López Obrador se cree irremplazable
El simple anuncio de la posibilidad de que Andrés Manuel López Obrador regrese a las calles y a las plazas públicas en la coyuntura que viene, habla de un debilitamiento de MORENA que se quiere mitigar con la presencia de su carismático líder fundador. Si me preguntan que goza del derecho para hacerlo, no lo objeto. Pero es, a final de cuentas, la lectura más rudimentaria que se pueda realizar en torno al tema que ocupa esta columna.
Si López Obrador sale a la vida pública, más allá de sus libros confeccionados por sus amanuenses, el mensaje será claro en varias direcciones.
La primera ya se apuntó y es la debilidad de MORENA, y a su vez la muestra inequívoca de que el narciso tabasqueño no se siente reconfortado. Desea más aplausos.
Luego vendría un signo más que palpable de que la presidenta Sheinbaum no está a la altura del liderazgo de la herencia que depositaron en sus manos, que no basta el plus que le da encabezar la poderosa administración federal y las nuevas y futuras designaciones de gobernadores y candidatos a la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
Es palpable que las designaciones han creado fisuras que todavía no es dable calificar por las consecuencias profundas que puedan llegar a tener. Las resistencias del Partido Verde y de la franquicia llamada Partido del Trabajo, también crujen. Para paliar todo esto, qué mejor que una dupla en acción encabezada por el expresidente de la república como el líder supremo y, en segundo lugar, el propio liderazgo de la presidenta.
Si Sheinbum admite compartir este escenario, la primera perjudicada será ella, porque a la vista de todos los mexicanos se va a evidenciar quién manda, quién decide y quién asume los beneficios de un maximato que rompe la precaria vida institucional que padece el país. La presidenta, con todo y que viva en Palacio Nacional, el poder se trasladaría, ahora sí, a Palenque.
Sostengo que razonablemente eso no le conviene ni a MORENA, que está viendo en el continente el agotamiento de una izquierda que se desgañita responsabilizando a la derecha de sus desgracias, pero tiene nulo sentido de autocrítica para tomar, a la hora de los inventarios, su estricta responsabilidad.
Ni soy biógrafo, ni intento serlo, ni conozco a López Obrador al cien por ciento, pero la etapa que se prolongó en años en que convivimos en el PRD en puestos de liderazgo, me bastan para decir que su principal obsesión es el poder y la ambición desmedida del mismo.
Por eso no me extrañaría que hoy quiera recorrer al país al gravísimo costo de perjudicar a la nación, en una hora particularmente peligrosa, y en la que él, irresponsablemente, está provocando al imperio que capitanea Donald Trump, creándole problemas muy delicados al actual gobierno que permanece en silencio y no se ha atrevido a marcar un momento de inflexión, quizás porque asuma que del poder sólo tiene una pequeña parte.
López Obrador, sin ningún sustento teórico en la experiencia del nazi-fascismo, cataloga a una ultraderecha bajo esa etiqueta. Y quizás sin darse cuenta es él y su populismo los que están propiciando un modelo de ese corte en el manejo de su liderazgo.
Quien haya leído la obra de Hannah Arendt sobre el totalitarismo y se haya detenido en el papel de los liderazgos, debe reparar en estas frases aleccionadoras de la notable filósofa alemana, que embonan bastante bien para describir el desempeño de López Obrador. Veamos:
“En el centro del movimiento, como el motor que se pone en marcha, se halla el jefe (…); el jefe es irreemplazable, porque toda la compleja estructura del movimiento perdería su raison d ’étre (razón de ser, en francés) sin sus órdenes”.
Este tipo de liderazgos, está por demás decirlo, no se concilia con el sistema democrático que tanto presume la Cuatroté, y menos con el funcionamiento constitucional de las instituciones, que incluye el carácter público de los partidos políticos. Pero todo esto, para un narciso, no vale nada.
López Obrador se cree irremplazable. Ponga atención, presidenta.


