Columna

Ariadna Montiel: Chihuahua no está para cacicazgos

La presencia de caciques nacionales a lo largo de la historia del país nos ha dejado un saldo negativo. En el balance, hombres fuertes en la vida regional ayudaron a cambiar al país con sentido progresista. Pero no fue la regla. Y cuando digo esto, estoy pensando en Juan Álvarez, que emitió el famoso Plan de Ayutla en 1853 y que a la postre desbancó al santanismo, abriendo el ciclo de la república liberal. No ha habido otro caciquismo igual.

En la coyuntura nacional y local de Chihuahua, existe la pretensión –abierta y expresa– de Ariadna Montiel, líder nacional de MORENA, de ser la cacique en nuestro estado, la mujer fuerte a cuyos designios quedaríamos atados si el partido lopezobradorista llegase a triunfar en las elecciones de 2027.

Chihuahua ha sido tierra de caciques muy bien ubicables. En una etapa los Trías jugaron ese papel; después vino la familia de Luis Terrazas, que hasta la fecha ejerce una influencia importante, sobre todo en la economía. En la etapa posrevolucionaria se distingue a Rodrigo M. Quevedo y las ínfulas con las que quiso gobernar 

Alfredo Chávez, pero que a su tiempo fueron defenestrados, dicho sea de paso, de manera sutil, porque al primero, en el periodo de Lázaro Cárdenas no se le relevó sin más ni más, sino que se le buscó una salida para reubicarlo en otra región del país con mando militar.

Hubo otros políticos, como Luis L. León, quien ocupó la gubernatura durante el callismo pero que, en parte por razones obvias, y en parte por voluntad propia, se alejó de ambiciones caciquiles, y fue hasta la época de la gubernatura de Práxedes Giner Durán que regresó como presidente del Comité Directivo Estatal del PRI. Así pagaba Giner viejas deudas.

De ahí en más, no ha habido quién pretenda ocupar el lugar de factor esencial en las grandes decisiones del estado, y seguramente no por falta de deseos, sino porque la realidad les ha caído encima.

Ni siquiera Manuel Bernardo Aguirre tuvo esa pretensión. Él fue obediente con las decisiones del centro, y acostumbraba decir que cuado el presidente dispuso que viniera a Chihuahua, lo hizo sin chistar, como cuando le ordenaron que Óscar Ornelas fuera su sucesor. Pero aquí no había una figura que se arrogara facultades de ese tamaño. 

A partir de 2010 César Duarte lo intentó, pero al ballezano se le desbarató todo entre sus manos, al ritmo de “No prendas la vela”, que le cantaba el aceitoso Tony Meléndez.

Ahora, en la etapa electoral que está a la puerta, Ariadna Montiel pretende ocupar un lugar preponderante y decisivo en Chihuahua. Preceden a esa ambición el que antes de 2018 y con fines electorales, fuera sembrada en la sierra de Chihuahua para la promoción del voto, estableciendo una red de relaciones con lidercillos locales para intimidar a los ciudadanos y propiciar el sufragio local en favor de López Obrador.

Se estableció, trabajó con sigilo, habló con Malverde, Santa María y todas las vírgenes, y estuvo en 2021 detrás de la candidatura de Juan Carlos Loera (asiduo visitante de Guadalupe y Calvo), agenciándole financiamientos ilícitos, pero al final rompió con él por razones muy conocidas al interior de MORENA.

La señora Montiel, se sabe, obtuvo su credencial de electoral en territorio chihuahuense, y durante los últimos años mucho se habló de sus ambiciones por la candidatura que hoy ostenta Cruz Pérez Cuéllar, que ahora tiene justo el apoyo de esta dirigente, que desea sentar sus reales aquí en Chihuahua.

El estado sufriría la más decadente involución si esto llegase a ser realidad. Aparte del derrumbe que tenemos a la vista, esto vendría a ser el consumatum est de la degradación política de Chihuahua.

No es que defienda la oriundez como un requisito para ser cacique, pero en realidad no estamos para que desde una colonia de la Ciudad de México nos vengan a imponer un tutelaje y a un gobernador pelele.

Lo dicho aquí es una razón adicional para luchar en contra de la autocracia morenista y de la peregrina idea de que todos los estados de la república estén bajo la hegemonía de un solo partido.

En el fuego cruzado que padecemos los ciudadanos, todo esto se alimenta con la fingida discrepancia y amenazas de juicios penales entre la gobernadora Maru Campos y Ariadna Montiel. ¡Qué nivel!