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Bonilla busca aliados en la ultraderecha norteamericana

Todos sabemos que los aspirantes a la candidatura por el gobierno del estado en 2027 hacen campañas abiertas, costosas, insultantes, con recursos públicos y muy particularmente violentando la legalidad existente. La ley no les importa hoy, lo que es el presagio de que no les importará mañana.

Cruz Pérez Cuéllar, el alcalde morenista de Juárez, por ejemplo, realiza actividades fuera de su ámbito competencial y hace caravana con sombrero ajeno al disponer de bienes públicos, patrimonio del municipio fronterizo.

A su vez la senadora Andrea Chávez, también morenista, recorre el estado en plan electoral. Cierto que tuvo que suspender las caravanas de la salud con su nombre e imagen por no estar en condiciones de transparentar el tamaño del costo de esto, aparte de que le cayó el rayo presidencial encima.

Hay aspirantes tan pobres políticamente que no vale la pena ni dedicarles unas líneas. Empero, sí resultan grotescas las aspiraciones de panistas como Jesús Valenciano, presidente municipal de Delicias; y qué decir de Gilberto Loya, guardaespaldas de la gobernadora y supuesto secretario de Seguridad Pública, que ya hasta escritor de “editoriales” ha resultado.

En medio de esta ilegal precampaña se encuentra el reciente viaje del alcalde de la ciudad de Chihuahua y aspirante panista a la gubernatura, Marco Bonilla, a Washington, la capital del imperio, hoy encabezado por el racista Donald Trump. Con este tour –y no tan sutilmente– el alcalde se quiere placear para que de él se diga que ya está involucrado en asuntos de política internacional. Sin embargo, a diferencia de los aspirantes morenistas, esta conducta de Bonilla merece ser particularmente cuestionada.

Es evidente que desde que se dio a conocer el “relanzamiento” del PAN por su líder nacional, Jorge Romero, se produjo un claro giro hacia la ultraderecha en un partido que no encuentra una definición para insertarse en las disputas por el poder que están en marcha. Reivindicar el valor de una etérea familia y de una patria abstracta no conduce a ninguna parte, porque ni remotamente tiene anclaje en la sociedad actual en la que vivimos.

Se sabe de cierto que Marco Bonilla es un hombre estructuralmente de derecha, a lo que tiene derecho, pero que como católico y en su calidad de funcionario viola constantemente el Estado laico, y antepone sus convicciones personales a sus responsabilidades públicas, constitucionalmente acotadas. De tal manera que la lectura de su reciente viaje sólo se le puede ver como un amenazante refrendo de su ubicación ideológica y política, con la gravedad de que lo hace a una capital en la que gobierna el ultraconservadurismo más feroz de los últimos años e inocultablemente enemigo de los intereses de México. Sobra decir que Chihuahua está incluido.

La experiencia muy conocida arroja el dato de que estos viajes, allá en la sede del imperio, son atendidos con una obligada cortesía y tienen reputación en la que sobresalen dos elementos: no sirven absolutamente para nada y se consideran estorbosos de la propia dinámica que hay en las oficinas públicas de Washington, sea la Casa Blanca, el Congreso o la Suprema Corte. Se les recibe en las oficinas periféricas de relaciones públicas porque no hay opción de negarse; pero acá en Chihuahua todo esto se presume como actividades de alto nivel, de que el político se codea en las alturas supremas. Pero eso es engañoso. 

Hasta aquí comento lo que todo mundo sabemos y que la prensa calla miserablemente, no obstante el dispendio que significan estos viajes, manchados con tinta electorera.

Pero hay un dato que al que sí debemos ponerle mayor atención. Se trata de la visita, como un pase de lista, que hizo Marco Bonilla a The Heritage Foundation, una de las sedes del conservadurismo y la derecha radical de los Estados Unidos. Le llaman think tank, o grupo de expertos, defensores de políticas públicas conservadoras basadas en la libre empresa, el gobierno limitado y la libertad individual. 

En la página web de esa organización se informa que tales expertos desarrollan “soluciones innovadoras a los problemas que enfrenta Estados Unidos”, como el “empoderamiento de los padres en la educación, la reversión del creciente gasto y la inflación, y la protección de los no nacidos”, hasta “asegurar las fronteras de Estados Unidos y contrarrestar la amenaza de la China comunista”.

Todas estas afinidades se sobreentienden, pero hay que tener presente que ese grupo de expertos está enfrentando resolver los problemas de Estados Unidos, no los de nadie más; salvo que la visita de Bonilla se trate de una reedición política de aquellos mexicanos traidores que durante la guerra de México contra Estados Unidos, en el siglo XIX, atentaron contra nuestro país, y se les conoce como polkos, en recuerdo del presidente invasor James K. Polk.

Gobernar a México es tarea que se debe fortalecer desde acá, sin aislacionismos, pero tampoco con entreguismos.

Y a este aspirante a gobernador de Chihuahua le debe quedar claro que lo primero es conocer Chihuahua y no Washington ni a sus siniestros personajes que engrosaron las filas del más ruin anticomunismo en la era de la Guerra Fría.

Quiero cerrar este texto recomendándole al alcalde chihuahuense la lectura del libro La política de la sinrazón de Seymour Martin Lipset y Earl Raab. Le hace falta, y más a todos nosotros.