Las alianzas partidistas se fisuran
Las alianzas partidistas rumbo a las elecciones de 2027 muestran signos de incertidumbre. En los polos se colocan MORENA y PAN, buscando el primero cerrar filas con el PT y el Partido Verde; a su vez, el segundo, haciendo lo propio con relación al PRI, su enemigo eterno, y los restos del perredismo.
En otra dimensión juega con independencia de esas organizaciones el nuevo partido Somos México; y MC, que ya ocupa espacios de poder local importantes, como Nuevo León y Jalisco, va solo y por más en Michoacán y probablemente en Sonora con Luis Donaldo Colosio Riojas, que alienta ya en su favor un proyecto presidencial para 2030.
MORENA y PAN reportan a este momento grados de dificultad mayores. Por una parte porque el primero, al ser poder, no oculta su pretensión de imponerse a toda costa y le resisten, con afán de mercadeo, dos partidos parasitarios como el que lucra del viejo maoísmo (PT) y el que ha sacado provecho de la lucha ambientalista sin pagarle nada a la ecología (PV).
MORENA tiene contratiempos en Zacatecas, Campeche, Chihuahua, Baja California, y lo que pueda acumularse en las próximas semanas o meses. No las tiene todas consigo y esa debilidad se ha mostrado con la resistencia a avalar, sin más ni más, la defensa de Andy López Beltrán.
Pero más que eso, en el caso del PT, siempre han jugado a venderse caro, no por lo que suman, sino por lo que dejan de estorbar la expansión de la hegemonía morenista. El PT en Chihuahua, por ejemplo, se ha vendido al PAN y al PRI sin pudor alguno, y ahora lucra de la marca MORENA. Sin embargo una sola cosa es cierta: en esta entidad votos propios no tiene.
El caso del PAN es significativo. El más viejo de los partidos, porque lo es, nació para combatir y encarar al PRI, y lo hizo como una especie de brega de eternidad, simbolizando una resistencia más que simbólica y con explosiones regionales, como las que hubo en Chihuahua en 1956, en 1983 y 1986, hasta que alcanzó su meta de detentar la gubernatura del estado en manos del extinto Francisco Barrio Terrazas.
A la postre, el PAN conquistó la Presidencia de la república en 2000. Lo natural hubiera sido un giro hacia la izquierda como el que se apuntaba con la reforma política de 1976 y la candidatura del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas.
Empero, por el viraje mundial que marcó el establecimiento del modelo neoliberal, en México PRI y PAN, en los hechos, fueron fundiendo sus identidades, olvidándose de las viejas confrontaciones. Salvo en agendas muy específicas, se empezó a dar una fusión entre ambos partidos que se dejaba sentir en programas de gobierno, en perfiles de candidaturas, en eslabonamientos inequívocos con el gran capital que derivaron en el Pacto con México en la etapa peñanietista y que arrastró al PRD hacia el abismo donde cayó estrepitosamente y quizás para no volverse a levantar.
Pero la historia no termina ahí. En diversas regiones del país el viejo panismo opositor, que busca su independencia política y ciudadana, resiste y no desea entregar sin más sus plazas fuertes al PRI vestidas de candidaturas panistas de última hora. No pocos panistas se preguntan de qué sirvió resistir durante décadas frente a un partido como el PRI, en mucho parecido a MORENA, para ahora quedar en manos del viejo adversario.
Hay la sensación de que muy poco valió el esfuerzo de varias generaciones en favor de un genuino proyecto democrático. Es el caso de Chihuahua, precedido por otros, como el chiapaneco, donde el PAN empezó una cohabitación con el PRI para ejercer el poder regionalmente.
A esto he denominado “maruquismo”, una especie de fusión fáctica de ambos partidos, con cargos compartidos de alto nivel y, sobre todo, brindando oxígeno suplementario a un PRI tan abominable como el que representa “Alito” Moreno en la dirección nacional, que dominante se extiende hacia esta parte del norte.
Aquí el escándalo político se llama “César Jáuregui Moreno”, o si quiere, “Santiago De la Peña Grajeda”. Ambos quieren ser alcalde de la ciudad de Chihuahua, capital del estado, donde se cocinan a últimas fechas buena parte de los gobernadores de la entidad. De ahí la disputa por el poder entre ambos políticos. El primero con una larga historia en el PAN, donde ha ocupado cargos en la esfera local de mucha relevancia; el segundo, de origen priista, recientemente teñido de azul y goza del apoyo de la gobernadora del estado, María Eugenia Campos Galván.
Todos los dados están cargados para que De la Peña Grajeda se quede con la candidatura, con la resistencia de Jáuregui Moreno, al que se le puede catalogar ya como un “rebelde” a los designios de quienes alientan una visión de lo que comúnmente se conoce como el “PRIAN”.
Pero hay algo muy importante que no debe perderse de vista: Jáuregui Moreno aduce en su favor su larga militancia y levanta simpatías entre la base panista local por apelar a mecanismos democráticos para la designación de candidaturas; sin embargo oculta que es carne viva de ese prianismo, como lo demuestra su complicidad con César Duarte durante la tiranía de este en el sexenio 2010-2016, que se dio de la mano con la actual gobernadora.
Es un político, frágil, que se perdió en el camino y optó por la corrupción. Se derrumbó en un barranco de la sierra de Chihuahua. Ahora mueve las cenizas del viejo panismo porque sabe que ahí hubo fuego. No se da cuenta que miles de ojos lo estuvieron viendo, palpando su evolución y que ya no es apuesta para el sector oligárquico de Chihuahua, y eso en el PAN cuenta, y cuenta mucho.
Si el PAN de Chihuahua quiere jugar a la contención de MORENA en el norte del país, tiene aquí una fisura que se puede ir agrandando con el paso de los próximos meses. A ello contribuye que carece de liderazgos firmes y arraigados, difícil de solventar en la figura de Maru Campos, que a estas alturas, designado candidato Marco Bonilla, empieza ineluctablemente la cuenta regresiva de su gris mandato.


