Las lecciones de Núremberg, en una película
La película Núremberg (en nuestro país le adosan el subtítulo de El juicio del siglo) del director y guionista James Vanderbilt, basada en el libro El nazi y el psiquiatra, de Jack El-Hai, está lejos de ser una cinta más sobre el nazismo. Con esto quiero decir que es un filme bien realizado y que aporta un conocimiento histórico que contiene enseñanzas a tomar en cuenta para interpretar lo que hoy sucede en diversas partes del planeta.
Prácticamente derrotada la Alemania de Hitler, y ya en medio de la ocupación de los aliados, Hermann Göring (interpretado por Russell Crowe) el importante político y militar que alcanzó el rango de suplencia del mismísimo Hitler, se entregó voluntariamente en Austria, país que se había anexado Alemania en la etapa de ascenso del nazismo. Fue una entrega planeada, producto de su inteligente soberbia y presumida supremacía racial.
Göring vivió la Primera Guerra Mundial. Fues testigo de la desaparición del imperio guillermino, vivió en una república efímera que él detestaba (la de Weimar) y los efectos del Tratado de Versalles que generó una situación de crisis en Europa, particularmente en Alemania, que tuvo que solventar los costos de la derrota, que impactaron de manera enorme en la economía, la cultura, y el profundo malestar social que produjo el caldo de cultivo para que un minúsculo partido por el que nadie se suponía estaba dispuesto a dar cosa alguna, se convirtiera en la pieza clave del totalitarismo.
Con la entrega de Göring y de otros jefes del nazismo surgió una interrogante que a mi juicio es esencial en la trama de la película. Se pensó en llevarlos inmediatamente a la horca. Eran tantos sus crímenes y la responsabilidad del conflicto bélico, que eso se antojaba como lo más práctico y aleccionador. Y aquí está el punto de arranque, cuando se piensa en ajustar todas las decisiones al peso del derecho y no continuar con acciones propias de la barbarie.
Se estaba frente a un hecho inédito: realizar un enjuiciamiento que no tenía precedentes, ni órganos jurisdiccionales competentes, y mucho menos procedimientos debidos por la ausencia de leyes específicas. Había que innovar. Y al innovar había que ajustar al derecho un proceso penal histórico en contra de los matones del nazismo. Para ese tiempo ya se habían realizado detenciones y se tenía en cautiverio a un grupo de jerarcas del partido Nazi, autores de las masacres y genocidio que aún en ese momento no se conocían, salvo como un mero rumor.
En medio de la tragedia y la destrucción de Alemania, se impuso la necesidad de que los aliados dieran una lección mundial innovando el derecho y desgajándolo de la vieja tradición de ortodoxias y formalismos que imperaban lo mismo en la práctica judicial en los estados que en la doctrina de notables juristas, en particular algunos muy influyentes que se habían formado en Alemania desde antes de la instalación de los nazis en el poder y algunos en contra de ese establecimiento.
Así, un grupo de personalidades optó por salirse de los viejos cartabones para encarar el reto, lo que orilló a un proceso de creatividad para sancionar a los perpetradores de los crímenes y la barbarie nazi. Pero no era exclusivamente un problema en el ámbito de lo jurídico.
En el mismo sentido del reto había que trabajar en varias disciplinas, particularmente penetrar en la interpretación psicológica de los criminales detenidos. Es en este momento que aparece la necesidad de utilizar a un profesional en la materia, con especial atención en Göring, y lo primero que había que garantizar, además, es que los cabecillas del nazismo se preservaran vivos para presentarlos ejemplarmente ante el tribunal, y ante el temor de que, viéndose perdidos se suicidaran, tal como lo hicieron Goebbels, Himmler y conjeturalmente el mismo Hitler, entre otros. Para que hubiera juicio tenía que haber procesados con vida. Y el tratamiento de este aspecto le da a la película el suspenso y dramatismo que le imprimió, acertadamente, el director.
La película se construye a partir de aquí con la intervención del psiquiatra de Göring, Jack El-Hai, interpretado por Rami Malek, y en la compleja relación que sostienen en un juego en el que recíprocamente trataron de manipularse, incluso en lo emocional. En algunos segmentos de la película podemos ver a un Göering “humanizado”, como si hubiera la pretensión, en realidad momentánea, de lavarle la cara a un matón consumado que pone en práctica toda su inteligencia y soberbia para comparecer al juicio a refrendar su historia personal. También se muestra cómo criminales de esa dimensión podían llevar una vida disipada.
A la instalación de la corte de Núremberg y al juicio público que luego se instaura, lo acompañó todo un procesamiento diplomático para convencer a los vencedores en la guerra de que tuvieran un lugar en el jurado y también en el desarrollo acusatorio. El Tribunal Militar Internacional imputó a los acusados por los cargos de crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Esto corrió en paralelo al gran papel que jugó una prensa libre que le dio seguimiento mundial al suceso.
Destaca en la película la crítica a la vanidad y a la seducción de los poderosos, en el que el nazismo se movió con enorme pericia antes, durante su ejercicio de poder y a lo largo de la guerra. Göring actúa magistralmente esa dupla de vanidad y seducción, porque tenía, a final de cuentas, el plan de no darle al tribunal el triunfo llevándolo a la ejecución. Por eso se suicida, casi al pie del cadalso, a donde lo había enviado la sentencia que ya le había aplicado la pena de muerte.
Esta sentencia no hubiera podido dictarse a plenitud si no es por el concurso y la combinación del fiscal norteamericano, Robert Jackson, (interpretado por Michael Shannon), con el inglés, David Maxwell Fyfe, (interpretado por Richard E. Grant). El primero se vio al punto del fracaso ante la arrogancia del propio Göring, pero este a su vez cayó abatido por el jurista inglés.
Al final se muestra que personajes como Göring pueden ascender y ejercer un poder descomunal, pero también se acredita que pueden ser enjuiciados y castigados de manera ejemplar, como lo marcó el Tribunal Militar Internacional de Núremberg. Y ese es el punto nodal de la película de Vanderbilt.
La calidad de este cine mereció cuatro minutos de ovaciones de puede durante su estreno en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF). Y eso vale más que un premio Oscar.


