De añosos perredistas y el Viagra
Nada como las llanuras y valles chihuahuenses, pero en el municipio de Guerrero son verdaderamente bucólicas, como aquel atardecer en el que un grupo de dirigentes perredistas celebraban una estratégica reunión, disfrutando la caída de un sol otoñal, al filo del nuevo milenio.
Una conversación muy cerrada fue separando del resto del grupo a dos próceres del partido, ligados a esa región entrañablemente, ya entrados en años, al punto de que solamente sus siluetas destacaban frente aquel horizonte arrebolado. El viento del Otoño empezaba a arrastrar la hojarasca y los colores dorados del follaje y del atardecer jugaban armoniosamente con el amarillo de aquellas banderas perredistas.
Nuestros dos personajes conversaban acodados en unas tapias que cercaban aquella escena pastoril.
A alguno de los ahí reunidos le dio un ataque de romanticismo curioso. Inspirado y conteniendo la respiración, casi al borde de las lágrimas, preguntó qué conversarían aquellos dos hombres llamados por la historia a realizar la revolución democrática y lograr que, como rezaba el lema del partido surgido en 1989, se lograra una patria para todos.
La escena era digna de alguna película de John Wayne. Las texanas que portaban podrían dar testimonio fiel porque bajo las alas de esos sombreros se cortaba el horizonte y se filtraban los rayos del sol, perredista, por supuesto.
Como toda escena solemne, siempre es interrumpida por un procaz y chabacano asistente, realista en extremo, y ausente del resorte sentimental que acompañaba en esos momentos al evocativo interrogador, quien insistía en su pregunta:
—¿De qué estarán hablando aquellos dos grandes hombres?
La respuesta del silvestre impertinente cayó fría:
—Seguramente están hablando de cómo les está yendo con el Viagra.
Y todo se derrumbó. Incluido el sol de aquella tarde.


