De la ‘Retórica’ de Aristóteles a los oradores charlatanes
Va un recuerdo. Como la oratoria es uno de los vehículos más propicios para incursionar en la vida política, muy temprano me interesó hurgar en sus secretos. Revisé la lista –eran otros tiempos– de la librería Porrúa de la Ciudad de México que estaba a disposición en un folleto en mi escuela secundaria y encontré un manual del que me hice, pidiéndolo por el sistema postal de C ó D (Cóbrase o Devuélvase). Ese libro era el Tratado de Oratoria, de Herbert V. Prochnow.
Como el volumen contenía una buena cantidad de páginas, tardé en leerlo completo, y a la distancia no sabría si me hizo bien o mal. Creo que más lo primero, pues sí abrevé de sus enseñanzas. Mucho tiempo caminó conmigo en mi pequeña biblioteca. Finalmente se extravió y ojalá haya llegado a mejores manos.
La oratoria, decían los políticos de la época, era el camino. En la esfera política se presumía la oratoria de Adolfo López Mateos, presidente de la república; y aquí en Chihuahua, el gobernador Teófilo Borunda gozaba de fama similar y hasta se comentaba que se ejercitaba frente al espejo. No lo sé.
Trasgrediendo las recomendaciones que ahí me encontré, pronuncié infinidad de discursos en asambleas, mitines, protestas callejeras, conferencias y hasta en charlas de café.
Como ya lo he dicho en otras ocasiones, empecé a abandonar la oratoria cuando opté por la búsqueda de otras formas de comunicar menos acartonadas, e inicié en la escritura de artículos de opinión, breves ensayos, reseñas, columnas periodísticas y todo lo que ahora se usa para estar presente en la vida pública y en la política activa.


Cuando tomé más en serio todo esto, y siguiendo el consejo de don Alfonso Reyes, de que la Retórica de Aristóteles es un libro muy divertido, lo adquirí y lo leí con mucho cuidado. Me gustó. No voy a hacer aquí –está fuera de mis alcances– una presentación de esta obra clásica, pero sí recordar que el filósofo estableció, y creo que es no se ha movido, las tres claves que hacen persuasivos a los oradores: sensatez, virtud y benevolencia. En mi trabajo siempre me ha faltado la práctica de alguna de ellas y han sido las peores piezas.
En cuanto a la virtud, se establecieron en la misma obra cinco pautas esenciales: claridad para escoger las formas más aptas del lenguaje; evitar la esterilidad para no usar términos improcedentes o inusitados; la corrección lingüística, que no es otra cosa que el recto uso del lenguaje; la adecuación entre lo que se dice y cómo se dice; y por último la elegancia, el buen gusto en el decir, la agudeza y el ingenio. ¡Qué distinto Prochnow de Aristóteles!
La inmensa mayoría de los que han optado para su formación por los manuales de divulgación no saben lo que se han perdido al no estudiar la Retórica de Aristóteles, y en general la retórica para la que el eminente Gadamer pide una reconsideración, en tiempos en los que los políticos han desprestigiado superlativamente formas y contenidos de expresarse y comunicarse.
Los puede distinguir en los parlamentos porque, porque en un supuesto intento de formalidad, todos sus discursos empiezan así: “Con su venia, señor presidente”, y terminan diciendo: “Es cuánto, señor presidente”.
Aristóteles trató este tema, y vaya que estaban frescos los tiempos del Ágora ateniense y de Pericles, y sostuvo que el orador al final debía decir: “He dicho, habéis oído, ya sabéis, juzgad».
Eso ha pasado con el tiempo a la síntesis del apergaminado “es cuánto”, dicho con un falso dramatismo.


