Columna

La fuerza del deseo

La fuerza del destino a que estamos atados hizo su trabajo. La muerte alcanzó a Ana Luisa Peluffo, la primera actriz mexicana que se desnudó para el cine mexicano en una cinta producida por los hermanos Pedro y Guillermo Calderón (oriundos de Chihuahua) y dirigida por Miguel M. Delgado. Fue una película de escándalo que alteró a las buenas conciencias del país.

Fue repudiada, como es costumbre, por el clero católico y aplaudida discretamente por cuantos la vieron, tapándose los ojos con diez dedos entreabiertos por donde la luz hacía lo necesario para que la retina no perdiera detalle de aquel desnudo parcial, de frente, que mostraba lo exuberante de dos pechos que fundaron una nueva forma de ver el cine nacional.

La película se lanzó en 1955, en el mortecino México presidido por Adolfo Ruiz Cortines. La modernidad de Miguel Alemán ya se había instalado y la sociedad pasaba de lo rural a lo urbano. Ese año en el Cine Alcázar de Camargo y con el privilegio de ser hijo del cácaro, vi la película y dí, en términos de famoso astronauta, un paso enorme e imperecedero para mi humanidad, en los límites que el celuloide permitía, que no era poco.

La gran sala del Alcázar estaba a reventar, a pesar de que en la puerta de los principales templos católicos la censura cristiana la catalogaba como proscrita. Nadie –así era el emplazamiento– podía verla sin caer en pecado. Además, los feligreses eran desobedientes de las exhortaciones de monseñor Carlos Amezcua, el severo párroco que se extralimitaba con su rebaño al patrullar el pueblo amonestando a novios que, a su juicio, se pasaban de una raya que él mismo pintaba.

Hubo escándalo y la película fue un éxito. Se trata de la transgresión, de comer el fruto prohibido. Los defensores de las almas impolutas no advertían que el barullo que armaban era la mejor publicidad para abarrotar la amplia sala cinematográfica, hoy extinta, en un pueblo que suele despreciar su propio patrimonio cultural.

Eran tiempos en el que los filósofos y principales escritores (Rogelio Díaz-Guerrero, Samuel Ramos, Jorge Portilla, Leopoldo Zea, Emilio Uranga) se quebraban la cabeza para encasillar a los mexicanos en cartabones cerrados, como lo indigno, el resentimiento y la simulación. (¿Tendrían razón?)

Puedo decir que la Peluffo conquistó con su desnudez, no sólo física, más auditorios que El laberinto de la soledad de Octavio Paz, que para entonces tenía menos de cinco años de haberse publicado.

La trama de la referida película tiene que ver con el arte del desnudo: la modelo y el pintor. Los amores que la bella provocaba y los besos que se muestran resultan hoy muy subactuados, desabridos en algunos momentos. Se trata de un pintor, actuado por Armando Calvo, que se trastorna, que mezcla lo que se supone está separado a la hora de crear un lienzo.

Es un drama en el que lo más que se entendía, en esa etapa de la pubertad, es que unos bellos pechos se podían ver en la pantalla y causar furor entre adultos y jóvenes, y en el niño que se coló a la sala por el privilegio de ser hijo del proyeccionista.

De aquellos tiempo recuerdo a la señora Peluffo tanto en La fuerza del deseo como en otras películas. Me parece que declinó su figura cuando se prestó a ser actriz en películas de ficheras y de poca monta, como “Chiquidrácula”. Eso ya era otra cosa.

En contraste, puedo decir que muy pronto me olvidé del perro Lassie, o de Pablito Calvo, el de Marcelino, pan y vino. No tenían nada qué mostrarme. En cambio la señora grabó en mi memoria dos poderosas razones, suficientes para no olvidarla.

Por eso creo que Dios la recogió en su santo seno. No era para menos, ya ven cómo es de irónico y caprichoso.

Descansa Ana Luisa y permítenos aferrarnos al recuerdo de tus pechos como se ancla un buque en el fondo del mar de recuerdos imperecederos.