La Revolución de los claveles, una lección portuguesa
“Y tenemos al pueblo, mi capitán”
—Carlos Beato
He leído historias y crónicas acerca de revoluciones, empezando por la mexicana que inició en 1910, la francesa de 1789, y así la rusa, la china y la cubana, y puedo decir en estos días que ninguna como la escrita por el periodista brasileño Ricardo Viel, La Revolución de los claveles. Símbolos y testimonios del 25 de abril en Portugal.
Se trata de una revolución que puso fin a una vetusta dictadura que parecía inconmovible, a la cabeza de la cual estuvieron Antonio De Oliveira Salazar y Marcelo Caetano, sobre todo el primero, fortificado en el fascismo, un corporativismo de sabor medieval y un imperio colonial que se extendía desde Lisboa, pasando por África y hasta la Isla de Timor en Indonesia.
Fueron 50 años de “estado novo”, aunque esas dos palabras contuvieran una mentira, porque novedad no había y el estado fue un simple instrumento policial, carcelario, militarista y clerical que daba sostén a un imperio colonial que subsistió por la fuerza de las armas y contó, a la hora del gran viraje, con la fortaleza de una juventud que se negó a perecer en el fango de las colonias como Guinea, Bisáu, Mozambique y Angola.
Ricardo Viel emplea la magia del buen periodismo para narrar. Breve y conciso, describe una rebelión militar que se tornó primero y se resolvió después, casi al mismo tiempo, en una revolución por la libertad, la apuesta por la ciudadanía y la democracia.
La de Viel es una narración que recoge los símbolos —un clavel encajado en la boca de los fusiles—, y los testimonios verdaderamente sobrios de los líderes de la revuelta, con una estatura moral como la del capitán Salgueiro Maia, líder del movimiento de las fuerzas armadas y porfiado militar que se cubría de una gloria que nunca buscó y vivió sin lucrar en lo más mínimo, demostrando una sencillez con muy pocos parangones en la historia. Contrasta, por ejemplo, con la de un Fidel Castro que se eternizó en el poder y protagonizaba discursos de varias horas continuas.
Viel lo sostiene en esta su obra: recogió pedazos de historia, no “la Historia con mayúscula”, inspirándose en la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich y en sus obras que describe el desastre nuclear de Chernóbil o la vida de las mujeres en las profundidades del frente ruso que resistieron al ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial.
Aquí no tenemos esa Historia, frecuentemente fría y barroca de los académicos. El libro se traza en tres vertientes: reconstruir el 25 de abril de 1974 como el día que Portugal derribó una añosa dictadura y cómo fue que un golpe militar se transformó en revolución popular, en primer lugar. Luego se centra sobre los héroes, caracterizándolos para luego describir los simbolismos, los gestos y a la postre imágenes fotográficas imperecederas. Y al final, pero nunca al último, el testimonio vivo de las personas que sabían que tarde o temprano, en cualquier momento, caería la dictadura militar preconizada por Oliveira Salazar y que durante muchos lustros convivió, en la península ibérica, en paralelo con el franquismo español.
El libro está construido de la palabra viva, de quienes participaron en los sucesos, de quienes pasaron lista de presentes diciendo “aquí estamos”, y eso es muy valioso para entender el balance y propósito revolucionarios que ni siquiera sabían de los alcances que estaban acometiendo.
El corazón del libro está en la figura del capitán Salgueiro Maia, quien ese 25 de abril de 1974 se plantó con los suyos ante el gobierno y sus tropas fieles, y lo rindió sin protagonismos, facilitando además los medios para que sus adversarios salieran de manera respetuosa de las formas y maneras que a nosotros nos parecerían impensables, acostumbrados como estamos a tantos generales y caudillos atrabiliarios.
Los militares que encabezó Salgueiro lo hicieron de una manera espectacular, casi como si se tratara de una película bien montada en un majestuoso escenario, con toda la belleza de la Lisboa centenaria. A las nueve de la mañana de ese día el pueblo empezó a congregarse y los periodistas preguntaron a Salgueiro que si la acción saldría bien. Él lo aseguró y afirmó que tenía de su lado al ejército, a la fuerza aérea… Y Carlos Beato, su leal alférez, que estaba a su lado, interrumpió, agregando: “Y tenemos al pueblo, mi capitán”.
Pero si bien fue una «revolución de claveles” y estuvo plagada de ejemplos gloriosos, detrás estaban años, décadas y siglos de un sanguinario colonialismo que la dictadura quiso sostener con altas cuotas de sangre y vida de jóvenes portugueses, de mujeres y madres añorantes de paz, y vidas de libertarios y esclavos que buscaron, y a la postre lograron, la independencia y soberanía de sus países.
La Revolución de los claveles se fermentó en los pantanos africanos, en los barrosos territorios donde encallaron las fuerzas militares y milicianos que la dictadura atrincheraba en sus colonias, presumidas por un corporativismo pueril como parte de un imperio que venía de los siglos XVI XVII. La revuelta de los capitanes del ejército, desde dentro, carcomió la vieja dictadura y la derribó. La Revolución de los claveles fue una voz de aliento en 1974, porque no hacía mucho tiempo que los militares chilenos, al contrario, asesinaban a la democracia personificada en la figura del presidente Salvador Allende.
En el libro se cuenta que la historiadora Irene Pimentel señaló que Portugal era un país en blanco y negro. La metáfora no podía ser más afortunada: había profunda tristeza, pobreza material, opresiva desigualdad, postración de las mujeres, y la imposibilidad misma de soñar en un futuro mejor. Y de repente ¡clack!, apareció la bandera de la libertad y la democracia, produciéndose un giro histórico, incruento, una transformación revolucionaria sin derramar sangre. Pocas veces.
El movimiento de las fuerzas armadas que personificó Salgueiro Maia calculó todos sus pasos: hubo una señal por la radio y una proclama convocando a los portugueses para que supieran que una aurora despuntaba y que era la aurora largamente esperada porque los portugueses sabían que llegaría. Y llegó.
Marcelo Caetano, primer ministro de la dictadura depuesta, aceptó rendirse a condición de que los rebeldes se comprometieran a que el poder no cayera en la calle, cuando esta ya rebosaba en multitudes que habían sacudido la operación de un fin de régimen. Hubo mucha “civilidad”, como decimos aquí, pero también efervescencia libertaria, gran agitación social, seis gobiernos provisionales que se sucedieron en poco tiempo, y el infaltable encono y resistencia de la derecha política. Pero ya todo les fue inútil. Portugal había pasado del negro al blanco y los ciudadanos habían tomado el protagonismo que les correspondía, el derecho a soñar incluso.
Un ciudadano ordinario de aquellos tiempos, mutilado de su pierna derecha, dio la pauta para una foto histórica tomada por Carlos Gil, al pararse frente a los tanques y ver cómo el régimen que cegó su futuro ahora caía estrepitosamente.
Otra foto histórica es la que tomó Jorge Horta cuando inmortaliza a un hombre aparentemente ordinario pero que muestra un periódico sobre el que escribió las palabras “Victoria”, y “Abajo el fascismo”, y el periodista Viel la rescata de manera sencilla pero profunda y describe un gran suceso.
Y centralmente encontramos la foto de un Salgueiro modesto e imperturbable en la victoria, tomada por Alfredo Cunha.
De sobra está decir que recomiendo la lectura de este breve pero significativo libro.




Por último quiero hacer un par de consideraciones:
En Portugal se dio un hartazgo con una dictadura. No se soportó más continuar como una decadente potencia colonial, y las cifras estrujan: entre 1957 y 1974 emigraron un millón y medio de lusitanos por causa de las guerras coloniales, esencialmente, y más de un millón de portugueses fueron movilizados para la guerra que se sabía, de antemano, estaba perdida en varios frentes. Diez mil soldados murieron en el bando portugués y 100 mil en el bando de los independentistas.
Hubo un saldo de 30 mil discapacitados, amputados, “locos” a los ojos de los dictadores, que deambulaban por las calles en paupérrimas condiciones y en medio de la pobreza en las pocas ciudades del pequeño país europeo.
En general, el 90 por ciento de la gente adulta de ese país participó compulsivamente en las fracasadas guerras coloniales. Fatal el ocaso de esto iba a llegar, y llegó. Las sociedades se cansan y se vuelcan contra sus opresores.
A diferencia de otras revoluciones, la de los claveles no fue largamente pensada. Al contrario, hubo una gran espontaneidad, despreciada por los aspirantes a revolucionarios profesionales. En Portugal no se prohijaron fundamentalismos políticos, y por tanto no vimos ese fenómeno del Saturno revolucionario que devora a sus hijos, como sucedió en Francia, Rusia, China, y en nuestro país entre 1910 y 1920. En ese sentido es ejemplar el proceso portugués.
Finalmente, hay un cierto paralelismo que nos toca: México e Hispanoamérica le produjeron a España un largo periodo de decadencia como en el caso portugués en gran parte del siglo XIX, luego de que se les expulsó de América. Cuba y otros, al final. Y cayeron en una descomposición que se prolongó hasta Francisco Franco. Tiene, a mi juicio, pertinencia, leer a un Benito Pérez Galdós, que nos trajo la reflexión sobre las tensiones que se dan entre una decadencia poscolonial y los intentos de regeneración nacional.
Pérez Galdós nos dejó en su obra Episodios nacionales un fiel retrato de una vida madrileña vacía en la capital de un reino perdido. Ahí Portugal fue distinto: persistió en su colonialismo y cayó víctima del mismo. En todo caso, sería una novelística para leerse aquí y comprender nuestro propio drama.
Quepa esta digresión. Portugal se tardó para su desenlace casi todo un siglo, y este desenlace finalmente llegó, y la pluma magistral de Viel, en una pequeña obra, nos describe un momento de la historia grande como pocos.
Hay una lección en esto: Portugal demostró que no todas las revoluciones se hacen con sangre.
VIEL, Ricardo. La Revolución de los Claveles. Símbolos y testimonios del 25 de abril en Portugal. Traducción de María Fernanda Sanabria de Salvidea. Fondo de Cultura Económica y CAMÕES (Instituto Da Cooperação e da Língua, IP). Segunda edición. México, 2024.


