Columna

ONU: las posibilidades de Michelle Bachelet

En una circunstancia especialmente difícil, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) renovará su presidencia actualmente en manos de António Guterres. Con el arribo de Trump a un segundo periodo presidencial en Estados Unidos, dio inicio la ruptura del orden internacional, cuyas consecuencias aún son impredecibles.

Se ha abandonado al derecho internacional en favor de agresivas e imperialistas acciones por parte de los Estados Unidos, como el amenazar constantemente el mercado mundial con el establecimiento de órdenes ejecutivas arancelarias; el ataque en aguas internacionales a navegantes con mano militar y al margen de todo derecho; el amago permanente de intervenir a México, so pretexto del combate al narcotráfico que equipara al terrorismo; las agresiones que el ICE produce contra migrantes; el reforzamiento de la alianza con Israel; la guerra contra Irán; la economía petrolera; el renovado y exacerbado acoso contra Cuba, y en general el propiciamiento de un ambiente mundial de conflicto.

Crujen viejas alianzas como las tradicionales que ha tenido Estados Unidos con Canadá y la Unión Europea, lo que ha repercutido en el conflicto de Ucrania. A esto se agrega la erosión que sufren las democracias establecidas, precarias en algunos casos, pero preferibles al autoritarismo y la autocracia que se extiende en el mundo.

Ese panorama, como es obvio, afecta a la ONU, a la que Trump ningunea y quisiera ver desaparecida del mapa. Esta política ha afectado, como nunca antes, la viabilidad de las Naciones Unidas para preservarse como la organización mundial más fuerte que ha habido, y que surgió como una promesa luego de la Segunda Guerra Mundial y la barbarie nazi-fascista.

Es obvio que sin el concurso fuerte y decidido de los principales estados del mundo, la ONU puede naufragar. En ese contexto se está procesando el relevo de la presidencia de Guterres y hasta ahora se sabe de estos aspirantes al cargo:

Virginia Gamba (Argentina), diplomática, nombrada el 11 de marzo de 2026, sumándose formalmente a la carrera; Rafael Mariano Grossi (Argentina), director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), postulado formalmente por el gobierno argentino; Rebeca Grynspan (Costa Rica), actualmente secretaria general de la UNCTAD, con apoyo oficial de Costa Rica; Ivonne Baki (Líbano), oficializada por el gobierno de su país, y Michelle Bachelet, expresidenta de Chile, que se desempeñó como alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos. Su candidatura ha sido oficializada, inicialmente, por los gobiernos de Chile, Brasil y México. Sin embargo Chile retiró su apoyo a Bachelet, luego de la derrota electoral de la izquierda en los comicios pasados y el giro del país hacia la ultraderecha con el pinochetista José Antonio Kast Rist.

Así, la candidatura de Michelle Bachelet cuenta por ahora con el aval de México y Brasil, encabezados por los gobiernos de Claudia Sheinbaum y Luis Inacio Lula Da Silva. Esto permite conjeturar que las posibilidades de la chilena se han reducido, a mi juicio sensiblemente, lo cual es de deplorar dado que sería una voz que contrapesaría los discursos belicistas de Trump y contrastaría con los gobiernos de la región latinoamericana que están cerrando alianzas con el presidente norteamericano que trastocan el papel del órgano internacional. De paso, también la OEA queda en entredicho.

El papel que ha jugado la ONU durante 90 años está a la vista en todo el mundo. Su aliento civilizatorio, ilustrado, pro derechos humanos, garante de la diversidad cultural y sus arbitrajes no son poca cosa a la hora de hacer un balance de su historia.

Su gran limitante ha sido, y eso todo mundo lo sabe, el veto que las grandes potencias tienen en relación a los conflictos de orden mundial y que están centrados en el Consejo de Seguridad, que es un órgano en el que mandan Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, China y Rusia, además de miembros no permanentes pero que en realidad tienen debilitados sus votos.

La propuesta de que esto último se reforme ha acompañado a la organización prácticamente desde su nacimiento, pero la realidad se ha impuesto y las grandes potencias que surgieron de la Segunda Guerra Mundial siguen manteniendo su hegemonía para intervenir en los grandes conflictos que les involucran.

Es cuestionable la reciente opinión del presidente colombiano Gustavo Petro, quien desprecia a la ONU porque no ha evitado las guerras, desentendiéndose con un discurso de ultraizquierda de la historia específica de la organización. De alguna manera su posición rompe con la mejor propuesta latinoamericana que representa Bachelet.

México ha cerrado filas con su candidatura y sin duda se trata de un gesto de aliento a la política exterior mexicana, en ocasiones tan demeritada, por verse teñida de una retórica hueca y ausente de definiciones tangibles con relación a las dictaduras del continente latinoamericano y del Caribe.

Desde esa óptica, aprecio que la candidatura de Michelle Bachelet no será exitosa. Ojalá me equivoque.