Sheinbaum: la política del Estado envuelta en mitines
Si con mitines y artificiales concentraciones humanas se resolvieran los grandes problemas que tiene hoy el país, ya estaríamos en ruta hacia soluciones tangibles, creíbles y generadoras de confianza, tan importantes a la hora de ejercer la representación política.
Pero no es el caso mexicano actual, y entonces la realización de marchas y reuniones masivas se convierten en una fútil competencia con la que se quiere dividir el problema con que se pretende decirnos de qué lado está la fuerza legitimadora de la sociedad. Por ese camino, y dada la rispidez que hemos observado, estaríamos más cerca de una especie de guerra civil que de un consenso para ejercer un poder con controles y contrapesos.
Inopinadamente, pero para no quedarse atrás de esta estéril competencia, la señora Sheinbaum se sacó de la manga “celebrar” sus dos años de triunfo contundente en las elecciones de 2024. Abrió el espectro convocando a un evento en el Monumento a la Revolución de la Ciudad de México y a toda la república –se supone– mediante la cobertura televisiva a nivel nacional. Y en el pecado llevó la penitencia.
Cierto que se está a dos años de un triunfo electoral, como cierto es que no estuvimos en presencia de un acto de rendición de cuentas, porque estas tienen un entramado institucional en un diseño que se ha erosionado por el abyecto control del resto de los poderes, en especial del obsequioso Congreso de la Unión con sus dos cámaras.
Pero más grave aún fue el tono y contenido central de Claudia Sheinbaum al pretender pararse frente al imperio yanqui de una manera retadora e ingenua, porque la lectura de sus palabras se entienden a partir de estos dos aspectos: en primer lugar, la tácita defensa de narcopolíticos del tipo de Rubén Rocha Moya, el gobernador con licencia de Sinaloa; en segundo, para mostrar músculo frente a un liderazgo emergente, hecho a modo, y muy débil, como sería el proceso de manufactura de la gobernadora chihuahuense Maru Campos.
Jesús Reyes Heroles en su tiempo dijo las sabias palabras de que lo que resiste, apoya; en este caso resistir los propios errores mediante un mecanismo burdo de control de daños, generó un liderazgo que empieza a cobrar notoriedad en el país, pero que está acompañado de politicastros impresentables como serían particularmente el caso de Felipe Calderón y Vicente Fox, que como líderes, objetivamente, huelen a pólvora mojada.
En la misma línea se inscribe que la gobernadora Maru Campos haya contratado a Roberto Gil Zuarth como abogado, que cobra, y cobra bien, y que vendrá a medrar del presupuesto chihuahuense como lo hacen desde rato sus “asesores” del tipo de Ernesto Cordero, y del exsecretario de Gobernación, Diódoro Carrasco. No está de más recordar con relación a Gil Zuarth, que el mismísimo Ernesto Ruffo Appel, durante la reforma energética, lo catalogó como “la pus”.
Pero el discurso de la señora Sheinbaum del domingo pasado exhibe las miserias de su gobierno. En primer lugar, continuar en la errática actitud que de ninguna manera se puede catalogar como una política exterior que se corresponda con la situación actual del mundo, en particular la relación bilateral con los Estados Unidos.
Es lamentable que el discurso presidencial se entienda de esta manera: cuando dice que el gobierno norteamericano viene por unos y por otros después, es que se refiere a narcopolíticos, por una parte; pero por otra, la abdicación de su gobierno a procesar, sancionar y castigar a delincuentes que se han parapetado en las instituciones en favor de intereses muy generosos que producen el crimen organizado, el lavado de dinero, el huahicol, el servir de tapadera, y un talante que no corresponde a alguien que se presentó como científica y está actuando como una vulgar fanática.
Esto no lo tapa ni un discurso antiimperialista, contrario a la injerencia; en el aparato gobernante ya percibieron que el apoyo de que gozaron empezó su derrumbe, que ya no se levantarán; y por eso la furia de las concentraciones morenistas.
Que la narrativa se les ha agotado lo pone muy en claro que el domingo, en el discurso presidencial, todo fue contra Trump y su injerencia, aunque no haya nombrado al presidente por su nombre; pero al día siguiente, en la mañanera de ayer lunes eso se convirtió en una etérea ultraderecha, en abstracto, ya no el canalla que gobierna en Washington.
El drama es vivir en la realidad del mitin de plazuela y luego querer cambiar la arenga por un concepto tan vaporoso que evite el conflicto con Estados Unidos, como si estuvieran imbéciles de aquel lado.


