Cuando Cuauhtémoc Cárdenas caminó al lado de Chihuahua
En aquel tiempo, como se dice en las retóricas evangélicas, ser candidato era emprender una tarea heroica con una desembocadura inevitable: la derrota. Bajo esa divisa, los primeros candidatos que tuvo el PRD, iniciando la década de los noventa del siglo pasado, estaban destinados a jugar centralmente un papel testimonial, pero a la vez necesario, porque anunciaba la posibilidad de un cambio transicional a la democracia.
En esa circunstancia fui candidato a gobernador en 1992 por el Partido de la Revolución Democrática, el Popular Socialista y una organización civil llamada Convergencia Democrática, aunque la herramienta fundamental estaba en el nuevo partido fundado por Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, entre muchos otros.
Puedo dar testimonio de que a partir de 1972, y teniendo como escenario la gran insurgencia popular que sobrevino al triple asalto bancario del 15 de enero de ese año, pensé que participar en las elecciones era el camino menos doloroso para buscar un cambio y desafiar a un régimen autoritario.
La tarea se veía muy grande e inalcanzable. Creíamos que el monolitismo del régimen priista jamás se quebraría desde adentro, y por tanto buscar una senda electoral se denostaba porque se le ligaba a un reformismo ajeno a toda transformación revolucionaria.
Quienes estábamos en la dirección de ese movimiento popular nos escindimos y no supimos generar una alternativa. Los que estaban en la lucha en las colonias populares hicieron del abstencionismo electoral una especie de ideología para sustentar las vías insurreccionales. Quienes ya no compartíamos esa visión nos conformamos con practicar un abstencionismo electoral activo, llamando a no votar, paradójicamente.
Así transcurrieron, para el grupo en el que yo actuaba, poco más de diez años, hasta que en 1985 se terminó de disolver el colectivo que se integraba en El Martillo.
Tuvimos la posibilidad de incorporarnos a otras expresiones nacionales, pero no lo hicimos. En contra de esta forma de pensar y actuar, los partidos de izquierda empezaron un proceso de modificaciones, ya en la vía de asumir la cuestión electoral en todos los niveles como una decantada ruta que había que transitar para deshacernos del viejo dominio hegemónico del PRI.
Sin embargo, permanecimos ajenos a esos procesos, y 1988 nos encontró frente a una realidad inequívoca: el régimen se había fisurado estructuralmente y la llegada de Carlos Salinas a la Presidencia se sustentó en un fraude descomunal que privó a Cuauhtémoc Cárdenas de su evidente triunfo electoral.
Se funda el PRD en 1989 y buscamos la militancia en él, aunque fue acompasada, y buena parte de la generación a la que pertenezco se fue sumando a la visión de ese partido. En 1992, sin ser militante, asumí la candidatura a gobernador del estado.
Dos cosas son de resaltar: la visión política de Antonio Becerra Gaytán de aperturar el partido a otras expresiones, y que, finalmente, empezamos a practicar la vía electoral.
A principios de 1992 convoqué a una reunión a Víctor Orozco, Jesús Vargas y Víctor Quintana para sugerirles que de entre los cuatro estaba el futuro abanderado de la izquierda opositora, particularmente la sumatoria al proyecto del cardenismo que se fundía en el PRD. A la postre los demás declinaron, con razones válidas, y me apuntaron para la tarea a la que, abiertamente, aspiraba.
Eran otros tiempos y otros estilos. Estábamos conscientes de que la incorporación a estas batallas, que eran novedosas para nosotros, estaban muy lejos de un utilitarismo, ya que los partidos ni siquiera tenían prerrogativas de financiamiento público y había que trabajar con las uñas; eran los tiempos de dar sin esperar nada a cambio.
El ahora extinto PRD tuvo en mi persona a su primer candidato a gobernador del estado, e hicimos, apoyados en un enriquecido grupo, una labor ingente recorriendo 44 municipios, innovando el discurso y la propaganda.
En el ámbito de las ideas no me queda duda de que brillaron las del PRD frente a un PRI engreído que se consideraba triunfador de antemano, y un Partido Acción Nacional para el que soplaban vientos favorables con el salinismo reinante y hambriento de legitimidad.
El discurso de Francisco Barrio ya no tenía la beligerancia de 1983 ni de 1986. En los medios políticos se empezó a hablar de la “concertacesión”, pero la propuesta perredista no retiró ninguna de sus caracterizaciones que justificaban derrotar al PRI en el estado de Chihuahua, y contribuimos a ese primer triunfo, aunque los frutos aparentemente no eran para nosotros.
Después supimos que podíamos participar decisivamente en una reforma constitucional, en nuevas formas de incidir a través de la democracia directa y abatir la ancestral corrupción, moderada en aquellos tiempos si la comparamos con la que hoy existe.
Pero nos quedamos con un patrimonio. Ya teníamos un partido democrático, emergente, con propuestas, y ejerciendo derechos constitucionales que antes nos estaban vedados. Casi nos tardamos veinte años en comprenderlo.
El PRD se sintetizó en la vieja escuela comunista, en múltiples integrantes que venían del movimiento armado y habían dado un viraje de 180 grados para pasar a la vida cívica, con la dura lección de la Guerra Sucia, y finalmente en toda la rica herencia del movimiento estudiantil que llegó hasta 1974; todos ellos estaban presentes.
La campaña de 1992 fue distinta a las que el PRD realizó ese año en Durango, Zacatecas, Michoacán, Oaxaca y Veracruz. El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas lo reconoció así en Holanda durante una gira que realizó por Europa exponiendo la situación de México.
Varios ejes sustentaron esta campaña: exigir que el PRI dejara de usurpar los colores nacionales, que el PAN dejara de bregar en contra del Estado laico, el debate necesario y público entre los candidatos, y particularmente todo lo que tenía que ver entre la separación de negocios públicos y privados, vieja divisa de la lucha contra la corrupción política.
Había propuestas excelentes, pero a final de cuentas la plaza le pertenecía al PAN. Con él estaba la vieja oligarquía, la jerarquía de la Iglesia católica, y toda una tradición de lucha y experiencias electorales de las que carecía una izquierda que se mantuvo autoritariamente en la ilegalidad por varias décadas.
Estructuralmente llevábamos una desventaja. Antes de 1988, el quiebre regional del régimen en el estado de Chihuahua se había dado en favor del PAN, como después lo vimos con las ventajas que tuvo la corriente democrática del PRI, que pasó a integrar el Frente Democrático Nacional para constituir, finalmente, lo que fue el PRD, destruido no solamente por las tribus que lo devoraron, sino por el mismísimo Andrés Manuel López Obrador, que optó por un partido personalista y carismático.
Por mi parte, todo el planteamiento para esa elección está recogido en dos documentos. El primero es un discurso ante la convención electoral del PRD de marzo de 1992 y, de manera más acabada, en la conferencia que dicté, un mes después, siendo candidato en campaña, en el Center for Interamerican and Border Studies de la Universidad de Texas en el El Paso.
De este último entresaco varios conceptos, como la nueva constitucionalidad que diera satisfacción al reclamo democrático, sustentado en el sufragio efectivo; la liquidación del presidencialismo con una descentralización federativa real; la eliminación de los partidos de Estado y el corporativismo; la reivindicación no nada más retórica de la soberanía; la creación del estado 32, o de lo hoy es la Ciudad de México; el reconocimiento pleno y sustantivo de la equidad para las mujeres; y la reforma política del Estado, todo esto dese luego recogiendo, propiamente, la propuesta concreta para Chihuahua en sus diversos rubros.
Y hubo una divisa más: dejar los mitos unificadores de lado, lo que ahora es el opio de la historia de la Cuatroté, para dar paso a una república de ciudadanos.
Viejos tiempos, sí, no tengo duda, pero mejores a los actuales donde prima la búsqueda del poder por el poder mismo y los grandes dividendos económicos que otorga el arribar a un cargo público, sin importar el apego a una brizna de derecho y ética política.
Todo esto lo hicimos con el apoyo de un líder incluyente, tolerante y respetuoso. Ese líder fue Cuauhtémoc Cárdenas.


