Xi Jinping enaniza a Trump y a Putin
En menos de dos semanas tres actores de la política mundial de primer nivel se han reunido en derredor de China. El mensaje es claro: el desplazamiento del poder hacia una capital asiática de influencia planetaria.
Se trata de jefes de estado, aunque catalogar de esa manera a Donald Trump y a Vladimir Putin es un exceso, cuenta habida de que se trata de personajes que han enviado al basurero el derecho internacional, y en general el papel del derecho en favor de las soluciones de fuerza. Pareciera que la propia decadencia que arrastran tras de sí les dicta que sean desafiantes, vociferantes y chantajistas.
Contrastan esas actitudes con la parsimonia de Xi Jinping, poseedor de una añeja y diferente forma de hacer política, fuera de los cánones eurocentristas.
En China, el anfitrión se mostró ordenado, con un ejército disciplinado que hace de la precisión de sus movimientos una sincronía desafiante, producto de un poder vertical exigente que no tan sólo viene del aparato comunista que se instaló en el gran país luego de 1948, sino también de una cultura milenaria, con su propia filosofía largamente ignorada en lo que conocemos como “Occidente”.
El gobierno chino es largoplacista, sabe que los procesos sociales son lentos y además hacen de la estrategia un sofisticado lujo. Seguramente Donald Trump fue enterado de todo esto, aunque no es su fuerte meterse en esas honduras.
Putin, a su vez, también gozó del lujo y el esplendor en la visita. Ya no tiene el poder que en su momento ostentó Stalin o los jefes que lo sucedieron en el mando de la extinta URSS. Sabe que le toca jugar un papel importante, pero secundario. Depende más hoy del futuro de China de lo que se imaginó en la era del Pecus todopoderoso.
En otras palabras, cada día que pasa China se convierte en el centro del mundo.
Las tres potencias que se han reunido en estos días son potencias nucleares, más allá de los tratados que limitan las armas destructivas. Tienen arsenales atómicos que entre sí les brindan un equilibrio sostenido con alfileres; pero saben también que la ruta de la economía va en otra dirección en la que los viejos países ya no mandan como antaño.
El régimen autoritario chino no tiene las desventajas de la democracia y se beneficia de su propio autoritarismo, incluso de origen imperial.
Trump sabe que tendrá elecciones en noviembre y que no le puede ir bien, que fracasó en Irán; a su vez, Putin no ha salido del conflicto con Ucrania, y no se descarta, según los analistas internacionales, que empiece a tropezar con una resistencia interna, dada la corrupción y su larga estadía en el poder.
Estas notas pretenden dar un contexto para deplorar la ausencia de política exterior mexicana que juegue con las contradicciones y las oportunidades que abre una circunstancia tan singular como la actual. Se pierde mucho el tiempo en discutir lo que hizo Hernán Cortés hace quinientos años, defendiendo a la autocracia cubana y peleándose con países latinoamericanos hacia donde debiera tender lazos más sólidos.
Frente a un gobierno desafiante como el de Donald Trump, que no tan sólo descree del derecho internacional sino que pretende cambiarlo por las decisiones de fuerza, ha abandonado las posibilidades del multilateralismo; con dificultad se procesa el T-MEC dándole a Marcelo Ebrard una capacidad que no tiene como negociador y en desprecio de expertos notables que indebidamente se mantienen en la banca, porque aquí se descarta la experiencia en favor de la improvisación y la lealtad.
En ese marco, la política exterior mexicana con relación a China, debiera ser una prioridad y una posibilidad de mover las piezas en un ajedrez mundial que le puede dar ventajas a México. Pero la administración actual, encabezada por la inexperta presidenta Claudia Sheinbaum, se encuentra estancada en las maniobras que un día sí y otro también le hace el presidente Trump, y no se decide a encararlo con una política coherente en la que se haga cargo de las asimetrías, pero también de las oportunidades, entre ellas convertir el aparato de justicia mexicano en el ariete para combatir en territorio nacional a la delincuencia organizada que está adentro de los gobiernos de MORENA, sin perjudicar para nada nuestra propia soberanía irrenunciable.
El mundo cambia y México se mantiene en sus propias inercias; las oportunidades pasan y hoy, en el ámbito económico, el país está preocupantemente estancado, cuando hay economías de otras partes del mundo que pueden ser la gran ventaja de México en este momento.
Pero la presidenta Sheinbaum sigue ciegamente los dictados de Palenque, y ahí se sigue pensando que la política exterior es dictada por la política interior. Qué pena.


