Federico Ferro Gay en mis recuerdos
“Mientras más sabio te haces, más molesto resulta perder el tiempo”.
—Dante Alighieri
A lo largo de la semana que concluye este viernes se desarrolló la XLVIII Semana del Humanismo organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH, dedicado esta ocasión al maestro Federico Ferro Gay en su centenario, a quien dieron por apodar sus más cercanos como “el genovés del desierto”.
Del 19 al 23 de octubre diversos temas de variadas disciplinas de las artes y las ciencias, con diversos autores y exponentes, han formado parte del programa, además de la presentación de varios libros, que han sido parte de las actividades que se dan, además, en el contexto del aniversario número 63 de esa facultad, donde la figura de Ferro Gay ha estado en el centro de las celebraciones.
El maestro italiano, mexicano y chihuahuense por adopción, es fundamental en la historia de las ideas, por lo que toca de manera íntima a nuestra entidad y al mundo académico chihuahuense y su proyección de más alto rango. Es una verdad más que sabida y motivo de orgullo.
Chihuahua no ha sido una región en la que la reflexión filosófica de altísimo nivel esté ausente. Históricamente, a lo largo del siglo XX figuras como Porfirio Parra, más adelante José Fuentes Mares, José Porfirio Miranda de la Parra, Alberto Sáenz Enríquez, Bertha Falomir o pensadores señeros como José Luis Orozco, Arturo Rico Bovio, Hildeberto Villegas, Enrique Pallares, Olac Fuentes Molinar o Gaspar Gumaro Orozco Moreno iluminan el universo del humanismo, dejando su impronta en nuestra vida local, no por ello carente de universalidad.
En ese contexto –y podemos decir, en su centro– está el filósofo y gran educador Federico Ferro Gay, del que me enorgullezco de haber sido su alumno durante la segunda parte de la década de los sesenta y principios de los años setenta del siglo pasado.
Lo que diré ahora me hizo pensar en la obra de Máximo Gorki, Mis universidades, porque viví intensamente en el plano intelectual esa época, más no respaldada por la constancia que acompaña a quien aspira a ingresar profesionalmente al mundo académico.
Antes de llegar a Chihuahua, había contestado un cuestionario aplicado a los estudiantes de la secundaria en Ciudad Camargo, en el que afirmé que mi deseo era ingresar a una escuela de filosofía y letras, lo que causó extrañeza al orientador vocacional. Al final me decanté hacia el estudio del derecho por la cercanía que brindaba con las actividades políticas de aquellos tiempos, tanto en la universidad como en el entorno escolar y nacional de la época.
El encuentro con Federico Ferro Gay fue más que fructífero en mi vida. Sus lecciones de Historia de la Filosofía, bajo el sello de “doctrinas”, y la Ética, me marcaron, como sucedió con buena parte de la juventud de aquellos tiempos. No encuentro una explicación pedagógica más adecuada para decirlo, pero afirmo que cuando él exponía a Sócrates, se transformaba en Sócrates; y lo mismo podía suceder con Tomás de Aquino, con Descartes, con Kant o Max Sheller.
Esto cuestionaba directamente la falsa noción que se tenía de la filosofía académica como algo árido y aburrido. Por el contrario, las lecciones del maestro italiano se convertían en un torrente vivo en el que hombre y pensamiento se fundían brillantemente, y para sus alumnos eso era algo francamente maravilloso.
Traté al maestro al calor de sus cátedras en una universidad joven con alta capacidad creativa. Con él fui un alumno riguroso y cumplido en las tareas, y a partir de ahí me gané ese plus que un alumno logra cuando traba una confianza mayor con el académico que lo cincela. Así mantuve una cercanía con él que se extendió prácticamente de manera estrecha a lo largo de casi un lustro.
A través de él conocí las tragedias griegas y a sus autores; me acerqué a la vida de San Francisco de Asís y no se diga a la obra de Dante Alighieri, además de sus exposiciones sobre el origen del fascismo italiano y sus consecuencias, lo que vivió como un testigo doliente. De sobra está decir que nos hablaba de Italia de manera nostálgica y orgullosa, y veía su nueva patria como tierra promisoria.
Lo recuerdo como cercano a toda forma de pensamiento que desembocara en lo que después se sintetizó a partir del cristianismo; lo mismo cuando exponía a Diógenes de Sinope destruyendo su cuenco, en una muestra de humildad frente a un niño que bebía agua con sus manos; o cuando abordaba el corpus teórico, teológico y religioso de las enseñanzas evangélicas de Jesús y las figuras señeras que vinieron después, como Pablo de Tarso, San Agustín y una cauda de pensadores que se ha extendido por más de dos mil años.
El educador Ferro Gay lejos estaba de ser un maestro complaciente. Por el contrario, exigía de sus alumnos un alto rendimiento que podía medir a través de exámenes con exposiciones de teorías, pero también valoraba la personalidad y vocación de sus discípulos; y con aquellos que trababan una relación más estrecha, llegaba a ser inclemente en cuanto a críticas y exigencias de mayor responsabilidad. Fue mi caso, y desde luego no lo reprocho.
Su confianza llegó al nivel de que me permitía exponer a algunos autores en su propia clase, y a su tiempo heredar en la Escuela Preparatoria de la Universidad Autónoma de Chihuahua, su asignatura de Historia de las Doctrinas Filosóficas, con una buena recomendación suya para ocupar el lugar que dejaría vacante, desde luego inmerecidamente.
Podría abonarle más a esta historia, pero me interesa mantener en el centro de este texto algo que nunca olvidaré. En el tiempo del que hablo se generaron grandes polémicas acerca de la cercanía del existencialismo con el marxismo y de este con el cristianismo. De varios manantiales brotaban las propuestas de convergencias y el marcaje de las discrepancias. Cuando Ferro Gay hablaba de Marx se asociaba con Palmiro Togliatti, el histórico líder del Partido Comunista Italiano y prosoviético.
Después vino una relectura del joven Marx, el autor de Los manuscritos económicos-filosóficos de 1844, y una fuerte pretensión intelectual de reivindicar la herencia marxista como un humanismo que, debo confesar, me sedujo como un punto de partida crítico en contra de la “filosofía oficial” que emanaba de los áridos e inertes manuales soviéticos, mejor conocidos como “ladrillos”.
A partir de ahí tuve diálogos con el maestro Ferro Gay en los que advertí su simpatía por este nuevo Marx y un aliento para profundizar en esta vertiente, que reivindicaba a un pensador de la dimensión del autorde El Capital, creyendo que en algo aboné para que volteara a verlo, más porque el filósofo alemán se había nutrido de fuentes clásicas del pensamiento griego, como Epicuro y Demócrito, y en genios como Sófocles, Eurípides, Shakespeare, Goethe o Hegel.
Como resultado de esas conversaciones, le entregué a Ferro Gay un trabajo sobre el humanismo de Marx, mecanografiado, de aproximadamente 45 cuartillas, en las que recapitulé, sobre todo, el tema de la enajenación, con sus hallazgos a la luz de la economía clásica inglesa y el socialismo francés. Este texto se perdió, lamentablemente. Pero fue materia de un intercambio intenso en el que el maestro llamó mi atención para que reencauzara mi formación profesional. Lo desobedecí.

La enajenación como tema filosófico le interesó mucho y mostró adhesiones a las tesis marxistas, sobre todo cuando se reseñaba la idea del hombre (en aquel tiempo no se atendían los roles de género) como un ser genérico, tanto por su naturaleza como por su capacidad espiritual y la postración de convertirlo durante el más despiadado capitalismo en un simple medio, lo que desmentía la vieja tradición de reservar la dignidad a todo lo humano.
En derivación de esto, una tesis sugestiva de Marx en materia religiosa: “Cuanto más pone el hombre en Dios, menos retiene para sí mismo (…). Los dioses, originalmente, no fueron la causa, sino el resultado del extravío de la inteligencia humana”. Pero Marx no era teólogo, sino que este tipo de tesis, a la luz de un capitalismo voraz como el del siglo XIX, derivó en la propuesta de la utopía comunista que tenía como nuevos heraldos del “hombre nuevo” a los propios trabajadores, a partir de su emancipación, la abolición de la propiedad privada y centralmente del trabajo asalariado.
Como alumno no creo haber defraudado al maestro. En cambió lo apoyé para una mejor y generosa percepción de lo que significaba el marxismo por aquellos años difíciles de la Guerra Fría que estaba en toda su algidez. Nuestros caminos se bifurcaron. A él le esperaba una fecunda etapa académica de creación, con conferencias, coloquios, libros, y a mí adherirme a una larga lucha que, recapitulando la historia de la UACH, significó la derrota de la insurgencia estudiantil y una diáspora de alumnos y maestros que fuimos expulsados.
La amistad y cercanía con Ferro Gay continuó, amable y crítica, y nos eslabonó el tener amigos comunes como los de Rubén Lau Rojo y los de aquel legendario grupo de la Facultad de Filosofía y Letras conocido como “Parénklesis” en el que, de otro modo, se reivindicaban las ideas de Marx a través de la figura de Epicuro en sus planteamientos opuestas al determinismo –muy en boga en esa época– y al que él le había destinado su tesis doctoral. No se cumplía indefectiblemente arribar a una revolución socialista triunfante, como sostenían quienes deshonraron toda una valiosa herencia en el totalitarismo.
Fueron los tiempos en los que Marx quiso entrar a la UACH por la puerta principal, abierta por una nueva generación, y lo lanzaron por las ventanas. Sus libros incluso fueron sepultados en otras escuelas, como la Normal del Estado.
Ferro Gay siempre estuvo con nosotros, como todo buen maestro de cepa.
En una ocasión nos dijo que al llegar a México y Chihuahua escuchó, escéptico, la frase “vamos a matar el tiempo”. Como sabio siempre mostró en los hechos desagrado con esa divisa, y si algo hizo fue aprovechar el tiempo en tierra que no era la de él pero que hizo suya, prodigando conocimientos, sin duda; pero por encima de todo, sabiduría. Amaba a profundidad, precisamente, ser amigo de la sabiduría.
Recordarlo ahora es más que un simple acto de generosidad.


