Soberanía y patrioterismo
La que quisieran como una marea alta de patriotismo, no ha llegado a brisa tropical. Quién puede creer que la patria está en peligro por lo que le “sucede” a Rubén Rocha Moya (en realidad él nos sucede a los ciudadanos), o por la colaboración (no se puede ver de otra manera) de María Eugenia Campos con el gobierno norteamericano y la CIA. Pienso que racionalmente muy pocos, y de esos pocos muchos se muestran o como fanáticos sinceros, o como buscadores de posiciones electorales hacia el año que entra.
La soberanía de México debe empezar por hacer cumplir la ley a través de las propias instituciones, nunca dar pábulo a que una potencia exterior venga a marcar el ritmo del funcionamiento estatal por la negligencia de nuestros aparatos de justicia o, lo más grave, por la deliberada protección de corruptos delincuentes instalados en el poder. Y aquí no hay distinción de partidos, como lo muestra la escena pública que hoy tenemos.
Es una verdad que la soberanía de nuestro país no se puede sostener con una visión insular en la que se resuelvan las cosas “a la mexicana”, como bien lo explicó José Revueltas en su obra México: una democracia bárbara.
Es cierto que aquí se adoptaron muchas –casi todas– las instituciones que la Ilustración propuso para construir un Estado moderno, como cierto es que al adoptarlas nuestra realidad la empezó a desmentir a cada paso.
Ha sido lo mismo en parte con las ambiciones de poder que se abrigaron por el grupo liberal después de la expulsión de los franceses, que desembocó en la modernidad porfiriana en la que, palabras más, palabras menos, la corrupción política se vio como un instrumento civilizatorio para que aquí se instalaran, en una economía que se pensaba para el exterior, las grandes compañías ferroviarias, la extracción de petróleo, y el saqueo a los recursos naturales. Son simples ejemplos.
La soberanía es un tema mucho más complejo de lo que se piensa por quienes se han decantado por una defensa de una patria convertida en entelequia. Veamos algunos ejemplos a tener en cuenta para entender la soberanía.
La soberanía, en primer lugar, está limitada por el derecho internacional que tiene un estatuto mundial superior y que nuestra Constitución eleva a un rango superior y equiparable a la propia Carta Magna en sus otros apartados.
En otros términos, no es absoluta, lo que tampoco debe ser un doloso estímulo para prohijar la intervención trumpista en el marco de su voracidad intervencionista.
México tiene reglamentados sus tratados y convenios internacionales, particularmente lo que se ha pactado jurídicamente con los Estados Unidos, de tal manera que ambas partes pueden accionar estos mecanismos para lograr sus fines.
La economía mexicana está conectada a la economía norteamericana, comercial, económica y culturalmente. La gran nación mexicana está asentada en territorio mexicano y diseminada por muchos estados de la Unión Americana. Eso se puede convertir en una fortaleza para México, pero no se ha intentado desde aquí con la seriedad y hondura que el caso merece.
La interrelación está más clara con la existencia del T-MEC que está sujeto hoy a una revisión y que, desde luego, tendrá un contrapeso mayor en la política de Trump, a diferencia de lo que se observó antes de 1994 y las revisiones posteriores de lo que fue llamado “TLC».
Entender esto nos obliga a tener una visión de la soberanía y no quedarse en la retórica presidencialista que al grito de que “la patria está en peligro”, ha intentado crear un estado de entusiasmo que en realidad no se ve por ninguna parte porque el propio discurso es chato, vacío y propio a la desunión de los mexicanos, denostando a los críticos del poder con calificativos como los que empleó por más de seis años López Obrador.
Y por último, el gobierno debe apegarse estrictamente a la ley, pues no se puede acusar de injerencistas a algunos de los que se muestran obedientes e informales, si por tal entendemos el desapego a las leyes y las instituciones.
La presidenta Sheinbaum ha ofrendado al imperio la entrega de casi cien capos sin mayor trámite ni respeto por la ley. Si eso no se llama entreguismo, que me corrijan.
Pero además el propio Senado de la república, obediente de la presidenta, ha autorizado en varias ocasiones la incursión de personal militar de Estados Unidos, y al menos en dos ocasiones, en las instalaciones del Centro Nacional de Adiestramiento de Santa Gertrudis, municipio de Saucillo, Chihuahua.
Las solicitudes, que han provenido del Ejecutivo federal y han sido avaladas por el Senado, incluyen la autorización del ingreso con armamento orgánico, municiones y equipo especial para adiestramiento.
Estas decisiones se han tomado de manera abierta, y así lo marca la ley. Pero para todos es sabido que la Presidencia de la república, antier, ayer y hoy sabe y tolera que de manera informal una multiplicidad de agentes estadounidenses y de otros países actúan con una permisividad extrema, y es casi ordinario que callen y no hagan nada.
Para mí, y ahí están las columnas que lo atestiguan, la posición de la gobernadora María Eugenia Campos está más que clara en los trágicos hechos de El Pinal. Ya cayó su fiscal y principal consejero político, César Jáuregui; ya dijeron autoridades norteamericanas que ella estaba colaborando unilateralmente sin pasar por la estación del gobierno federal, lo que es inadmisible.
Y por su lado el mentiroso contumaz Gilberto Loya, secretario estatal de Seguridad Pública, ha admitido públicamente que en la Torre Centinela tendrán su espacio agencias como la CIA, la DEA y el CBP.
Que el asunto se debe investigar por la Fiscalía General de la República, es ineludible, y no hacerlo es continuar en la simulación. Se debe barrer la escalera de arriba para abajo, porque llamar a la “infantería” es equivocar el camino.
Y que el caso del escándalo Rocha, Insunza y compañía se debe atender a fondo, por lo que se refiere a la actuación de la justicia mexicana; y cuando un compromiso bilateral lo obligue, también actuar, con imparcialidad, como formando parte de un todo, que es el peligro que representa para el país el desbordamiento militar del crimen organizado.
Que los Estados Unidos, con sus aparatos y embajadores van a seguir actuando como una potencia perturbadora e invasora, no tengo duda. Así ha sido desde que llegó de embajador Poinsett, que no por nada se le apodó como el Látigo de América.


