Columna

Sheinbaum: falta de oficio en política exterior

En esta columna hemos deplorado el déficit actual que México tiene en materia de política exterior. También hemos cuestionado la aberrante visión de Andrés Manuel López Obrador en el sentido de que esa política se iba a decidir desde lo interior, desentendiéndose de la comunidad mundial en la que estamos insertos. A la vez, hemos cuestionado que el secretario de Relaciones Exteriores, Juan Ramón De la Fuente, no da el ancho para el cargo y el penoso desempeño de Esteban Moctezuma (“por lo pronto”) en la embajada mexicana en Washington.

Es innegable que el país necesita hacer una adecuación en esta delicada materia que el Estado mexicano ha de definir con precisión. Es una obviedad decir que no es nada fácil, ahora que el belicismo intervencionista de Donald Trump se ha hecho presente y ha nublado más el mundo, particularmente en Oriente Medio, donde se inventan realidades alternas para justificar ataques masivos.

La presidenta Claudia Sheinbaum, en la visión de unos, se ha movido con prudencia frente a la administración Trump; en la de otros existe el señalamiento de que hay una ambigüedad en su conducta gubernamental que no se satisface con la simple declaración de que se va a “ceñir” al marco constitucional, de manera celosa, para no salirse de los límites de sus facultades.

Pero eso es una falacia, porque los principios que se establecen en la Constitución General de la República, por ejemplo la “solución pacífica de los conflictos”, la “no intervención”, o la “primacía del derecho internacional”, no son ni escudo para evadir respuestas y sería nefasto que la voz de la presidenta se quedara en una simple interpretación estrecha y gramatical. La realidad misma la rebasa, ella es injerencista en Argentina, Bolivia o Ecuador.

Retóricamente se puede hablar de la niñez y de la paz al igual que del genocidio, pero la derivación de esto lleva a posturas como la que se tomó en tiempos ya muy lejanos en el caso de la invasión fascista a Etiopía, o la actitud que el Estado mexicano tomó en la inmediatez del golpe militar chileno, que depuso al gobierno constitucional de Salvador Allende. Se podrían señalar más casos.

Me llamó la atención que en las respuestas que dio Sheinbaum en la mañanera de ayer al periodista Ernesto Ledesma, de Rompeviento TV, se muestre irritada, molesta, incluso evasiva, ante la pregunta de porqué no se condena, lisa y llanamente, el genocidio del que es objeto el pueblo palestino.

No se puede esquivar la respuesta en contra del genocidio; los principios constitucionales, invocados por la presidenta, la obligan, y esto me parece una obviedad si la Constitución se interpreta de manera que a todos sus postulados se les dé la consecuencia que la misma lógica amerita.

En esa mañanera la presidenta dijo algo interesante y que debe ser recordado para futuras declaraciones, sobre todo cuando se obstina en mencionar a su mentor, Andrés Manuel López Obrador. Dijo que ella publicó hace algunos años en La Jornada una carta sobre el tema palestino en el que dio a conocer su postura personal, pero que ahora es presidenta y que como tal se debe “ceñir a la Constitución”, fraseo que repitió durante toda la entrevista para rehuir una posición franca contra la invasión israelí en Gaza.

Esta actitud nos lleva al viejo tema desarrollado por Max Weber de la ética de la convicción, separada de la ética de la responsabilidad, deslinde que obliga a todo gobernante que se precie de ser democrático, para que prevalezca la segunda respetando en su espacio a la primera, lo que impone, de paso, el imperativo de la congruencia, para que no sean ni las propias creencias del gobernante, ni mucho menos sus filias o amistades las que determinen la emisión de juicios de la presidenta en materia de política exterior.

Va un ejemplo sencillo: la presidenta no tiene porqué opinar nada sobre la expresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, en una oficiosa solidaridad de amistad o afinidad política. Esa es su convicción y se la puede guardar, o exponerse a que otros jefes de Estado le den el mismo trato, pero en contra.

Seamos claros: no simpatizamos con el terrorismo porque es, en la escena internacional, la negación más cruda del derecho; pero tampoco, y mucho menos, con el genocidio que Israel ha cometido en la Franja de Gaza, vulnerando su propia historia durante el Holocausto que perpetraron los nazis. Criticar a Israel es quedar mal con Trump.

También está claro que el gobierno norteamericano de Trump, al margen del propio Congreso de los Estados Unidos, acometió una agresión contra Irán y que esa forma de encarar los graves problemas internacionales tienen una interpretación conforme a lo que dispone la Constitución.

Para realizar una política exterior mexicana, a mi juicio, se necesita mayor oficio, y este gobierno no lo está mostrando.