El patrimonialismo rascuache del PAN en el poder
Cuando Luis H. Álvarez fue alcalde de Chihuahua (1983-1986) mostró una cierta pluralidad para designar la nomenclatura de la ciudad. Eso explica la breve historia que paso a contar.
Los trabajadores ferrocarrileros, pertenecientes a la Sección V del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana le propusieron al presidente panista que el callejón donde estaba fincado el edificio que albergaba a la organización se denominara Calle Demetrio Vallejo Martínez, en honor del gran líder obrero que fue durante más de una década preso político del régimen priista.
El alcalde accedió a la petición, incluso en su autobiografía tiene reconocimientos para el líder sindical de orientación izquierdista. No se advertía en aquel entonces la sed actual de penetrar en la memoria colectiva mediante la designación de panistas renombrados, tanto a calles como a parques públicos e instalaciones gubernamentales.
En esto el PAN ha ido en contra de su propia historia, porque, por ejemplo, no le rinde igual pleitesía a un panista de renombre como Carlos Chavira Becerra, o a un mártir de la democracia, como Jesús Márquez Monreal, el joven asesinado a mano de militares o policías en 1956, crimen que tuvo una extraordinaria repulsa ciudadana pero finalmente quedó impune.
Volviendo al tema de la Calle Demetrio Vallejo, el proyecto se extinguió cuando se urbanizó la Avenida de las Industrias, una vía ancha que devoró una parte de las calles de la Colonia Industrial. Nunca se esperó que años después el entonces alcalde Patricio Martínez reconociera el nombre de Vallejo, sobre todo por tratarse de una decisión tomada por su antecesor, un presidente panista.
En realidad el PAN está escaso de héroes con arraigo. Aún así, las administraciones de este partido se empeñan en elevar a próceres donde no los hay, demostrando que el patrimonialismo puede extenderse de manera rascuache.
Sin embargo, hemos llegado al absurdo de absurdos con la versión maruquista de pretender cambiarle el nombre a varias calles, entre ellas a la Avenida de la Cantera por el de su marido, recientemente fallecido, Víctor Cruz Russek.
Se trata de un patrimonialismo de quinta, de dejar huella a como dé lugar. El problema no termina ahí, sino que al recurrir a estas argucias se desprecia a figuras que sí han contribuido a la grandeza de Chihuahua como, por ejemplo, Martín H. Barrios Álvarez, pensador y cronista de la ciudad, quien realizó en su época gestiones tan brillantes como la fundación de una universidad para el estado.
El finado señor Cruz Russek seguramente tuvo grandes cualidades, pero su fuerte siempre fue hacer negocios con el gobierno del estado, tanto del PRI como del PAN, en la venta y arrendamiento de vehículos automotores, ramo en el que históricamente se ubicó sin más propósito que acrecentar su capital.
Cuántos comerciantes como él no pasarían al galardón callejero por la sola circunstancia de no ser efímeros novios y esposos de la gobernadora, quien exhibe su predilección por la Iniciativa Privada, de la cual procede, generando el antecedente de que cualquier puede subir a capricho sus propuestas sin que haya un respaldo histórico, válido, para asignarle denominación a las calles.
Por otra parte, cuando una calle o avenida ya tiene un nombre, al alterarlo lo único que se hace es generar un desorden y que la gente siga llamando a dicha calle con el nombre previo, largamente utilizado.
Con todo esto, parece que Maru está cultivando su herencia. ¡Carajo!


