Columna

Estados Unidos: el factor interno

Al conquistar su independencia, las Trece Colonias se abandonaron el sistema monárquico imperante en Europa, particularmente de Inglaterra, dando pasó a la Constitución de la primera república democrática del mundo contemporáneo. Así se reconoció por un gran racimo de pensadores ilustrados, cuyas reflexiones llegan hasta nuestros días.

Es Estados Unidos, con todos los asegunes que se le quieran poner, la más vieja democracia del mundo. En muy pocos años cumplirá tres siglos de existencia, y a lo largo de su historia ha pasado por dos crisis de gran calado y ha tenido la capacidad de resolverlas. Hablo de la Guerra de Secesión y de la gran crisis del capitalismo que estalló en 1929 y derivó en un largo periodo de recuperación –el New Deal de Franklin D. Roosevelt– y su luego definitoria participación en la Segunda Guerra Mundial, para derrotar al nazifascismo en Europa y a la alianza que este tenía con el Japón, donde Estados Unidos sostuvo la guerra en el Pacífico a un altísimo costo, pero triunfaron.

De ahí que Estados Unidos saliera como la potencia mundial más importante del siglo XX, sosteniendo una Guerra Fría con la URSS que al final colapsó como proyecto histórico del socialismo en 1989.

No intento con esto hacer una apología, simplemente quiero consignar hechos a los que agrego estos datos: esa democracia parece estar en sus últimos años, y no nada más por el segundo arribo de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos, sino porque se han ido generando una serie de cambios, no siempre a la vista de todos, que socavan el sentido democrático que se fue alimentando a través de los siglos.

Trump no llegó como una casualidad, ya que como lo han dicho una serie de analistas (entre ellos el destacado chihuahuense José Luis Orozco), de alguna manera era inevitable que el ominoso espectáculo que hoy vemos se presentara.

Es tan preocupante que Donald Trump puede agredir, como hizo a Irán, que los representantes gubernamentales de Europa que participan en la OTAN hoy prácticamente lo reciban como un héroe. En esto hay mucho de qué preocuparse y reflexionar.

Este marco de referencias pretendo poner el punto en los factores internos que se desenvuelven en Estados Unidos y que pueden significar el último esfuerzo para recuperar la vieja democracia.

En primer lugar, hoy Estados Unidos es un país multinacional y multicultural en el que será difícil actuar con impunidad contra una población de millones de seres humanos, que además tienen su origen en estados constituidos en todo el mundo, como serían los millones de mexicanos que viven y trabajan allá. Pero también hay otras minorías, como la ucraniana, que hoy pesa, y pesa mucho, en las decisiones internas y que no verán impasibles que se maltrate a su país de origen.

Pero además, y esto es lo que quiero subrayar, hay una corriente muy extendida de demócratas, avanzados unos, moderados otros, pero que ven en la tradición política norteamericana la base para un gran levantamiento ciudadano en contra del creciente autoritarismo y ejercicio de un poder demencial, como el que se aloja ahora en la Casa Blanca. Están en la academia, hoy muy agredida por Trump; en personajes del tipo de Bernie Sanders, que ya levantó la voz; en una juventud que no se quiere ver envuelta en un belicismo creciente, y toda una historia que arranca del pensamiento de los Padres Fundadores que, orientados por la Ilustración, tienen una visión diferente a la imperante y pueden levantarse contra lo que hoy sucede. Lamentable sería lo que la ficción cinematográfica recrea en la película Guerra Civil (Civil War por su título original en inglés).

Lo que quiero decir con estas líneas es que no veamos a los Estados Unidos desde una óptica de blanco y negro. Ahí hierven muchas contradicciones, y desde México se puede construir una política de nacionalidades que contrapese la sed imperial de un presidente atrabiliario que raya en la locura.