Columna

Trump va en caída libre

El mundo está expectante de la elección norteamericana del próximo 3 de noviembre. Se renovarán los 435 integrantes de la Cámara de Representantes y estarán en disputa 35 de los 100 escaños en el Senado. Aparte habrá elecciones locales en estados tan importantes como California, Texas, Florida y Nueva York, entre otros, además en algunos territorios, alcaldías y otros puestos de gobierno.

Será una elección de gran trascendencia interior con repercusiones mundiales; para nuestro país el resultado puede significar un matiz fundamental para rediseñar la compleja agenda bilateral que hasta ahora ha estado sujeta al vaivén de los discursos explosivos y erráticos de Donald Trump. Son razones de más para estar pendientes de lo que suceda.

Unas observaciones de coyuntura, extraídas de diversos medios y analistas, nos permite afirmar que el trumpismo va hoy en caída libre, lo que ha concitado que el presidente norteamericano se haya decantado a una feroz actividad proselitista en sus propios bastiones y en la que hasta presume, sin pudor alguno, que en los diez días que faltan, invertirá 400 millones de dólares, aparte de haber prometido días antes la entrega directa de 5 mil dólares a cada votante si los republicanos ganan estas elecciones intermedias.

No pocas cosas cambiarán si el presiente pierde la elección, pero una resulta esencial a visualizar y que además está en proceso mundial de reconfiguración. Las democracias han ido cayendo poco a poco en el mundo, valiéndose precisamente de las herramientas que la democracia misma le proporciona a sus enemigos. Ojalá una eventual derrota republicana abone a impedir que ese proceso se vaya consolidando en el planeta.

No está de más, también, señalar que así como hoy arde Francia por la carestía de la vida, la migración, las deficiencias en la infraestructura escolar, ese fuego se pueda extender, ahora que el ciudadano de a pie en Estados Unidos ve cómo, por ejemplo, la promesa de encarecer los combustibles fue una trampa que a su tiempo aprovechó Trump para demeritar al presidente Joe Biden.

Contra una tradición casi tricentenaria, el trumpismo ha erosionado al poder legislativo con sus dos cámaras, pretendiendo gobernar a través de meras órdenes ejecutivas, más propias de una tiranía que de un democracia que, con todos los límites que tiene la norteamericana, venía funcionando bajo otras premisas.

Aúno a esto que en los Estados Unidos hay una fuerte corriente democrática que está empezando a cobrar relevancia, tanto electoral como en términos políticos más amplios.

En concreto, y rumbo a las elecciones, lo que hoy vemos sucintamente es esto:

Una encuesta reciente de The New York Times / Siena College (del 12 al 19 de octubre de 2026) señala que el 52% de los votantes probables planea apoyar al candidato demócrata de su distrito, frente a un 41% que respaldará al republicano.

De acuerdo con los promedios y proyecciones de otros análisis, los demócratas tienen cerca de un 77% de probabilidades de ganar la Cámara de Representantes y un 56% de recuperar el Senado.

Plataformas como Polymarket (al 21 de octubre de 2026), indican que las apuestas otorgan un 92% de probabilidad de que los demócratas conquisten la Cámara Baja y un 65% de que se queden con el Senado.

Las principales preocupaciones que mueven al electorado en esta ocasión se encuentran en el costo de la vida, la inflación y los debates migratorios. El descontento económico ha mermado la popularidad presidencial, y la aprobación de Trump ha caído, hasta ahora, en un mínimo histórico que ronda el 34%, según encuestas de cadenas televisivas como NBC News, ABC News y The Washington Post.

Las posibilidades reales de una derrota ronda al círculo cercano al presidente, pues ha trascendido información en el sentido de que, como se dice en México, algunos funcionarios andan buscando protección legal para ampararse en caso del colapso del trumpismo.

Como puede verse, estas son cifras halagüeñas prácticamente para el mundo entero. 

Cuando López Obrador era presidente, tuvo el descaro de ofrecer su apoyo a la ambición de poder de Trump durante su primera campaña presidencial. Estos personajes en algo se parecen, y por ende nuestra política exterior frente a los Estados Unidos desmereció y fue como hasta ahora: errática.

Ojalá y nuevos vientos obliguen a tener una visión de los Estados Unidos que se corresponda a una política exterior en todos los ámbitos, clara y de defensa real de los intereses mexicanos, porque esto no vive de pura retórica del nacionalismo grotesco que padecemos aquí.

De empezar a caer Trump, del que toda desfachatez podemos esperar, sería una poderosa llamada de atención para que en diversas partes del mundo decidan qué hacer con los Bukeles, Mileis, Ortegas Murillos, Netanyahus, Erdoganes y demás sátrapas que atentan contra el sistema democrático, los derechos humanos, las libertades y la primacía de lo mejor que se sintetiza en el derecho internacional.