Columna

La mañana en que ella murió

En medio de aquella confusión, el desengaño, que me resultó en una experiencia amarga. Tuve la evidencia directa. La vi en la calle una calurosa mañana que regresaba a casa después de recorrer varios kilómetros en mi bicicleta.

El sitio era oscuro, tenebroso, propicio para las experiencias que se emplean para la secrecía, para que nadie sepa cómo acontecieron los hechos, porque los porqué son imposibles.

Fue duro ver aquello, sentir de pronto que lo que tenías para ti ya no es tuyo. Cayó filtrado como la fina arena entre los dedos, entumecidos por el ejercicio de apretar las empuñaduras del instrumento favorito que uso para ejercitarme.

Libre había llegado a mí y libre la respetaba y quería. Su independencia era férrea, y yo lo sabía. Era frecuente que comiera de mi mano, que se ovillara en mi cama, untándose recíprocamente como quien quiere sin condiciones y sabe que jamás podrá pagarle con la misma moneda, porque a ella eso jamás le ha preocupado. Es cosa humana, demasiado humana, me dije, pensando en Nietzsche.

Pero el desengaño estaba ahí, tan firme como el Cerro Grande de mi pueblo. Muchas cosas me arrebataron el pensamiento; cavilé, por ejemplo, en que la hipocresía humana es tan grande que no la encontramos en ninguna especie de la Creación, aunque no me convenza por ser un empedernido darwinista; incluso un deseo se me presentó instantáneamente, y supe de pronto que ya no podría satisfacerle: un viaje juntos en el Beagle, el histórico barco. De ese tamaño era la ilusión que despertó en mí quien me ronroneaba al oído y me hacía llegar su límpido aliento.

Por más señas he de decir que era americana, de pelo corto y seductor, ese que estuvo de moda en mis tiempos juveniles.

Pero jamás pensé en observar una escena tan impactante. Hasta un curtido forense se habría alterado. Estaba muerta a mitad de la calle y la sangre en su boca aún formaba coágulos que parecían pequeñas perlas rojas. La tragedia convocó a los vecinos, que se acercaban con algunas sábanas para cubrirla y no daban crédito a lo que veían. La muerta era visitante frecuente de esa colonia y con toda su belleza era común verla en lo que resultó ser el lugar de su fatídica pérdida.

Unas lágrimas brotaron de mis ojos y cuando la recordé libre, independiente, intuitiva, y siempre en busca de mi protección que sin reservas le concedía, ya no estaba.

Tenía que entender que no basta decir que se cree en la libertad, sino respetarla puntualmente en la otra, la querida, amada, intimista y melosa.

La muerte había hecho su fatal tarea. Después de ver la escena me fui a casa y los vecinos recogieron los restos para sepultarlos. Se apropiaron de todo para evitarme más dolor. Sobra decir que esa mañana de sábado lloré. 

La confusión se despejó varias horas después. En ese momento me encontraba triste, preparando una nota necrológica para mi ser querido, cuando la gata apareció, viva y muy oronda, medité en sus siete vidas.  La que había muerto era otra, igualita en todo, quizás su pariente, atropellada por un vehículo jamás identificado.

Cambiaron de rumbo mis apuntes porque la confusión había sido perfecta, brutal y felina. Me imaginé que esto no le habría pasado a Julio Cortázar con su gato Theodor Adorno. 

Felizmente ahora mi gata sigue en un rincón de mi casa, viva y entre flores de bugambilia, como en esta foto que la muestra y que yo, con mano temblorosa, le tomé.