Citlalli Hernández con sofismas oculta la derrota en Coahuila
En una democracia ganar o perder una elección fortalece al sistema, el óptimo que se ha descubierto hasta ahora para legitimar el poder. Se trata de una de las conquistas de la democracia liberal a la que se le agregan otros calificativos que la hacen limitada para resolver particularmente los problemas sociales. Esto es algo que se sabe de antaño.
Esto es a propósito de los recientes comicios coahuilenses en los que el PRI ganó todos los distritos electorales, dejando en un lejano segundo lugar a MORENA y borrando prácticamente del mapa al PAN, en otro tiempo con una fuerza significativa que hoy ha perdido de manera abrumadora.
Los que no se componen, dando muestras de que poco tienen de demócratas, son los de MORENA. Para ellos ganar todo es la prueba irrefutable de su existencia triunfadora. En otras palabras, no saben perder. Y al no saber perder desmienten su vocación favorable por la democracia.
El problema viene de tiempo atrás porque Andrés Manuel López Obrador inventó un insostenible mecanismo en el que no hay, aparentemente, perdedores. Y esto va desde encuestas ficticias que, cuchareadas debidamente, deciden candidaturas; insaculaciones donde son inadmisibles; tómbolas a granel para que, también aparentemente, no haya vencedores ni vencidos.
A esto súmele amañadas consultas a mano alzada para decidir cosas fundamentales del país; propuestas de revocación de mandato improcedentes y, eso sí, todos los dispositivos para acrecentar su hegemonía, crear clientelas a través del Bienestar, y una atrocidad de partido en el que su membresía está más cerca de la servidumbre que de la ciudadanía real.
En MORENA nadie puede decidir el programa ni la línea política del partido, mucho menos los dirigentes, y está absolutamente prohibido nominar candidatos, las tres piezas clave que le dan esencia a un partido democrático.
No dudo que el PRI y MORENA en Coahuila hayan recurrido a prácticas mañosas para sesgar el voto; lo que sí afirmó es que ni uno ni otro tienen autoridad moral para reprocharse. El primero, como dice el tango, tiene su historia; el segundo se la aprendió muy bien y hoy la practica con maestría.
En torno al tema, escuché hoy una entrevista que le hizo el periodista Pascal Beltrán del Río a Citlalli Hernández, oficiante de las tareas electorales en la dirección nacional de MORENA que encabeza Ariadna Montiel, quien comenzó su gestión con sendos fracasos: el de Chihuahua hace un par de semanas, y ahora el de Coahuila.
Beltrán del Río abrió su micrófono para que Citlalli Hernández informara del resultado electoral del domingo pasado, y todo fue explicar que los programas sociales condicionaron el voto, que hubo persecución, que movieron a la burocracia, que la prensa está controlada, que hubo acoso a la ciudadanía, que hubo fraude y manipulación. En ningún momento se refirió al resultado numérico que deja a su partido en un segundo lugar, muy distante del PRI. Y parecía que describía fielmente a su propio partido.
El periodista le pidió un ejercicio de autocrítica, a lo que Citlalli contestó que ella está en otra área del partido, preparando las elecciones del año entrante y que en poco tiempo harán valoraciones. Pero no arrojó una sola palabra que nos permita deducir que algo no hicieron bien. Pareciera que esto podría llevar a la conclusión de una mala imagen de Andy López Beltrán que, dicho sea de paso, sufrió un descalabro en las tierras de Venustiano Carranza.
El PAN, por otro lado, festeja la derrota morenista, ocultando su propio fracaso, estruendoso fracaso. Y hasta se divulgó la observación de dirigentes azules que, sin convencer a nadie, dicen que el PAN es el partido de la resistencia. Ni ellos se la creen, menos ahora que prácticamente están a un paso del fascismo con su defensa de la patria y la familia. Nada más les faltó añadir religión y fueros.
En esencia, y en esta coyuntura, hay una derrota de MORENA; aunque Citallli se haya empeñado en el sofisma de que no ganaron nada porque ya lo tenían.


