Regalar libros no le funcionó a Negrete para conquistar a Elsa Aguirre; a mí tampoco
Ahora que murió la actriz chihuahuense Elsa Aguirre, vuelvo a recordar que muchas de las películas en las que ella participó, pude verlas en el extinto Cine Alcázar de Ciudad Camargo. Era tal el magnetismo de su belleza que por lo general el balcón y la luneta del cine se llenaban al tope.
Corrió en paralelo su presencia en la pantalla con figuras de la talla de María Félix o Dolores del Río, pero para mí gusto las superaba en belleza, y no se diga en longevidad. Vio el ascenso y caída del cine mexicano y sus etapas de recuperación. Buena parte de esto lo documenta Emilio García Riera en sus sofisticadas investigaciones.
Expreso mi sentimiento por el deceso de la diva chihuahuense y considero que su obra es parte del patrimonio cultural de México, y si se quiere, de nuestro estado.
Su muerte me hizo recordar una historia que la acompañó en etapas tempranas de su vida. Por ejemplo, la bofetada que le propinó a Pedro Infante por excederse y forzarla a un beso. Eso contrasta con el fino trato que le dio al charro cantor Jorge Negrete, con quien incluso tuvo un amorío de corta duración.
Obvio que Negrete recurrió a su voz, a las serenatas, a ganarse a la suegra, y a toda la galanura que en tiempos exacerbados del machismo se presentaba como galán. Con eso suplía la disparidad de las edades entre él y la Aguirre.
Negrete, contra lo que pudiera pensarse, pretendía conquistarla o consolidar la relación regalándole libros sobre los que con posterioridad quería conversar. Pero a la bella Elsa no le interesaban los libros, y por tanto se frustraba la conversación que se pretendía propiciar.
De ahí que, de manera temprana, supe que regalar libros a la pretendida a veces no es el mejor camino para la conquista. Al menos dos experiencias así me lo revelaron en mi juventud.
En Camargo, allá por inicios de los años sesenta, entablé una efímera relación con una bella muchacha, hija de un general, que terminó –así lo percibí– por razones eminentemente clasistas. Como era costumbre, nos sentábamos en una banca de la Plaza Juárez, y ahí mismo terminamos la relación.
La banca, siguiendo la tradición de aquellos años, llevaba el nombre del carnicero, “Juan Mata”. El hermano de este, Cayetano, también carnicero, adornó igualmente con su nombre otra banca del parque, generando el dicho, muy popular en ese tiempo en el pueblo, de que “Juan Mata y Cayetano entierra”.
Cuando avisoré la ruptura intenté un artilugio amoroso regalándole una bella edición de La Vulgata, pensando que la impresionaría y la haría declinar de poner punto final a algo tan prometedor. Pero ni modo, de todos formas me cortó. El libro de los libros fue insuficiente.


La otra anécdota tiene que ver con la tentativa de amoríos con una parralense, esa sí inasequible. Tan bella como Elsa Aguirre, recibí de ella siempre un trato afable que pensé que pudiera escalar. Y un día me hice presente en su casa para ofrecerle dos libros sobre los que habíamos conversado. Eran La caída y El mito de Sísifo. Los recibió, me agradeció, pero fuimos buenos amigos, nada más.
Me faltó seguir la máxima de Dantón: “Audacia, audacia y más audacia”.
Y fue así que ambas cosas me sucedieron. Y si Jorge Negrete equivocó el camino, porqué no yo.


