Columna

ONG’s nicaragüenses piden a Sheinbaum solidaridad ante la dictadura de Ortega-Murillo

El dictador de Nicaragua, Daniel Ortega, aparentemente se retractó de cancelar las elecciones su país para, de esa manera, preservarse en el poder y garantizarle a sus propios seguidores la permanencia en el mismo. Palabras más, palabras menos, esa “rectificación” consiste en que sí habrá elecciones pero sin la participación de la oposición, que es amplia y plural. Es casi exactamente lo mismo, y el tufo dictatorial de las palabras de Ortega ni siquiera mueven una brizna de duda de lo que él piensa que debe ser su país.

La dictadura nicaragüense, cada día que pasa, siente que las bases de apoyo con las que ha contado se empiezan a deteriorar. La misma salud del dictador se ha convertido en un hecho político indiscutible, y el origen de su “co-gobierno” con su consorte Rosario Murillo habla de un vergonzoso compromiso con el que ha pretendido evadir delitos de índole sexual que perpetró en contra de su hijastra desde que esta tenía nueve años.

Una muestra reciente de la oposición a la dictadura está contenida en una respetuosa y deferente carta que le enviaron, desde el pasado primero de septiembre, once organizaciones civiles y políticas a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, que por ser la jefa de Estado tiene en sus manos la conducción de la representación de nuestro país en el mundo y la decisión de la orientación que ha de desempeñar la política exterior.

Esperemos que la petición que le formulan los nicaragüenses exiliados caiga en tierra fértil y marque un punto de inflexión con lo que hemos visto hasta ahora. 

De la carta a Claudia Sheinbaum son rescatables por su importancia estos puntos: 

“El hecho mismo de que el Consejo Permanente (de la OEA) se haya reunido con el único objetivo de considerar, al más alto nivel, la prolongada crisis política y humanitaria de Nicaragua, constituye para nosotros una señal de esperanza en la búsqueda de vías que abran un espacio para una transición pacífica hacia la democracia en nuestro país”. 

En efecto, una cumbre como esa habla por sí sola de la preocupación continental en relación a la situación nicaragüense. A esto se añade lo siguiente:

“Es hora de actuar con decisión política y prevenir desenlaces de mayor violencia. Ya no es necesario documentar más la gravedad de la crisis en Nicaragua, como lo demuestran los abundantes informes de la CIDH; los dictámenes y las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos; las declaraciones del Parlamento Europeo; las resoluciones del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas; y los informes de su Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua. La actual dictadura nicaragüense no escucha, se retira de los foros internacionales y recrudece la represión en el interior del país”.

Con esto se marca una línea para la acción, a mi juicio ineludible, por parte del Estado mexicano. Y como propósito el documento concluye de esta manera:

“Solicitamos respetuosamente que su gobierno participe activamente en la Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de la OEA y haga uso del prestigio y liderazgo de México para contribuir a crear las condiciones necesarias para una transición democrática, pacífica y ordenada en Nicaragua”.

La solicitud nicaragüense formulada a la presidenta Sheinbaum se enmarca en los usos y costumbres de la moderación diplomática, pero no por eso carece de los filos suficientes para motivar el pronunciamiento y mover, hasta donde sea posible, a la Presidencia de la república mexicana a un cambio de acción en torno a la dictadura de Ortega-Murillo, sin que esto signifique violación alguna al marco de las disposiciones constitucionales vigentes en nuestro país.

Es hora de marcar un nuevo rumbo en este tema, porque México no se puede ver ante el mundo como un país que solapa dictaduras grotescas como la que tiene sometida a Nicaragua.