Estados Unidos y Francia, dos revoluciones contra el absolutismo
En estos días en la escena internacional se han conmemorado los 250 años de la Independencia de los Estados Unidos. Y ayer, por su parte en Francia se recordó la Toma de la Bastilla de 1789. Se trata de dos fechas emblemáticas que han influido universalmente y que cíclicamente mueven a la reflexión y a la valoración de la revolución como un mecanismo de transformación de las sociedades.
A nadie le queda duda de que estamos en presencia de sendas revoluciones que marcaron el derrotero de la vida política, económica, social y cultural, con un alto impacto en la humanidad y al influjo de las grandes ideas de la Ilustración.
La independencia de los Estados Unidos fue una expresión de lo que la periodista Barbara Tuchman consideró como una “marcha de la locura” por la ignorancia, desatinos y arrogancia de la monarquía inglesa, que fue insensible frente a los reclamos de los habitantes de las trece colonias, que al independizarse dieron un vuelco con la creación de un nuevo Estado que dejaba atrás la dependencia colonial, y asumía la república, en desprecio de aquella monarquía y declaraba derechos de contenido universal, aunque la aplicación de los mismos se tardó muchísimo más tiempo del que luego concluimos cuando no vamos al fondo de la historia de Norteamérica.
Se creó un Estado con apego al derecho, con temor al poder, y por ello rodeado de controles, republicano, federalista, y desde luego con grandes ambiciones que a la postre lo convirtieron en el instrumento de un imperialismo expansivo que ha pretendido imponer la democracia a todo el mundo, en ocasiones para disfrazar su hegemonía extraterritorial.
Varias son las crisis que los Estados Unidos ha sorteado con éxito indiscutible: la Guerra de Secesión, en la que brilló Lincoln como un líder antiesclavista; la crisis capitalista de 1929, de la que salió adelante con la política del New Deal que impulsó Franklin D. Roosevelt; la Segunda Guerra Mundial, particularmente la del Pacífico contra Japón; la lucha por los derechos civiles, que se extiende más allá de la segunda mitad del siglo XX; las guerras especiales, como la de Vietnam; y la actual, de franco deterioro de la institucionalidad democrática y republicana que se expresa con el segundo mandato de Donald Trump, empantanado en una guerra contra Irán.
Hay razones para dar el beneplácito de los 250 años. Pero el resurgimiento del absolutismo es más que preocupante para la sociedad norteamericana y el mundo.
A su vez, ayer en Francia y otras parte del mundo, se recordó el inició de la gran revolución con la histórica Toma de la Bastilla, esta torre medieval que albergaba una prisión y representaba el absolutismo de los monarcas, una nobleza que se arrogaba todos los privilegios, una estructura religiosa de raigambre católica, un clero voraz que le daba título de legitimidad a las dinastías.
Sobre la Revolución francesa se han escrito volúmenes para llenar bibliotecas enteras. Empero, es una revolución que no se puede agotar en la guillotina que vino después, sino en la onda expansiva libertaria que abrió una aurora en todo el mundo para lograr tres metas cuyo valor es más que vigente: la libertad (recordemos que se proclamó la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano); la igualdad como ideal, sin la cual los derechos suelen carecer de los contenidos materiales para su realización; y la fraternidad como un mecanismo universal de entendimiento entre los seres humanos, sin importar credos religiosos, razas, posición económica, ideologías políticas; y la emergencia más que pionera de las mujeres con su propia declaración de derechos.
Pero en el centro estuvo la lucha contra el absolutismo, como también lo estuvo en la revolución norteamericana de Independencia.
En París encabezó los festejos el presidente Emmanuel Macron y fue acompañado, entre unos 25 jefes de estado, por Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno de España; Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea; Keir Starmer, primer Ministro del Reino Unido; Friedrich Merz, líder de la oposición alemana, y Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania. Todos ellos de una u otra manera están encarando el absolutismo.
Después de la Revolución francesa, surgió retador el pensamiento conservador, inicialmente en la obra de Burke, seguido por muchos otros.
Quién puede negar que Vladimir Putin es la versión rusa y anticipada de Donald Trump en Estados Unidos, y que la lucha antiabsolutista y de arrogancia del poder vive en la revolución norteamericana y en la francesa, ambas del siglo XVIII.
Ese absolutismo también se expresa entre nosotros con la sed de hegemonía de la Cuatroté. Corre en paralelo con estos nefastos vientos en el mundo.
Recuerdo ahora a un orador mexicano de hace 75 años, que por cierto me parecía bastante demagogo, el guanajuatense Luis I. Rodríguez, quien dijo que en México había muchas Bastillas que tomar. Y sí.


