Amartemas,  Columna

Memorias de Balthus

“Cuando las voces de los niños se escuchan en el prado
y hay susurros en el valle,
los días de mi juventud se alzan frescos en mi memoria,
Y mi rostro se vuelve verde y pálido”

—William Blake

A Eva Lucrecia Herrera

La primera noticia o aproximación al pintor Balthasar Kłossowski, conocido como Balthus, me la brindó una lectura de Octavio Paz. Creo fue en su obra Árbol adentro; después vino el poema que le esculpió en Los privilegios de la vista, y desde hace muchos años –he de confesarlo– su obra plástica me atrajo, a contrapelo de que personalmente profesaba una visión estética en discordia con el artista que ya goza del reconocimiento universal, aunque no se lo haya propuesto, como otros que cultivaron el culto a la personalidad, Dalí entre el mayor protagonista.

El pasado fin de semana leí de nuevo Memorias de Balthus y me brotaron un sinnúmero de emociones e inquietudes, en buena medida producto del impacto que me causó la reciente muerte de mi hermano Carlos, que me trasladó a la infancia y a a juventud compartidas e imborrables. De alguna manera visité el “fondo abisal” que Balthus rememora anclado en el místico Eckhart, y traje a mi vista el catolicismo vivido en los primeros años y mi divorcio temprano que me separó de su rebaño.

La lectura de Memorias me sirvió para reflexionar aspectos de la vida que están en la grandeza del pintor, pero que también se anidan en las vidas sencillas. Balthus nació en París en 1908 y fue miembro de una familia privilegiada en el ámbito de la elevada cultura, también por su nivel económico. En aquella obtuvo los bienes que prodigan las relaciones con gigantes, como el pintor Bonnard o el poeta Rilke; además su madre pintaba y su hermano logró ser una figura distinguida; en la otra, la posibilidad de materializar nobles padrinazgos.

En una época de vanguardias, manifiestos estéticos que celosos pretendían marcarle rutas al arte y de la estrujante polarización (el siglo XX fue marcado por los totalitarismos) Balthus resulta una figura extraña, una ave rara entre los pintores que dominaban la escena y que tenían por su capital un París legendario, con sobrados méritos para serlo. En ese tiempo el centro era Pablo Picasso, el gigante que siempre buscó y apreció a Balthus. Por el testimonio compartido sabemos que le dijo: “Eres el único de los pintores de tu generación que me interesa. Los demás quieren ser como Picasso: Tú no”.

Y vaya que había en la plástica gigantes, fueran cubistas, expresionistas y toda la gama que llegó con el abstraccionismo y sus infinitas subclasificaciones. En ese marco nuestro pintor no batalló para encontrar su ruta porque no se proponía la notoriedad, y a pesar de que la crítica lo veía fuera de lugar, atacaban por continuar dando peso a la figura. A Balthus su constancia y convicciones religiosas finalmente lo convirtieron en un triunfador, un pintor imperecedero.

Todo empezó así: en primer lugar su pasado casi feudal y la cultura cristiana acrisolada, pues para él pintar era estar en oración y su infancia le brindó el acompañamiento de pintores de talla, como Pierre Bonnard, que le aconsejaron no continuar por la senda académica, encausándolo al museo Louvre a copiar cuadros de Poussin, a persistir en la figura, vale subrayar la humana esencialmente, principio y fin de todo arte. Emprendió la senda del autodidactismo, aprendiendo a mirar e interpretar soportado en la sólida columna de la historia del arte, que era reciente, y en la de pintores como Giotto o Piero de la Francesca. Le importó nada que le dijeran: “¡Pero es figurativo!”.

En Memorias no se ocultan ácidas críticas a los santones del arte contemporáneo, esquivando hábilmente caer en la diatriba, ya que lo suyo no fue escribir y estar en la polémica en los medios. En estos recuerdos lo dice puntualmente: está convencido que era toda una “arrogancia creerse creadores” y además también explica su divorcio del surrealismo y su sumo pontífice André Breton. Promoverse como ellos no era cosa de su predilección. Lo dijo con palabras fuertes, aunque no fuera lo suyo:
“Como la mayoría de los que se dedican al llamado arte contemporáneo son unos imbéciles, unos artistas que no saben nada de pintura, no estoy muy seguro de que este planteamiento tenga mucho eco, de que se comprenda siquiera” (p. 23).

Balthus buscó y encontró sus propios medios y se acercó a la naturaleza, habló con los poetas, fue a las montañas que evoca lo mismo si son alpinas o están en las remotas tierras de la China legendaria, donde se cultivó impresionantemente del paisaje. Se trata de un artista arraigado en el mundo, aunque sus famosos cuadros en ocasiones están reducidos al espacio de una sala de una mansión, o una austera o elegante estancia que cobra el toque de lo cotidiano con un grado de profundidad que invita a valorar la cercanía que se produce en un grupo de niñas o hermanas.

Cultivó el dibujo (no siempre una habilidad de pintores) y con ese recurso obtuvo una mejor comprensión histórica de las niñas, lo que para él represento: “Esa gracia de la infancia que se esfuma tan pronto y en la que se guarda para siempre el recuerdo inconsolable” (p.73).

Pero, qué hay de esas niñas y las pulsiones eróticas que provocan. Él dice que no hay tal, pero no intenta, ingenuo, decretarlo como regla de autointerpretación, que trataría de imponer a ultranza, porque sabe entonces bien que otros verán y leerán su obra. Lo dice con sus palabras:

“Si estamos rodeados de tantas cosas bellas, porqué nos empeñamos en evitarlas (…). No faltarán, desde luego, biógrafos y críticos de arte (los ha habido ya) dispuestos a encontrar posturas eróticas en mis modelos, a mancillar el trabajo de inocencia que he querido hacer, mi búsqueda de eternidad” (p.163).

Dice en su descargo que no es el ojo de la perversidad: “Creer que en mis niñas hay un erotismo perverso es quedarse en el nivel de las cosas materiales. Es no entender nada de las languideces adolescentes, de su inocencia, es ignorar la verdad de la infancia” (p. 139).

Tengo para mí, a la luz de su cuadro La lección de guitarra, de 1934, que es difícil sostener eso a rajatabla, y no porque fuera una obra de escándalo sino por su contenido real. Balthus, por más autoelogio de su obra temprana y otros de sus cuadros, no demuestra lo que él mismo afirmó de su plástica; pero no lo hace menor, probablemente eso está en los márgenes de su obra contemplada integralmente, lo que para mí está muy lejos de evaluar. Me extrañó porque le profesaba a Bataille si no un afecto completo, sí una visión más cercana a la crítica en esta materia.

Al final Balthus pasa a la historia del arte por el diestro uso de su pincel. También por la extensión de su propuesta estética de profundas raíces, por la búsqueda de los mejores pigmentos; y la luz, siempre la luz. Filosóficamente, para no referir esto a la política, se puede ubicar en un conservadurismo audaz que llega a postular que “la verdadera modernidad consiste en volver a inventar el pasado, en descubrir la originalidad a partir de ella, de sus experiencias, de sus hallazgos. Nunca me he sentido tan libre como cuando era joven y copiaba a Possin o a Pierre de la Francesca en el Louvre o en Arezzo. ¡Y cuánta modernidad encontraba en ellos!” (p. 89).

En la pintura de Balthus parte de la explicación de su obra está en el papel que juegan los espejos, sólo existentes en la presencia de la luz. El hombre es él y el espejo, dijo Alfonso Reyes, y en varios de sus cuadros más famosos está la presencia de los gatos. Espejos y luz que siempre están en las penetrantes palabra de los poetas; baste recordar al argentino Borges.

Me gustó la buena manera de hacer sus memorias, con sencillez y sin vanidades decorativas; diría que son modélicas. En ellas hay algo que me tocó personalmente en la cita que hace de Charles Peguy y que tiene que ver con la generación de la que formo parte: “Una retaguardia algo aislada, a veces casi abandonada. Una tropa en el aire (…), seremos los archivos, los fósiles, los testigos, los sobrevivientes de estas edades históricas” (p.229).

Cambiando lo que haya que cambiar, así veo a mi generación. Este país se derrumba en el autoritarismo mientras algunos hombres y mujeres con otros proyectos de origen claudican, se agarran con y de lo que hay: una regresión vestida con andrajos de izquierda.

Perdón por la digresión. Termino apuntando que el genio poético de Octavio Paz sintetiza a Balthus con estas palabras:

“la luz no absuelve ni condena,
no es justa ni es injusta,
la luz con manos invisibles alza
los edificios de la simetría;

la luz se va por un pasaje da reflejos
y regresa a sí misma:
es una mano que se inventa,
un ojo que se mira en sus inventos.
La luz es tiempo que se piensa”.

Caminantes: nunca pierdan la oportunidad de visitar a Balthus. Aún se pueden levantar los días de la juventud.

________________

Balthus. Memorias. Edición de Alain Vircondolet. Traducción de Juan Vivanco. Grupo Editorial Penguin Random House. Primera edición, México, 2019.