo llegó a cursar estudios de mecánica y cerrajería en una escuela técnica, la Escuela Industrial “Afonso Domingues”.
Sin embargo abandonó la escuela a los quince años por razones económicos para emplearse en un taller metalúrgico y después como funcionario administrativo en instituciones ligadas a la seguridad social. Su formación literaria y sus ansías de escribir las ejerció de manera autodidacta, acudiendo a bibliotecas públicas de Lisboa.
Con el tiempo logró convertirse en traductor de autores relevantes, como Baudelaire y Tolstói, y luego fungió como editor en varias editoriales.
Aunque nunca fue alumno de nivel superior, aun así recibió numerosos doctorados honoris causa por parte de diversas universidades alrededor del mundo en reconocimiento a su trayectoria literaria. Y en 1998 la academia Sueca le entregó el famoso galardón debido a “su capacidad para volver comprensible una realidad huidiza mediante parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”, según los argumentos de la academia Sueca”.
A pesar de que en 1947 había escrito su primera novela, no fue sino hasta después de su “nacimiento literario” y de aquel despido en 1975 lo que lo llevó a publicar, cinco años más tarde, en 1980, su primer libro relevante, Levantado del suelo, donde el gran protagonista es el pueblo de Alentejo, “con su lucha secular contra la explotación”, según contó él mismo en alguna biografía.
En esa década de los ochentas vendrían otras obras memorables, Memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis, o Historia del cerco de Lisboa. El resto, es historia, muy rica y ejemplar, por cuanto se puede reflexionar a partir de todas las vicisitudes que hubo de sortear en su vida personal para ocupar la enorme posición que como hombre de letras tiene en el mundo, y aun ciudadano ejemplar, a quien le tocó atestiguar las convulsiones de una revolución, la clandestinidad, el arribo del autoritarismo y la llegada de la democracia.
Con todas esas experiencias a cuestas y con todo el bagaje cultural que adquirió de manera autodidacta, Saramago se convirtió en un testigo inigualable de los procesos políticos y sociales de su época en un país al que amó profundamente.
Saramago fue un hombre de su tiempo, que vivió a su tiempo y murió a su tiempo, a los 87 años, un tiempo que a veces nos puede resultar pesado cuando de levantarse del suelo se refiere, pero que puede convertirse en un acicate para continuar, a pesar de la edad, o seguramente debido a ella, como en su caso.


