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Los insultos discriminatorios no me frenan

El ruido del oleaje que se produce en las redes sociales me ha alcanzado. Su vaivén violento ha azotado mis recientes textos publicados casi de manera cotidiana. Con más o menor intensidad esto siempre ha estado en mi huerto. Es imposible bailar y no recibir uno, dos o tres pisotones. 

Quienes estamos en los medios y participamos de eso que se llama “construcción de opinión pública” sabemos que es lo normal, lo habitual, ordinario, y que se aspira, cuando se actúa con seriedad, congruencia y dignidad, a que los reproches, reconvenciones y réplicas sean de buena calidad, aunque contengan ideas que duelen. En el caso que comentaré no ha sido así. Doy algunos antecedentes:

Previne en una publicación que la gobernadora María Eugenia Campos Galván iba a instalar acerados muros de contención contra el movimiento de las mujeres en su Día Internacional. Luego noté el pasado 8 de Marzo que incrementó la dosis y que se implantó, de facto, un estado de sitio para autoprotección de la clase política en el poder, mostrando el inocultable miedo que tiene por el efecto liberador que desatan las mujeres violentadas, excluidas, pretendidamente subordinadas a la añeja cultura del patriarcado, que en este día ejerció con saña la patriarcal mujer –hablo de la gobernadora– que de súbito se enredó en la bandera de la protección del patrimonio cultural, que dicho sea de paso, está abandonado por el estado.

Contra esas opiniones plasmadas en mis textos y puestos en circulación con mi firma –no reclamo originalidad ni autoría– se levantó la granja maruquista de bots y me llegaron cientos de denuestos e insultos. 

De modo similar cuestioné que la presidenta de la república hiciera lo mismo en el Zócalo capitalino, lugar sagrado desde donde ejerce monopolio el morenismo, y ocurrió lo mismo: sus incondicionales y acríticos seguidores salieron a combate como una turba de fanáticos, homólogos a los del nazismo, aunque todavía sin pasar a la violencia directa y corporal. Actuaron algunos también desde sus granjas de bots. Son iguales, aunque digan lo contrario, y ninguno soporta la crítica.

No es la primera ni será la última vez que he sorteado circunstancias de este tipo a lo largo de los años de mi vida consciente, cuando empecé a correr los riesgos que se asumen cuando se ejerce una oposición fundada y pertinaz. Parece inútil meterse en camisa de once varas para exigir derechos y justicia; pero en realidad es la única forma de ser ciudadano activo, reclamante, crítico, ajeno al silencio complaciente, utilitario –y hoy cibernético– de fanáticos en una sociedad cargada de agravios. 

Hay quienes hasta recomiendan falsamente esas conductas como una forma de resiliencia, bajo el gastado lema de que “calladito te ves más bonito”. No es mi caso. Los bots me gritan desde las redes sociales “¡estás viejo!, ¡ya pasó tu tiempo!, ¡ya siéntate!, ¡quítenle el celular!” y otros dichos de idéntica índole miserable. 

Aparte de la discriminación obvia, que lo mismo se puede llamar “edadismo”, “etarismo” o “gerontofobia”, no vi ni detecté ningún argumento serio y sustentado. Esos que me insultan suelen ser los mismos que apoyan a sus ancianos venerables o dar consejo de que el ser humano debe estar de pie hasta el último momento, lo que revela una incongruencia y una hipocresía de su parte.

Que estoy y soy viejo, ya lo sé, y lo asumo con gusto. Sé que he recorrido el camino y hace mucho le dí la espalda al mayor número de años de que voy a disfrutar de la vida, sin ninguna esperanza de una posterior, según los cánones de algunas religiones.

Cuando fui joven no faltó quien me dijera que era muy tierno para esto o para aquello, que esperara mi momento. Cuando llegué a la madurez me dijeron que sentara cabeza, que el inamovible PRI me esperaba con sus oportunidades. Y ahora me dicen: ¡Qué lástima que ya se te acabó el tiempo!, ¡llegó el crepúsculo!”. Comentando esto, hace tiempo escribí un texto que titulé Balada de la ciudadanía.

Cuando haya argumentos, bienvenidos. Cuando se me reproche un pasaje de mi modesta historia, que se precise y se delibere públicamente con todas las consecuencias. 

¿Me hiere esto? En realidad no. Gozo de la vida como el que más, porque para hacer política puse en acción una enseñanza de Francisco de Asís –sí, del santo– y jugar con la norma: “Necesito poco, y ese poco lo necesito poco”. Y dar batallas basado en esta norma, molesta mucho a la arrogancia del poder y a sus ciegos seguidores, acostumbrados al patrocinio apoyado en el erario, o en los recursos de algún otro poder fáctico. Gracias a esa norma es que no me quedo con las ganas de actuar o con los puños apretados dentro de los bolsillos, y cuestiono lo que veo que está mal en la vida pública de esta sociedad, a la que pertenezco, y en la que se lanzan vituperios a los hombres y mujeres opositores por el solo hecho de haber alcanzado la vejez.

Cuántas veces no hemos visto al buscador de invalidez inventada, al sediento de jubilación, y al joven que se autoinutiliza. En mi casi no hablo de un segundo o tercer aire. Simplemente ha sido mi carácter y mi energía la que me mantienen de pie.

No pierdan su tiempo mis detractores lanzando esos dardos contra mi persona. Hace mucho aprendí de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, que “el hombre no está hecho para la derrota”, y que “un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. 

Por demás está decir que emprendí mi camino por otra ruta y han de entender que para mí es una ordinariez enfermiza estigmatizar a las personas sólo por la edad que tienen. 

Por lo demás, ya lo dijo Goethe, aunque se le atribuye íntegro a Cervantes:

Más siempre atrás nos ladran,

ladran con fuerza.

Quisieran los perros del potrero

por siempre acompañarnos

pero sus estridentes ladridos

sólo son señal de que cabalgamos.