Díaz y Taft en Ciudad Juárez: el valor de la moneda
Todo mundo sabe, y mis escasos lectores están enterados por mis columnas, que no soy porfirista. No fue mi tiempo y no tengo ninguna nostalgia al respecto que me comprometa. Sin embargo, hoy 16 de octubre, el onomástico me parece ineludible, sobre todo para quienes estamos atentos a ciertos eventos históricos del mundo del poder y la política y por pertenecer a un estado en el que un acontecimiento así se gestó: la reunión Taft-Díaz en Ciudad Juárez.
Es una fecha que además, en estos momentos, está acompañada por la reciente publicación del libro Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo III. El poder 1884-1915, de Carlos Tello Diaz, historiador y descendiente del dictador. Los otros dos tomos lo conforman La guerra 1830-1867 (l) y La ambición 1867-1884 (II). Confieso que no me he adentrado en su lectura, pero ya encontraré la oportunidad.
A lo que me quiero referir hoy es precisamente a una de las múltiples anécdotas que registra la historiografía de los datos curiosos sobre acontecimientos políticos y sociales de nuestro país.
Uno de ellos es la visita del presidente William Howard Taft que sucedió el 16 de octubre de 1909. Desde El Paso, Texas, Taft cruzó la frontera hacia Juárez para tener su encuentro con el presidente mexicano Porfirio Díaz. Era la primera vez que un presidente norteamericano visitaba el país y la segunda a un país extranjero. El primero en salir fue Theodore Roosevelt a Panamá en 1903 para impulsar la separación de este país con el de Colombia, así como la posterior construcción estadounidense del Canal de Panamá.
De modo que, para Taft, cruzar el puente hacia la aduana de Ciudad Juárez representó para el estadounidense todo un hito histórico.
En realidad el encuentro fue breve, pero en el poco tiempo que duró su conversación (por cierto que Enrique Creel, de origen norteamericano, fungió como intérprete) el presidente estadounidense le sugirió al general Díaz que devaluara la moneda mexicana. Díaz, con su aguda sagacidad, sacó un billete de papel de Estados Unidos y enseguida una moneda de plata mexicana. Las puso a la vista de Taft para mostrarle el valor real y la solidez de la plata nacional frente al papel norteamericano. Mero simbolismo, si así se quiere ver, pero la actitud, según se cuenta, valió al menos para ese momento.
En medio de un ambiente tenso y conspirativo, y además con la pretensión de Díaz por ofrecer una falsa imagen de estabilidad y control hacia el extranjero, la relación bilateral nunca se consolidaría. Estados Unidos terminó apoyando a los opositores al régimen mexicano y al año siguiente Porfirio Díaz caería y se iría enseguida al exilio francés.
Pero de aquella histórica reunión se sabe que Porfirio Díaz rechazó, una a una, las “sugerencias” del presidente Taft: arrendar la Bahía de Santa Magdalena en Baja California para una base militar, detener la construcción del canal seco en el Istmo de Tehuantepec, que competía con el canal de Panamá, dejar de dar asilo al expresidente de Nicaragua, José Santos Zelaya, enemigo declarado de Estados Unidos y quien, paradójicamente, moriría en Nueva York diez años después, en 1919.
Díaz, finalmente, también se rehusó a quitarle concesiones petroleras al británico Weetman Pearson para dárselas a las empresas de Rockefeller.
Aún así, no soy porfirista.


