Columna

La sonrisa del ingeniero

Cuauhtémoc Cárdenas saltó al escenario nacional de la política y lo hizo con el mismo semblante adusto que le caracterizó toda su vida. 

La historia es harto conocida, hay infinidad de literatura al respecto; pero conviene recordar que cobró notoriedad con el escándalo que significó su rebelión interna –y luego su renuncia– al PRI, al lado de personajes que se tornaron históricos, como Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, una triada que ahora, incluido Cárdenas, han pasado a formar parte de los anales de la izquierda mexicana y de la vida política en general.

Comenzaba así la democratización, no de ese partido, que nunca ha sido democrático, sino del país, que tampoco termina de democratizarse.

Ya desde su primera campaña opositora, la que aglutinó a diversas corrientes de izquierda en un frente amplio para competir por la Presidencia de la república, se le insinuaba, y en otras ocasiones francamente se le recomendaba, que sonriera. Sus asesores, preocupados por esa imagen de seriedad, calculaban ciertas pérdidas en razón de esa aparente ausencia de gracia. 

Uno de ellos era Epigmenio Ibarra, un periodista que se convirtió, primero en empresario audiovisual y después en productor de televisión, y que hoy asume como un profeta de la Cuatroté en calidad de opinador profesional. 

En realidad, Cárdenas era un hombre alegre y feliz. Así lo dijo alguna vez, con toda seriedad, en una entrevista. Lo que ocurre con el ingeniero es que sus rasgos naturales no eran precisamente las de un hombre falsamente optimista. Él consideraba que las personas debían actuar de manera natural, tanto en lo privado como en lo público. 

Cárdenas reía cuando la ocasión lo ameritaba, y hubo infinidad de oportunidades, como aquel mitin organizado por el comité municipal del PRD en Nuevo Casas Grandes, encabezado, entre otros líderes, por Julián Hernández, Óscar Klassen, María Elena Baca, Nicho Ornelas y Rafael Torres, entre otros.

Oscar Klassen al micrófono. Cárdenas, sonriendo.

A ese mitin acompañaron Irma Campos y Esther Chávez Cano, además de otros personajes cuya identidad por ahora se me escapa.

Todos estábamos sentados y cruzados de piernas en sillas que los organizadores montaron sobre la clásica plataforma que alguien prestó. En su turno al micrófono, el jovial y siempre bromista Klassen, sabedor de esa austeridad en el semblante sereno del ingeniero, lo cual ya era casi una leyenda, pidió a todos los presentes un aplauso fuerte para Cárdenas a cambio de una sonrisa.

Inevitablemente, sin apremio alguno, sonrió de oreja a oreja, hasta contagió al resto.

A pesar de todo, y sin sentirse fotogénico, Cárdenas permitió retratarse a cuanta persona se lo solicitaba en los múltiples eventos a los que era invitado cada año. 

En estos momentos en que los políticos actuales son en realidad influencers con cargo al erario que se mueven en la superficialidad, en la frivolidad y las apariencias mediáticas, y que además adoptan posturas violentas en contra de sus adversarios, la figura de Cárdenas se alza incólume, por sí misma, y se erige en un monumento a la sensatez, a la autocontención y la integridad que nadie, desde ninguna posición de la geografía política, puede negar y contradecir. 

Como hoy se requieren políticos de su estatura moral, la partida del ingeniero es, pues, una paradoja de la historia, en estos tiempos de grandes miserias políticas, tanto en la derecha como en la izquierda misma.

Tras su fallecimiento, las redes sociales se han inundado de publicaciones de personas que se tomaron la “selfie” con él. Un grato recuerdo que seguro arranca, a pesar del duelo, un guiño festivo a la memoria de su enorme personalidad.