ONU: México se aísla
Los gobiernos de la llamada “cuarta transformación” reportan en ocho años de haber llegado al poder un rezago notable en materia de política exterior. Hay en esto un producto derivado de afirmar, con provincianismo extremo, que la política interior define a aquella.
El discurso principal de la Presidencia de la República es una apuesta por una retórica que se lanza como producto barato a las clientelas y a los propios partidarios, cuando de lo que se trata es de lo que México significa en el mundo actual, tenebroso y difícil, y, por eso mismo, prioridad para marcar rutas que le cubran al país oportunidades hoy cargadas de negligencia, tal como ponerse de espaldas a los estados del mundo, representados en la ONU.
La cancillería ha ido de fracaso en fracaso. El servicio exterior (embajadas y consulados) son moneda de cambio para pagar deudas de partido o cooptar a gobernadores priistas. En ambos casos, en este gobierno vimos de inicio a un Juan Ramón De la Fuente que luego se apagó, y después llegó un inexperto al que hoy le faltan ojos para desorbitarlos frente a Donald Trump.
Carecemos de un perfil confiable en los países de los cinco continentes donde se nos ve con falta de respeto, tanto como erráticos.
Paralizados por la demencial conducta del presidente de los Estados Unidos, no se atina más que a repetir “soberanía”, “no injerencismo”, pero, al mismo tiempo, apoyando dictaduras, como la de Maduro en su tiempo, y hoy las de Cuba y Nicaragua. O caer en la paradoja de no asistir a la inauguración del mundial de futbol en su propio país, pero aceptar diligentemente la invitación de Trump para asistir a la clausura de esa justa deportiva internacional en Nueva York y aparecer al lado del también impresentable Gianni Infantino.
El multilateralismo ya no se plantea y tenemos una visión que le hace desdén, en el fondo, a las grandes economías oferentes de oportunidades, y en ese sentido tampoco se construyen alianzas continentales de otro tipo. El panorama, entonces, se pinta aún más complejo.
En la ONU y sus organismos, México es la comidilla ante el desprecio de la presidenta Claudia Sheinbaum para asistir a la ronda de jefes de Estado que suben a la tribuna del organismo internacional, y sólo vemos que la ocupan los que por diversidad de problemas valoran dicha plataforma planetaria para no aislarse del mundo. Esta es la segunda ocasión que la presidenta Sheinbaum no acude a ese tipo de reuniones en la ONU.
Gobiernos como el actual desprecian, tácita o expresamente, a la ONU y llegan a afirmar que es un fracaso o que ya se agotó, como tantas cosas que se construyeron durante la posguerra. Obvio que hay críticas justificadas, pero debe iniciarse la valoración de su historia y sus fallas, atribuidas a las grandes potencias que han reservado su veto, particularmente para la solución de problemas bélicos en los que se ven involucrados.
Así, es fácil cuestionar cómo Sheinbaum quiere impulsar candidaturas como la de Michelle Bachelet como secretaria general de la ONU, luego lamentar su declinación, y finalmente despreciar al organismo si no asiste a sus foros. Se ha dicho que no acude debido a que hay temas nacionales prioritarios que atender. ¿Acaso Lula está en un día de campo en Brasil sin nada que atender en estos momentos?
El campo de acción de la ONU es limitado, así se diseñó y jugó un papel importante a la hora del largo y complejo proceso de descolonización. Nadie duda que es un foro de resonante voz en la que debía estar permanentemente nuestro país, abrigado en una historia respetable que hoy se ha interrumpido por el desprecio de Claudia Sheinbaum, antes de Andrés Manuel López Obrador.
Podrá decir que es una hipócrita pasarela la rotación de jefes de Estado por la tribuna de la Asamblea General de la ONU, pero hay algo que reditúa: la presencia de alto nivel en reuniones bilaterales, o simplemente en los pasillos, abona a generar amistades y alianzas y le suma confianza al escuchar de primera mano lo que piensa un gobernante o jefe de Estado de algún país de relevancia internacional. Podría haber ido a ese foro mundial, lucir buenas ideas, elegantemente planteadas, y en cambio deja su lugar al canciller, que para efectos prácticos es de un segundo nivel.
Desperdicia su propio liderazgo y sus potencialidades para navegar al lado de otros países que dan las batallas, como Canadá, Brasil, algunos de la Unión Europea, frente a los caprichos de Trump y otros gobernantes.
Hablará el canciller mexicano, pero no es lo mismo. Hay desdén de representantes y muchos lugares vacíos en la sala, y eso a México en esta hora no le favorece.
No seremos, por lo demás, protagonistas en calidad de grandes ausentes. Por el contrario, seremos vistos como grandes miedosos (y mirones con ojos desorbitados) a los foros entre pares frente a los que hay que llevar la voz de México para que nos comprendan mejor.
México no es una isla, y tampoco un “Palenque”.


