Columna

MORENA y el relevo de su oligarquía

Quinceañero pero senecto, MORENA reproduce las más añejas prácticas para renovarse como clase política gobernante. 

Los partidos políticos han sido una especie de misterio para la ciencia política, aunque se les conoce por sus resultados; las más de las veces sus procesos internos constituyen una verdadera incógnita para quienes los observan desde afuera, entre ellos los mismos científicos sociales. Se topan con mecanismos muy semejantes a los cónclaves cardenalicios, sobre todo cuando se trata de elegir Papa. 

MORENA, con todo y lo transformador que se presenta, lejos está de ser la excepción, y en cambio acredita con creces que sus hábitos políticos para elegir dirigencias y candidaturas son iguales –o peores– que los que practicaba el viejo partido hegemónico del país, el PRI. 

Todo indica que hay una petrificada cultura que obliga a cumplir mecanismos, recomendaciones, ritos, liturgias y secrecías, cuando se trata de hacer un nombramiento o dirimir una controversia de quién ocupará un cargo, sobre todo si este cargo es de alto nivel. 

Si nos vamos a la historia, la esfera del virrey de la Nueva España en Veracruz es un viejo ejemplo de lo que aquí se habla. El nombramiento de los compadres de Porfirio Díaz a las gubernaturas de los estados fue proverbial, porque obviamente tenía compadrazgos por todos lados, reales o ficticios. Lo que vino después fue el misterioso “dedazo”, seguido del “tapadismo” que hacía temblar todas las estructuras del poder. 

Al final lo que contaba eran dos cosas: obediencia ciega disfrazada de unidad, y que el favorecido fuera del propio grupo de interés, para seguir reproduciendo el esquema, y así que el baile fuera el cuento de nunca acabar. El poder pare al poder.

El escritor costumbrista José Rubén Romero, en una de sus novelas, Mi caballo, mi perro y mi rifle, describe que tres caciques de un pueblo, apodados Rey de Copas, Rey de Oros y Rey de Bastos, siempre estaban en el balcón central del palacio municipal antes, durante y después de la Revolución. 

Un sociólogo italiano nacido en Alemania, Robert Michels, publicó su obra Partidos políticos y fue pionero al tomarlos como objetos de investigación. Contra él hubo prejuicios, pero ese es otro tema. Lo que es cierto hasta ahora es que su tesis denominada “Ley de hierro de la oligarquía” sirve, y bastante, al menos para la descripción de lo que ha sucedido con gran parte de los partidos del mundo; y no sólo de estos, sino de las organizaciones en general.

Esa ley se expresa, palabras más, palabras menos, así: Todas las organizaciones complejas, independientemente de cuán democráticas sean cuando comenzaron, finalmente se convierten en oligarquías. 

Michels tomó como ejemplo los partidos de Europa donde, paradójicamente, los partidos socialistas de finales del siglo XIX y de principios del XX, a pesar de su ideología democrática y disposiciones para la participación masiva, “parecían estar dominados por sus líderes al igual que los partidos conservadores tradicionales”. 

Las organizaciones finalmente llegan a ser dirigidas por una “clase de liderazgo”, que a menudo funcionan como administradores pagados, ejecutivos, portavoces o estrategas políticos de la organización. Lejos de ser “servidores de las masas”, esta “clase de liderazgo”, en lugar de los miembros de la organización, inevitablemente crecerá para dominar las estructuras de poder de la organización, según su planteamiento. 

Dice Michels que al controlar quién tiene acceso a la información, quienes están en el poder pueden centralizar su poder con éxito, a menudo con poca rendición de cuentas, debido a la apatía, la indiferencia y la falta de participación que la mayoría de los miembros de base tienen en relación con los procesos de toma de decisiones de su organización. 

Afirma que el objetivo oficial de la democracia representativa de eliminar el gobierno de la élite era imposible, que la democracia representativa es una fachada que legitima el gobierno de una élite en particular, y que el gobierno de la élite, al que se refiere como oligarquía, es inevitable. Quien dice organización, dice oligarquía, sentencia.

Esto es un resumen de su pensamiento. Se puede coincidir o discrepar del mismo, pero no tengo duda de que describe bastante bien el fenómeno, mundialmente reconocido, y nacionalmente en marcha, ahora que MORENA ha emprendido el registro de sus precandidatos (llamados “defensores de la Cuatroté”) a la gubernatura de 17 estados de la república, que se extienden desde Baja California hasta Quintana Roo, pasando por Chihuahua.

Si MORENA fuera lo transformador que dice ser, que en realidad está muy lejos de serlo, en quince años de existencia ya tendría una fuerte reserva ciudadana para hacer el renuevo de la república. En realidad lo único que se observa es que su oligarquía tiende a compactarse, a ser de hierro, inaccesible para los que están afuera. 

Examinando a plenitud la lista de aspirantes de ambos géneros, encontramos una buena cantidad de senadores, diputados federales, legisladores locales, alcaldes de ciudades importantes, funcionarios federales en ejercicio, particularmente delegados de la Secretaría del Bienestar, y funcionarios locales desde fiscalías, secretarías generales de gobierno y hasta la integrante de un tribunal de disciplina judicial.

En este rosario sería bueno destacar las aspiraciones por Aguascalientes del apodado “Cero Votos” Arturo Ávila; el aspirante a sucesor de su hija en Guerrero, el autollamado “Toro sin cerco”, Félix Salgado Macedonio”, quien es heredero del cacicazgo de la criminal familia Figueroa y que además cuenta con par de acusaciones por acoso sexual; y la mujer llamada “fracaso”, Tatiana Clouthier, por Nuevo León.

Como queriendo vulnerar la ley de hierro, los aliados de MORENA en realidad son más de lo mismo. A la postre, si el gobernador de San Luis Potosí logra imponer a su esposa en el cargo, será porque está dentro de la oligarquía. Y en Zacatecas, el viejo cacicazgo del PT, no se diga, se autodenominan “la verdadera Cuatroté”. En otras palabras, estamos en presencia de una clase política morenista que se propaga a sí misma, y nadie de afuera puede entrar a círculo tan elitista. Y no podía ser de otra manera si MORENA es una muégano de una izquierda autoritaria, hoy neoliberal, donde conviven expriistas, expanistas, desprestigiados pastores evangélicos y hasta “neo charros” sindicales.

Michels, ahora lo entiendo más, fue denostado por un marxismo adulador de toda burocracia, que fue lo que a la postre minó por dentro a las organizaciones revolucionarias, causándole no menos mella al sistema democrático en favor de una oligarquía que cambia de credo a donde sople el viento, como el PRI, el PAN y ahora MORENA, que como los personajes de la novela de José Rubén Romero, siempre están en el balcón de palacio.