Columna

Sheinbaum le mete suspenso a la reforma electoral

Si fuera una película de Hitchcock se agradecería. Pero el suspenso que le ha impreso la presidenta Claudia Sheinbaum a su reforma electoral –sí, a su reforma electoral que comparte con AMLO– denota que está sudando para sacarla adelante en el Congreso de la Unión.

Sería muy diferente si los cambios previsibles a la legislación electoral estuvieran en el sentir de la ciudadanía, pero a todas luces se advierte que por ser una necesidad del poder, puede diferirse hasta que el bloque oficialista haga sus ajustes y construya sus acuerdos; es decir, que se repartan sus cuotas de poder y sus privilegios.

En realidad hay visos de una fractura al interior de ese bloque oficialista. Ya hasta se habla de que existen los “duros” y los “moderados”, siendo estos últimos los que emplean una brizna de racionalidad y pragmatismo de mejor manera.

Voces muy calificadas, y además atentas del entorno nacional e internacional, lo han dicho con mucha claridad: la reforma no es necesaria ni útil a quien la impulsa, generando mayor polarización de la ya existente, que se va tornando en una dificultad para la misma presidenta de la república.

Sin embargo parece ser que sus deudas y compromisos con López Obrador son tan imprescindibles de pago que ponen en riesgo la imagen de la propia presidenta, que se ve innecesariamente servil y obstinada, aparte de evasiva, aunado a los fracasos que están a la vista de todos para ir cumpliendo con los términos que ella misma se ha impuesto para presentar la famosa iniciativa.

Analistas con experiencia más que demostrada han ido desmintiendo uno a uno los argumentos que se dan para impulsar una reforma del calado de la que se propone; pero ni hay interlocución y mucho menos diálogo. La presidenta padece una sordera presuntamente incurable. Pareciera imitar al salinismo de antaño, que ni ve ni oye.

Claudia Sheinbaum se ha apartado de la habilidad reformadora que se dio en los últimos 50 años. Antes, cuando el PRI era todopoderoso, como en la etapa de José López Portillo, se trabó un encuentro con las fuerzas opositoras de la época, con los partidos proscritos y condenados a la ilegalidad. Se escuchó a la intelectualidad progresista y a organizaciones de la sociedad civil que preconizaban una apertura del marco electoral para un fortalecimiento de la transición a la democracia.

En la sociedad se había instalado un pluralismo creciente y además una liberalización que apuntaba a la exigencia de cambiar los marcos electorales que le garantizaban al PRI ser el ganador de siempre. Pero había más. En muchas partes de la república, y de manera pertinaz, empezaron a darse brotes impulsados por la apelación a las armas para luchas en contra de aquello que se llamaba “el sistema”.

En ese ambiente se generó una amplia gama de reformas electorales, se puede decir tener un padrón de ciudadanos confiable; credencial para votar con fotografía; ciudadanización de la jornada electoral a partir de la vigilancia en las casillas; creación de un servicio civil de carrera en el ámbito profesional, para organizar elecciones competitivas.

Así mismo se crearon órganos electorales con suficiente autonomía para sacar del poder los procesos electorales, y a su tiempo surgió primero el IFE, luego el INE, y los órganos jurisdiccionales, y en las entidades federativas se hizo lo propio.

De sobra está decir que el antiguo régimen priista no hizo esto como un acto de bondad o una graciosa concesión. Tuvieron que ceder porque las luchas contra el fraude electoral que se multiplicaron por los estados y en la república misma, como en 1988, hablaban de una insurgencia cívica y de un proceso democratizador indispensable por el que se dieron batallas ejemplares, por sólo señalar algunos ejemplos, en los estados de Chihuahua, Guanajuato, San Luis Potosí o Yucatán. Y en el antiguo Distrito Federal se empezó por rescatar la representación política frente a la antigualla de la Regencia que ejercía ni más ni menos que un presidente de la república, con ínfulas de monarca.

Hoy, salvo el poder mismo, nadie está por esos cambios que propone la presidenta Sheinbaum. Y si bien es cierto que la innovación y la reforma siempre son de atenderse y hasta válidas las críticas que se han hecho a la vieja partidocracia, sobre todo la servil, como las del PT y el Verde, la realidad es que la reforma es una necesidad palaciega a la que se resiste desde el interior mismo del oficialismo.

Por eso el suspenso de que, un día sí y otro también, se pospone la presentación de la iniciativa, tan siquiera para conocerla. Algo pasa, y no es nada bueno para nadie, pero en Palacio Nacional no se hace esa lectura.

Entre tanto, Claudia Sheinbaum suda ante Alberto Anaya, del PT, y Manuel Velasco, del Verde.