Columna

El presidente Truman de Estados Unidos y su vocación de pianista burdelero

En estos años mucha gente en el mundo se asombra de los dislates de Trump, de sus actitudes arrogantes, de sus chantajes y amenazas, y reacciona perpleja preguntándose cómo es posible que esto suceda en un país con instituciones consolidadas. 

Habría que decir que esto último es una apreciación relativa, porque de lejos viene un deterioro de la democracia en Norteamérica, y Trump es un efecto. Pero lejos está el actual presidente estadounidense de estar solo en esta historia. Hoy quiero compararlo con Harry S. Truman, de raíces en el Partido Demócrata y que suplió a Franklin D. Roosevelt, luego de su deceso cuando ocupaba la presidencia durante un cuarto periodo. 

El lenguaje de Truman era, ciertamente, diferente a las sandeces que todos los días pronuncia Trump. Pero desde luego tiene su historia. Sobre él recae, por ejemplo, la responsabilidad –sujeta a polémica– de la pertinencia o no de haber empleado por primera y única vez, hasta ahora, bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, en Japón, que pusieron fin a la guerra en el Pacífico en 1945. 

Luego, y con un discurso terso, aunque igualmente beligerante, Truman inició la Guerra Fría y consolidó un bloque militar que fue la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Iniciaba el daño de un mundo bipolar, al que se sumó Miguel Alemán Valdés, quien se encontró con Truman en la Ciudad de México, siendo el primer presidente norteamericano en visitar nuestro país.

Nada de esto extraña si nos hacemos cargo de cómo pensaba Harry S. Truman: él, de manera recurrente, decía que su verdadera vocación era la de ser pianista en un bar de putas. Pero no sólo eso, afirmó también que no había diferencias entre la política y un burdel. 

No me escamo. En México grandes decisiones nacionales se han tomado al lado de odaliscas. Y ahí está, por ejemplo, ese tipo de circunstancias narradas en La sombra del Caudillo, del chihuahuense Martín Luis Guzmán.