La obediente Sheinbaum fue a Nueva York
Movió a desprecio y mofa la asistencia de Claudia Sheinbaum a la final del Mundial de Futbol 2026 celebrada en Nueva York. En realidad, lo único válido al respecto es reflexionar lo que eso significa y dejar las burlas a un lado, porque contribuyen a enrarecer y polarizar más a la sociedad mexicana.
Para examinar este tema no quiero soslayar que vengo de un tiempo en el que el encuentro entre jefes de estado revestía solemnidades y que se daban cuando un problema central empezaba a encontrar alguna solución, o de plano se ponía punto final a un diferendo o acuerdo entre ellos.
Pongo un ejemplo: fue la vez que se entrevistaron los presidentes de Estados Unidos y México para reconocer la integridad territorial de nuestro país con la devolución de El Chamizal, en Ciudad Juárez, allá por 1964. Es un claro recuerdo de cómo se prepara un acuerdo y cuándo se ejecuta. Ciertamente eran tiempos más parsimoniosos, sin el vértigo actual, ni la demagogia ni la presencia de un Nerón que hoy ocupa la Casa Blanca.
Pero el país ni está –así lo pienso– para estas dos cosas: que intempestivamente se invite a la presidenta de México, nuestra representante, nos guste o no, a asistir al evento deportivo conclusivo y que a todas luces se pronostique que es un emplazamiento, sí o sí, sin margen. Y la otra, que la presidenta de la república nos venda eso como un acto importante y significativo en las complejas relaciones bilaterales, luego de pronunciar todos los días su retórico discurso sobre la soberanía y contra el injerencismo, por cierto un lenguaje tan añejo que ya no tiene pertinencia.
A su vez, la Casa Blanca de Trump no duda en mover sus propias teclas: en primer lugar, presume el evento de la FIFA como propio, cuando Estados Unidos no tiene tradición en este deporte. Luego, le impone a Canadá nuevos aranceles, y los encargados del combate a los narcóticos insisten en venir a México a poner orden. Mucho oropel, palco de lujo, roces con la vilipendiada realeza española, muchas sonrisas, y el momento culminante de la entrega de medallas y trofeos.
Sé de antemano que la cortesía en esto nunca estará de más, pero cuando aquí en México se declina compartir la inauguración del evento deportivo, se critica el precio del boleto de ingreso, demagógicamente se entrega ese boleta a una joven, y luego se monta el aspecto social del deporte como una conquista nacional, los hechos desmienten a Claudia Sheinbaum por su obsequiosidad para dar el sí a Trump y revestir eso de algo importante para las relaciones bilaterales. Es un gesto que ni siquiera va a agradecer el arrogante presidente norteamericano.
Por esto defiendo que la diplomacia mexicana hacia los Estados Unidos se debe cubrir de pertinentes formalidades para manifestar la esencia de lo que en México importa, no tan sólo en la relación con Estados Unidos, sino en el concierto internacional.
Cabe preguntarse, con absoluta seriedad, ante un evento deportivo como el del domingo pasado, si hubo oportunidad de que algo se tratara con hondura, o simplemente es sumarse al oropel de la fiesta y regresar a México con las manos vacías. Pero eso sí, presumiendo que se mostró flexibilidad, cortesía, comprensión y hasta bondad.
Mientras eso sucedía, la sentencia contra el Mayo Zambada ya estaba cocinada, obligándolo, sobre todo, a que regrese miles de millones de dólares, algunos de los cuales están en México y que jamás se van a recuperar, si es que tienen que salir de aquí allende El Bravo.
A resumidas cuentas, la presidenta debiera entender que no puede sostener un discurso y desmentirlo en los hechos, tanto frente a la casa borbónica como ante los colmillos del vampiro presidencial de los Estados Unidos.
Si alguien me preguntara si Claudia Sheinbaum debió declinar la invitación, sin duda le diría que sí, aunque fuera algo intrascendente.


