Parece que el León no es como lo pintan
Que se sepa, a lo largo de muchos siglos la Iglesia católica (me refiero a su antiguo papado y al Vaticano desde su fundación como Estado soberano desde 1929) ha mantenido pugnas con el poder, tanto externo como interno. Esas disputas tuvieron consecuencias históricas, como por ejemplo la excomulgación de la reina Isabel I de Inglaterra, que provocó el rompimiento y el surgimiento de una iglesia anglicana más consolidada.
Pío XII fue visto como un cómplice del nazismo, y el polaco Juan Pablo II, proveniente de un pueblo arrasado por Hitler, mantuvo una postura de rechazo a los países comunistas y una amistad documentada con dictadores de la derecha política latinoamericana como Augusto Pinochet. Sin embargo, Juan Pablo II se opuso fervientemente a la invasión estadounidense en Irak en 2003 y hasta envió intermediarios para tratar de evitar, infructuosamente, la guerra.
Pero ha sido el arrogante y narcisista Donald Trump el presidente norteamericano que se ha enfrentado abiertamente al llamado vicario de Cristo, rompiendo la tradicional diplomacia de Estados Unidos con el Vaticano. Pero lo primero no lo perdona la derecha cristiana norteamericana. De hecho sectores del catolicismo estadounidense censuraron la postura de Trump frente al Papa León XIV, pero quizás más por la imagen que Trump divulgó en sus redes sociales en la que se autocomparaba a Jesús, algo que causó la indignación incluso entre grupos protestantes, habituales partidarios del magnate.
El tema cobra relevancia cuando se toma en cuenta que León XIV es el primer Papa estadounidense, una condición que Trump ha aprovechado para insinuar acerca de su supuesta influencia para la entronización del obispo de Roma.
Si eso fuera cierto, León XIV no ha ocultado su desprecio por las políticas migratorias de Trump y, más recientemente, sus críticas contra la “ilusión de omnipotencia” en la guerra contra Irán. Esto le ha valido acusaciones del presidente norteamericano de “ser débil” ante los crímenes cometidos en Irán contra la población civil, y, de plano, afirmar que el pontífice está alineado a la “izquierda radical”. Tan sólo decirle que no le tiene miedo.
Trump tiene casi dos años cavando su propia tumba política. Cada vez está más cercado por sus propias palabras y por sus acciones. Si sus violentas e “inhumanas” acciones contra los migrantes, como las calificó León XIV, le comprometen a Trump el voto latino, los recientes eventos contra el Papa ponen en riesgo el voto en su favor de parte de los católicos en las próximas elecciones de noviembre, a la mitad de su periodo presidencial.
La temprana oposición a Trump, quien llegó a este segundo periodo como un delincuente sentenciado por corrupción, ha involucrado a familias de migrantes, de estudiantes, de intelectuales, académicos, de empresarios y productores afectados por las políticas arancelarias, y hasta por políticos, no sólo de la oposición demócrata, sino de sus propios correligionarios republicanos.
Con su enfrentamiento con el Papa y su soberbia al compararse con un Cristo redentor del mundo (casi un tabú) tocó una de las fibras más sensibles de una parte importante de la sociedad norteamericana y del mundo. A la fecha, las encuestas oscilan entre un 56 y un 64 por ciento de desaprobación, tanto por su gestión económica como por su política exterior.
Trump, desatado e insensato, no ha podido contenerse, y mantiene su postura de que quien no está conmigo está contra mí; una tendencia que ya nos resulta familiar a los mexicanos en los últimos años.
El próximo mes de noviembre será la oportunidad de los norteamericanos para ponerle un alto a su loco y engreído presidente, al menos parcialmente. Es seguro que las críticas se incrementarán mientras Trump mantenga sus habituales políticas racistas y autoritarias.
En Roma, por lo pronto, ya no tiene aliados. La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni salió en defensa del Papa, un León que, parece, no es como lo pintan.


