Columna

El viejo “charrismo” tricolor, ahora es morenista

El sistema democrático no se podrá instaurar ni consolidar mientras continúe el corporativismo. Cuando hay una organización intermedia dominante entre el ciudadano y las decisiones que se toman mediante elecciones, la democracia estará desvirtuada en grado superlativo.

Eso ha sucedido en México desde hace mucho tiempo, y por lo que se refiere a los sindicatos de trabajadores, aquí se arraigó el concepto de “charrismo” sindical, en recuerdo de aquel líder obrero que se disfrazaba de charro, de nombre Jesús Díaz de León, que fue impuesto militarmente por Miguel Alemán como “jefe” de los ferrocarrileros.

El proceso transicional a la democracia no tuvo en su agenda generar una democracia sindical, en reconocimiento a la libertad y autonomía de los trabajadores para gestionar sus propios intereses profesionales y económicos. Es algo que se negligió, más allá de reconocer que hubo algunos cambios a la Ley Federal del Trabajo. 

Los trabajadores en este país carecen de un derecho fundamental: tener su propia organización que rebase y destierre la dependencia del poder que se da a través de un partido político. El PRI, en sus últimos años, pretendió consolidar el corporativismo creando el Congreso del Trabajo, que estuvo bajo la férula de Fidel Velázquez, el siempre eterno líder la CTM y factor indiscutible de poder durante muchos años. 

La izquierda luchó denodadamente en contra el “charrismo” sindical. Hay ejemplos muy notables al seno de los trabajadores ferrocarrileros, por ejemplo; o la etapa en la que se disputaron contratos colectivos al “charrismo” sindical en luchas memorables que se toparon con la represión del Estado en muchos casos. 

De todas maneras, en esa etapa transicional, logró reformarse la Constitución en 2007, precisamente para decretar la abolición del corporativismo sindical y de cualquier tipo. De entonces a acá figura en la Carta Magna que los partidos políticos, aparte de ser entes de interés público que los obliga a actuar con estricto apego a la propia Constitución, dispone, en el Apartado I, párrafo 2o: 

“(…) Sólo los ciudadanos y ciudadanas podrán formar partidos políticos y afiliarse libre e individualmente a ellos; por tanto, quedan prohibidas la intervención de organizaciones gremiales o con objeto social diferente en la creación de partidos y cualquier forma de afiliación corporativa”.

Este alto precepto lo ha transgredido en todos sus términos el régimen actual a través de MORENA, que se propuso, en voz de Andy López Beltrán, reclutar 10 millones de afiliados. Si se hubiera apegado, tanto a la letra como al espíritu de la ley, tendría que haber ido al encuentro de ciudadanos de carne y hueso, no a las corporaciones que creó el viejo partido de Estado y que ahora MORENA refrenda, utiliza y revitaliza desde el poder.

El viejo “charrismo” sindical, representado por la CTM, CROC, ferrocarrileros y burócratas, y particularmente maestros afiliados al SNTE que dirige Alfonso Cepeda, huérfano del PRI, fue recogido íntegramente en la familia del partido oficial.

Hoy, si hay corporativismo y “charrismo” sindical, se lo debemos a Andrés Manuel López Obrador, Claudia Sheinbaum y a su aparato partidario, dirigido formalmente por Luisa María Alcalde, pero realmente por el cachorro del morenismo, Andy López Beltrán. 

Ambos líderes se vanagloriaron recientemente de que habían afiliado a 250 mil maestros del SNTE a nivel nacional. Nadie vio las filas o colas que se hicieron para que ciudadanos libres se integraran a ese partido.

Compulsivamente, sin la voluntad de los sindicalizados fueron “afiliados”, aunque la Constitución lo prohiba. El lema del Estado de derecho de la Cuatroté es no me vengan con que la ley es la ley

Este corporativismo es pieza clave de la nueva autocracia en México, y son gángsters, del tipo de Pedro Haces y Napoleón Gómez Urrutia, los que lo encabezan actualmente.