Bonilla y Pérez Cuéllar: incienso y adulación
En Chihuahua se vive una sorda lucha por el poder. En concreto, se tiene a la vista la sucesión de 2027, año en el que habrá comicios para elegir gobernador (a) del estado, Congreso local, ayuntamientos y sindicaturas.
Ese año es clave porque se puede significar por un continuismo ya insoportable, heredado por los saldos ominosos que dejan Duarte, Corral, y lo que se acumule de Campos Galván; o su interrupción con la instalación de la hegemonía morenista, que tiene en nuestro estado la pretensión de hacerse de uno de los símbolos de las transiciones que escenificaron el PRI y el PAN, partidos hoy en ruinas.
MORENA quiere concluir la década conquistando los viejos reductos del PAN, que son Guanajuato y Chihuahua, y para los morenistas lo simbólico es “pasado con espesor”, tomando el término de Marcel Proust para medir su importancia.
Hay un factor real que es el gobierno del estado, pero a decir verdad, se encuentra muy deteriorado por el fracaso de la administración de Maru Campos, especialmente en materia de seguridad, y no se diga en credibilidad y confianza social. Empero, de ese poder se pretenderá parir al futuro gobierno, de tal manera que los aspirantes buscarían su arbitraje, una especie de dedazo azul.
Hay una crisis de liderazgos en el Partido Acción Nacional, sufren el desgaste propio del ejercicio del poder sin brújula, y no pueden deslindarse de lo que han hecho a lo largo de los años, que recibe la reprobación social, como lo vimos en la última elección federal.
Así, vemos a un puntero por la candidatura en el alcalde de Chihuahua, Marco Bonilla, que un día sí y otro también, acomete actividades que poco o nada tienen que ver con el cargo que hoy ocupa. Un día está en la embajada de Ucrania en la Ciudad de México presentado un libro, otro en Colombia promocionándose de quién sabe qué, y otro violando el Estado laico, en una audiencia turística en el Vaticano, de esas que se compran en taquilla pero que se presumen como un hecho extraordinario de relación amistosa.
Pero he aquí que se tropezó con una pietra en el Vaticano al tomarse una selfie en la que aparece gozoso con el infame Felipe Calderón y su señora esposa, exponentes de un catolicismo y conservadurismo ultramontano.
Si sólo fuera una fotografía no tendría trascendencia. Pero aquí no hay casualidad alguna. Se trata de un acto de hipocresía porque, por una parte, se presenta la fachada de la visita al santo padre yanqui, León XIV, transpirando euforia religiosa; pero, en esencia, lo que se quiere mostrar es músculo para ganar la futura candidatura y presumir relaciones fundamentales.
No olvidemos que Maru es calderonista de pura cepa y estuvo en 2006 en el cerco de diputados en el Congreso de la Unión, justo al tiempo que se dio el paso definitorio para consumar la elección que Felipe Calderón ganó “haiga sido como haiga sido”, sepultando con esa frase el credo del tan llevado y traído Manuel Gómez Morín.
No es que Marco sea piadoso, aunque le viene bien la vocación sacerdotal, es que sabe dar patadas bajo la mesa, y por ese rumbo y rodeado de dhiacos como Arturo García Portillo, se hacen amarres con la persignada oligarquía chihuahuense. Mala apuesta; pero, como dice el lema de L’Osservatore Romano, “Unicuique suum” (en latín A cada uno lo suyo); y como ese lema tiene un complemento, también debe recordar que “Non praevalebunt” (en latín Las puertas del infierno no prevalecerán) y lo pueden poner fuera del ejercicio del poder. Ya ven como son los hombres de negocios.


A su vez, y cambiando de esquina, supimos que llegó al estado el junior Andy López Beltrán, cacique de MORENA, que cada vez que puede opaca a la presidenta –simbólica– Luisa María Alcalde Luján. Según versiones, vino a sumar chihuahuenses a los diez millones de afiliados que pretende para el partido propiedad de su señor padre. Pero sin declaraciones de por medio, sin decir los para qué de fondo sobre su visita, ni prensa que lo preguntara con eficacia, todo se dejó a las fotografías. Y aquí, si hacemos un paralelismo con las acciones de Bonilla, no es el Papa al que se luce, sino al hijo de su papá, que se presume.
Así se pretende insinuar que Cruz Pérez Cuéllar, el pretendiente de la gubernatura de Chihuahua, tiene las características de un favorito, con una vía regia, abierta, hacia la candidatura de 2027. ¿Qué será de su futuro? No lo sabemos, pero si lo que se presume es la relación con el bodoque, más que gobernador, Pérez Cuéllar, saltimbanqui de saltimbanquis, lo que estaría buscando es ser intendente de esta potencial provincia morenista.
Para conjurar ese peligro, Bonilla fue al Vaticano a respirar incienso, y Cruz Pérez Cuéllar a adular al vástago de López Obrador, del gran dedo de MORENA. Pero no les bastará.
Esta son las miserias de política que tenemos en Chihuahua.


