Cuando Duarte me hizo un regalo
Un antiguo apotegma afirma que nunca hay que decir en público lo que se dice en privado. Lo que pasaré a comentar no transgrede esa divisa.
Fui diputado en el Congreso local durante la LXI legislatura. Es el único cargo público que he desempeñado. Ahí interactué con los representantes del PRI, que eran mayoría; del PAN y del PT, ya que mi cargo lo había obtenido a través del PRD al que me tocó coordinar. Debatí con todos, especialmente con el profesor, ya fallecido, Mario Tarango, con César Jáuregui y los hermanos Aguilar Gil.
Fue una legislatura activa, con todas las limitaciones del caso, y me dejó buen sabor de boca por la experiencia recibida, ya que mejoró mi conocimiento sobre los congresistas de los demás partidos.
Ahí conocí a un tal César Horacio Duarte Jáquez, que ocupaba una curul por el PRI y que notoriamente transpiraba ambiciones de poder, adosada a actos de cortesía y desplantes de protagonismo, como cuando se convirtió en el defensor parlamentario de Patricio Martínez García al que las oposiciones principales pretendimos enjuiciar políticamente, sin éxito.
Con Duarte Jáquez fue muy escaso el trato. Se hizo áspero cuando tomó partido a ciegas por el exgobernador enjuiciado, motivo por el cual se llevó las correspondientes imprecaciones, pero sobre todo argumentos sólidos.
El día 21 de junio de 2005, Duarte tuvo para conmigo una de esas acostumbradas cortesía suyas y me regaló un ejemplar de la Ley fundamental para la república federal de Alemania que se promulgó el 23 de mayo de 1949. El ejemplar lo había recibido Duarte, a su vez, por cortesía del Departamento de Prensa e Información del gobierno federal de ese país.




Siguiendo los usos y costumbres del priismo parlamentario, me expresó por escrito en la segunda de forros de ese volumen, una dedicatoria que dice, textualmente, así: “Con afecto a un chihuahuense distinguido por su tenacidad y compromiso, de causas nobles y alcanzables. Diputado Jaime García Chávez. Con respeto de su amigo César Duarte”.
Sin duda era un dardo a la vanidad. El tiempo se encargó de poner a su lugar a cada quien. El resto es historia.


