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Corrupción en la cultura: volverán las oscuras golondrinas

El escándalo de la puesta en escena “La golondrina y su príncipe” de Alberto Espino, basado en el clásico cuento de Oscar Wilde, sigue dando de qué hablar. No es precisamente porque haya movido un solo milímetro en la vida cultural de Chihuahua, sino porque la corrupción, el contratismo, el compadrazgo y el feísmo se pusieron al descubierto hace casi tres años.

El vuelo de la golondrina se ha tornado en el recuerdo de un buitre que vino a medrar de la corrupción estatal, comprometiendo a la administración municipal de Marco Bonilla y a María Eugenia Campos Galván que se inmiscuyó en la obra supuestamente para lucir política cultural, que ha estado ausente de manera permanente en la vida de Chihuahua.

Lo que llegó con la Golondrina fue la rapacidad en el manejo del presupuesto público, en el caso del que corresponde a la cultura de por sí raquítico, pero debilitado más por el amiguismo y el compadrazgo de los panistas con un artista deshonesto que sólo luce copiando lo que se presenta en otras partes de relumbrón, porque originalidad no hubo. 

Recordemos que esa puesta en escena exhibió varias miserias: en primer lugar, presentarla a la intemperie en el parque El Palomar en tiempos de severo invierno. Luego vino la oposición morenista que pronto claudicó, demeritando a eso que sólo por un eufemismo podemos llamar “comunidad cultural”. Y lo más bochornoso, por mostrar una solidaridad familiar con la presencia en el evento del hermano de Alberto Espino, el senador, experto en negocios, exprecandidato a gobernador y asesor de PEMEX, Rafael Espino De la Peña, que actuó como aval del negocito cultural de su pariente. 

Hasta aquí todo iba quedando en familia, pero con el tiempo ha llegado la noticia de que para el Órgano Interno de Control del municipio de Chihuahua y para la Auditoría Superior del Estado, presidida esta por Héctor Alberto Acosta Félix, todo estuvo bien, todo estuvo limpio, no se encontró irregularidad alguna y hasta la Auditoría de Gestión, suponemos, se libró bien porque la cultura de Chihuahua se enriqueció como nunca.

Pero eso sí, ambos órganos registran que los monigotes están inventariados y etiquetados con su código de barras en alguna bodega municipal, seguramente para que de ellos la erosión se encargue de convertirlos en polvo. 

Esto es una absoluta impostura y un imperdonable acto de corrupción que, además, exhibe que los actores de la cultura en Chihuahua están inmóviles y callados. La política de Porfirio Díaz sigue imperando: perro que lleva hueso en el hocico, ni ladra ni muerde.

Y así se sigue. El simple cuestionamiento de la creación del Museo de Arte Contemporáneo, en cuyo nombre va una intención que ni siquiera cabe en las dimensiones del inmueble de próxima inauguración, quedó sin respuesta por parte de las autoridades. 

Es grave reconocer que cuando la corrupción invade a la cultura, nos hemos adentrado en la barbarie. 

Pero ni modo, Gustavo Adolfo Bécquer, volverán las oscuras golondrinas.